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Mester de piconería

por José Cruz Gutiérrez

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Al amanecer, abandonaba el piconero su humilde morada de los barrios de Santa Marina, San Lorenzo, Alcázar Viejo y del Campo de la Verdad; solía reunirse con el resto de sus compañeros en la Puerta del Campo, allí tomaban unas “chicuelas” en casa de “Basurte”[1] para emprender a continuación la trabajosa ascensión hacia la Sierra.

Existieron parejas, como Mariquita la piconera y su esposo “Papelillos”, que marchaban con sus borriquillos al monte, “a dos días”, sobre todo, en el verano.

Internábase el piconero por laberínticas veredas que él bien conocía, hasta ocultarse en lo más recóndito de la Serranía, lugares de áspera fragosidad, espesos matorrales e inaccesibles senderos, sólo hollados por la rápida pata de las cabras.

Veredas obstruidas por adelfas, acebuches, o lentiscos; veredas de monte cerrado preñadas de jarales que impedían el paso a quien no conociera, como estos hombres, la topografía del lugar.

Acompañaba a este trabajador el más pequeño de los hijos, fruto más reciente de la fecunda piconera. Merced a tal hábito y trabajo, esta profesión se transmitió durante siglos de padres a hijos, llegando a constituir este gremio en el último tercio del XIX uno de los más numerosos de la población cordobesa.

El siguiente dato es harto revelador: la ciudad de Córdoba, en el censo de 1878, dio un total de 49.885 habitantes de ambos sexos, de los que 6.757 vivían en Santa Marina, barrio que registró el mayor número de censados, seguido del barrio de San Lorenzo con 5.875. La diferencia con el resto de los barrios era más notable.

Llegado el piconero al sitio más adecuado y conveniente para su trabajo, dedicaba los primeros momentos a reparar un poco las fuerzas perdidas en la dura caminata, normalmente, solía comer alguna naranja o “graná”, acompañada de un buen pedazo de pan. Sacaba su petaca y liaba un cigarro que encendía con los “chisques”[2] .

Muchas veces, el piconero se hacía seguir de un “butillo”, perro diminuto, fiel amigo de las fatigas y trabajos de los “tiznaos” y que servía de guardián celoso del modesto hato, cuando, para confeccionar el picón, se veía obligado a recorrer el monte y alegarse de sus reales.

Entre los piconeros, no faltaba quien tenía uno o vario borriquillos, además del hocino y halda, signo distintivos de su trabajo; otros, que habían prosperado en el oficio, contaban con buenas recuas de machos de carga, e, incluso, tenían racho propio para hacer las operaciones de carboneo y cisqueo. La familia de los “Tornejos” son un buen ejemplo, ya que ellos desarrollaron su industria cerca del “Vacar” y dentro el término de la Dehesa del Campo Alto.

A los que iban solos se les denominaba “jarderos” o “ya estoy a cuestas”, término empleado cuando se le moría el borrico, entonces, transportaban la carga sobre las espaldas, ayudados de una soga y un cincho; iban igual que los “cagalanderos” el saco y el hocino enganchado en la cintura.

Con la muerte en 1900 de Rafael Molina “Lagartijo” proliferó este tipo de piconeros, en vida, éste socorrió a los más necesitados, procurando que no trabajaran en estas condiciones, pero la suerte les fue adversa al faltar su protector; un borriquillo costaba cerca de veinte duros, y muchos tuvieron que trabajar, gasta de poceros, para ahorrar y comprar u n animalejo, otros hacían de herreros o carpinteros, o se iban a segar o a recoger garbanzos. El dueño del Cortijo de la Reina solía decir: “Ya están aquí mis piconeros, éstos vienen a ganar el jornal, y no los mangurrinos[3], que vienen a “jartarse” de comer y a irse”.

Pero el dinero siempre anduvo escaso y, lo poco que ahorraban, se gastaba, pues había épocas en que, por las condiciones climatológicas, no podían salir a trabajar y, al final, terminaban pidiendo de fiado en la tienda, o solicitaban a los piconeros más acomodados (mayoristas) un adelanto a cuenta.

Estas circunstancias y otras, como la intervención del hocino y picón por la Guardia Civil, pues siempre hubo piconeros “en fuera de juego”, así como el bajo precio del picón (un saco de treinta kilos costaba por los años veinte tres pesetas), dará una idea de la penuria económica de este trabajador, que tenía que alimentar a su familia con el conocido dicho de “este pan para este queso, y este queso para este pan”.

