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Decálogo

de buenas prácticas en la recuperación y difusión de textos orales

La tarea de poner al día lo que se ha transmitido de forma oral y espontánea es ingente: registrar, catalogar, sacar a la luz, en algunos casos revitalizar...

Sería interesante que en pequeños ámbitos (colectivos sociales, barrios, localidades, comarcas…) se pusieran en marcha grupos de trabajo que apoyaran los planteamientos teórico-prácticos llevados a cabo por los investigadores.

Para que este trabajo sea efectivo, beneficioso y dignificante para todas las partes afectadas, LitOral ha desarrollado y se compromete a poner en práctica este decálogo, invitando a todas aquellas personas interesadas en estos estudios a plantearse su aplicación:

1. Por qué y para qué registramos la literatura oral

Ante el interesante trabajo que tenemos por delante, podríamos llegar a ilusionarnos tanto que comenzáramos a recoger materiales sin tener claro por qué lo hacemos y cuál es el fin de nuestro empeño. Aclarar estos dos términos nos facilitará el contacto con la gente y nos permitirá concentrar nuestros esfuerzos.

2. Recoger pero no arrancar

 Lo que hoy conocemos como literatura de tradición oral es el resultado de un proceso de creación y recreación tanto individual como colectiva a lo largo de varias generaciones. Su pervivencia natural depende de elementos tan sensibles como la memoria, las vivencias individuales, la calidad de las relaciones personales, los estados de ánimo o las capacidades comunicativas. A veces, escuchar una pieza en boca de un informante espontáneo es como hallar un raro ejemplar de una planta endémica. Si lo arrancamos, aceleramos su desaparición, de ahí que lo más sensato sea fotografiarlo procurando no alterar absolutamente nada de su entorno. Lo mismo se nos plantea en la recolección de tradiciones orales: grabaremos o tomaremos notas respetando la voluntad y la intimidad del informante, sin forzar lucimientos artificiales, tomando la muestra y dejándolo todo tal como estaba.

3. Registrar y conservar

Lo más interesante, previo consentimiento de nuestro interlocutor, es realizar grabaciones de audio o vídeo de sus intervenciones. Las primeras son más discretas y permiten una expresión espontánea, pero las segundas ofrecen más datos contextuales. Sea cual sea la técnica que se elija, una vez realizadas procuraremos organizar y etiquetar las grabaciones con un criterio claro y las pondremos a buen recaudo para posibles utilizaciones posteriores.

 4. Divulgar, no sólo guardar

Posiblemente existan cientos de trabajos de recopilación en archivos privados, miles de piezas literarias y musicales que podrían arrojar una intensa luz en los estudios sobre el devenir histórico de nuestra cultura, pero que ahora mismo duermen en carpetas y cajas olvidadas. Al registrar el folclore, busquemos colaboraciones para dar a conocer esos materiales y, una vez publicados con un buen asesoramiento (ver apartado 10), procuremos la mayor difusión posible. No olvidemos, en este sentido, que la divulgación a través de Internet puede ser una opción asequible y efectiva.

5. A cada uno lo suyo

El anonimato es una de las características de la tradición oral, y es que, en el proceso de transmisión, nadie (quizás ni siquiera el interesado) se preocupó por divulgar el nombre del primer autor. Pero los tiempos cambian y el interés y los usos que se dan a este tipo de materiales obligan a dar, en la medida de lo posible, a cada uno lo suyo. Por eso, si después de hacer una recopilación de textos orales decidimos difundirlos de alguna manera, no olvidemos mencionar a las personas que nos los han transmitido. Sin su participación y su esfuerzo no tendríamos nada; es justo, pues, que al menos su nombre quede reflejado en cualquier producto que surja de su colaboración.
Por otra parte, si la difusión que hacemos de un determinado material no procede de nuestra propia labor, no hay razón para olvidar a los recolectores, esas personas que, si bien a veces no disponen de conocimientos teóricos suficientes, realizan el trabajo duro del mundo folclórico: viajar, buscar, preguntar, escuchar, transcribir, ordenar…, un trabajo que se debería pagar, al menos, con su inclusión en la lista de colaboradores de cualquier obra.

6. Mejor no tocar

A la hora de transcribir o divulgar los textos recogidos, respetemos su integridad, sobre todo si no conocemos su estructura interna, su origen, su devenir histórico y otros datos claves que sólo tras un proceso de investigación continuado pueden llegar a vislumbrarse. Y si por algún motivo consideramos necesaria una adaptación del texto (ampliación, reducción, modificación, actualización), hagámoslo saber incluyendo el texto fuente (caso de ser inédito) o remitiendo a su ubicación (caso de estar ya publicado).

7. Textos y contextos

Siempre que sea posible, ofrecer datos contextuales junto a la pieza difundida (relaciones con el ciclo vital, intencionalidad, arraigo…). Si este pequeño gesto hubiera sido llevado a cabo por todos los recolectores-divulgadores de la historia, hoy conoceríamos mejor y apreciaríamos más el sentido, el origen y la evolución de estas manifestaciones cruciales de la cultura humana.

8. Ante todo, mucha calma

 Se puede decir que lo que se conoce como literatura popular ha perdido hoy en día mucha popularidad. No todo el mundo es depositario de este patrimonio inmaterial ni cualquiera está dispuesto a transmitirlo al primer entrevistador que llega, así que tomémonos este trabajo con paciencia sabiendo, por ejemplo, que de diez personas que nos atiendan sólo una podría prestarse a ser entrevistada; de diez entrevistadas, una sólo podría tener algo que contar; y de diez que aporten materiales, podría ser que sólo una nos transmitiera textos de tradición oral y no procedentes de sus lecturas. Por otra parte, en nuestro afán por encontrar nuevas muestras podríamos llegar a atropellar a personas que viven ajenas a nuestras intenciones. No acosemos, pues; mejor establezcamos el protocolo del sentido común con el que favorecer, ante todo, las relaciones humanas.

9. Dinamismo de la materia de estudio

Las piezas que buscamos no son un producto final, inmóvil, cerrado o completo, sino que perviven en forma de versiones con multitud de variantes. Si alguna vez hubo una forma arquetípica o una fuente escrita, es imposible que se haya mantenido intacta si su canal de conservación ha sido únicamente la oralidad. Este dinamismo, esta permeabilidad, incluso esta imperfección, que plantean muchos problemas a los estudiosos, son muestras de vitalidad y nos han de servir para tomar en consideración todas y cada una de las versiones que nos ofrezcan los informantes, no despreciando ninguna variante por pequeña o simplista que nos parezca. Y es que cualquier información recogida tiene su razón de ser y podría resultar útil para posteriores estudios.

 10. Colaboración activa

Cuando vayamos a iniciar un trabajo de este tipo, procuremos ponernos en contacto con otros investigadores ya iniciados, mantengamos con ellos una comunicación permanente que nos permita afrontar dudas y problemas e, incluso, invitémosles a participar en el proyecto asistiendo a nuestras reuniones y a las entrevistas de campo. Su asesoramiento, unido a nuestro conocimiento del entorno y de los informantes, permitirá profundizar en el trabajo con más efectividad, dando un impulso al autoconocimiento que supone el estudio de la cultura popular. Y, una vez conseguida esta colaboración mutua, huyamos del establecimiento de rangos que persiguen lucimientos personales por encima del interés cultural.


 

 Extraído de:

Juan Ignacio Pérez y Ana María Martínez.
El placer de escuchar. Guía para dinamizar la literatura oral en Andalucía.
Coedición de Asociación LitOral y Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, en el marco del Pacto Andaluz por el Libro. 2008.

 


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