Este gremio siempre buscó el retal de las encinas, o sea, las ramas finas para hacer magníficas cargüelas de picón. También era un buen material el monte de jara, las coscojas, retamas, guagarzos, lentiscos, matagallos, y ramas de pino, éste último de combustión ligera y de uso en el verano para la hornilla, aunque el mejor es el de real de encina, ideal para los braseros y ara el fogón, donde borbolloneaba la, entonces, familiar olla.

Entre otras cosas, cortaban gavillas de jara que vendían a la RENFE para encender las ya desaparecidas máquinas de vapor, ya que éstos manojos de monte era un combustible idóneo para este menester, o la “Chasca” que se utilizaba como material combustible en los hornos de ladrillo. Estos arbustos del monte bajo eran cortados con los hocinos haciendo “pañetes”, de esta forma a “ojímetro” sabían si tenían suficiente o faltaba para completar la carga. Preparaban el fogaril, barrían con una escoba hecha de ramas y con mucho cuidado al objeto de limpiar la zona de guijarrillos.

Generalmente encendían con una “abulaga” o “ardeviejas”, a continuación iban echando el monte más gordo hasta que prendiera bien, luego, el más fino y ligero, pues ya la candela “podía al hombre”.

Cuando terminaban barrían la orilla hacia adentro y así se quemaban los restos; echaban mano al “pellejo” haciendo la “capá” y terminaban la operación dándole vuelta a la horquilla y removiendo hasta apagar del todo.

A continuación los trabajos de enjalde y carga: extendían el picón y le daba una “vuelta de manos”, con una escoba chiquita barrían el picón de una punta a otra y lo dejaban para que se enfriara un poco; acto seguido llenaban los sacos, generalmente tres y cortaban garrotes y tizos poniéndolos sobre “madrinas” para que el picón fuera bien puesto.

Para que el animal llevara la carga equilibrada y no rozaran sus cuadriles y sobre todo para un buen piconero que cuidaba la estética de la carga que ellos llamaban “enseñorear” colocaban en la parte trasera el “matojo” que envolvía a su vez el “basisco”.

Hubo piconeros aventajados llamados de “corta y quema” los cuales simultaneaban la confección de los “pañetes” y posteriores operaciones. Cortaban el monte y quemaban con tal destreza que salían los últimos de Córdoba y llegaban los primeros.

De entre este tipo de piconeros conviene recordar “Chiquilín” de los Vinagres, al “Púa” de los Chivos y a “Ojos” el nieto del “Chiqui”.

Otros como Ruanillo el “Loro”, se metían en la sierra “a dos días”, modalidad en el trabajo que empleaban sobre todo en el verano.

Terminada la faena o durante la misma, solía presentársele al piconero el guarda de la finca o la sufrida pareja de la Guardia Civil, bien por alguna información o porque los humos eran rápidamente detectados por esas fuerzas en sus servicios de correrías.

En cierta ocasión, el célebre Juan Demonio fue localizado en la finca “Sandua” quemando sin autorización, le van a vaciar el “pellejo” y, al ver a éstos, le dice a los de Ahumada: “Hombre, dejadme que eche estos tres “pañetes” que me quedan”. Decir esto y dar un salto por lo alto de la candela fue una misma cosa, el piconero “se echa los pies al hombro”, se mete en el monte, le dan el alto diciéndole: ¡Juan Diablo! ¡Detente!. Y este que se las pelaba y ya fuera de la línea de tiro de las carabinas, les respondió “Juan Demonio” no está aquí –repite lo dicho- y añade: Que se ha “marchao” y va entre medias del monte barranco abajo”.

Las presiones de los dueños de las dehesas se acusaban más, cuando por estas triscaban las cabras. Los piconeros cortaban el monte, sustento de este ganado, por lo que no se les permitía acercarse.

De todas formas hubo gran tolerancia hacia ellos tanto por parte de la autoridad como por los propietarios de las fincas, una crónica de 1886 lo confirma: “Entre las variedades de las jaras, nos encontramos con la ladanífera, madroño, brezo, lentisco, cornicabra, arrayán, matagallo, jaguarzo y otras…Estas plantas, utilizadas para fabricar picón, dan materiales suficientes a los piconeros que alcanzan a ejercer su industria por el favor que suelen dispensarles los propietarios del terreno, no cobrándoles nada por el monte que cortan en sus posesiones”.

Esto se entiende porque los piconeros llegaban a acuerdos con los dueños de las fincas pues a cambio de que les hicieran a estos “vereones”[4] los propietarios les permitían hacer la “piconá”.

Un día se encontraban en cuadrilla en “Balagrulla”, junto al “Cerrajero” cuando habían terminado de hacer este tipo de cortafuegos y la piconá. Todos cargados marchan para Cordoba, pero ocurrió que, a la hora de salir, uno de los piconeros quedó rezagado y el borriquillo se mostraba inquieto al ver que se alejaban los demás. “Pozolito” que así apodaban a este “tiznao”, llevaba el hocino colgado de la cintura e iba a ponerlo en la carga, en ese momento se impacienta nuestro hombre también y le da al animal con el “resacoso” del útil del trabajo precisamente por detrás de la oreja. Cae el animal fulminado para no levantarse más y el piconero llora su error con amargura.

En cuanto a la estadísticas recogidas con referencia a los servicios de la Benemérita en las ruralías, se reseña la de ese año (1886): Treinta denuncias por hurto de madera; noventa y cinco por tala de árboles y leña; aparecen también hurtos de frutos y cosas similares.

Pues bien, y a tenor de lo anterior, no se han encontrado pruebas de que este gremio estuviera involucrado en tales delitos. Ahora bien, el día 1 de agosto de 1897 surgieron una serie de acontecimientos en los que van a participar de forma activa. Una comisión de estos trabajadores visitó al alcalde de Córdoba, don José María Molina Fernández, exponiéndole los perjuicios económicos que se les irrogaban con el nuevo arbitrio.

Este impuesto sobre el picón fijaba la carga de tres “jaldas” en sesenta céntimos, si a esto se añadía el que algunos pagaban arrendamientos de terrenos y otros gastos, y quedaban pocos baldíos donde confeccionar la mercancía, amén de otras razones en toda regla, parece que no llegan a convencer al edil.

No se ponen de acuerdo en rebajar la tasa y deciden ir a hablar con don José Maestre, gobernador civil de Córdoba. Esta autoridad les manifiesta que no podía acceder a lo que solicitaban, pero que recabarían de la empresa arrendataria de consumo, a fin de que rebajase la cuantía de los sesenta céntimos. Al mismo tiempo les previene de que volvieran a ocuparse de sus faenas dentro del mayor orden.

Parece que el señor Maestre actuó con suma diligencia, pues consiguió que el administrador de la empresa, de acuerdo con el alcalde resolviera rebajar este gravamen dejando en cuarenta y cinco la carga.

A pesar de esta rebaja, el fantasma de la huelga o asonada piconera se cernía sobre la ciudad. Empiezan a circular rumores, el 3 de agosto, de que los piconeros ofrecían “masiva resistencia para abonar el rebajado impuesto”.

El ambiente, nunca mejor dicho “huele a chamusquina”, pero las autoridades obrarán con rapidez y cordura.

El 4 de agosto la autoridad gubernativa y la local ordenan que en las inmediaciones del fielato del Pretorio estuviera la Guardia Civil y demás fuerza pública.

Los tiznados que, al parecer, estaban dispuestos a pagar la tasa ya rebajada, se sorprenden ante tal aparato de fuerzas perfectamente desplegadas, no estaban acostumbrados, cuando entraban en la población con sus borriquillos cargados, a ser “recibidos” de este modo.

Todos irán pasando y pagando, en sus ojos brillaba la socarronería. La tensión sube al máximo cuando se aproxima el Gran “Retor”, pero quedaría zanjada por su gracia, ya que, al entregar al empleado de consumo los cuarenta y cinco céntimos, le dice: “toma hombre, y “salú” “pa” que me veas “dir” y de venir en otra ocasión”. Con esta salida quedaría conjurado el conflicto que se temía.

Durante el estío se originaban, con frecuencia, incendios en la Sierra. En 1906 el gobernador civil, don José Sanmartín, publicará un estricto bando, que en su apartado segundo ordena que quedaban prohibidas las operaciones de carbones y cisqueo desde el 8 de junio hasta el 30 de septiembre de este año.

Nueva complicación para estos profesionales que no tenían nada que ver con los incendios que causaban gentes descuidadas, o, por el contrario, los ocasionados deliberadamente con otros fines que no eran, precisamente, hacer picón.

Pero en el citado bando se daba a los piconeros la posibilidad de seguir trabajando en los sitios despoblados y junto a los arroyos y caminos, con la condición de “quedar al final de la tarea todo apagado”. Lógica tolerancia, pues no en balde estos hombres actuaron en muchas ocasiones como magníficos bomberos, se recuerda su participación decisiva el 22 de junio de 1857 en la extinción de un incendio en la dehesa del “Ronquillo”, término de Obejo.

Siguen afanados en sus quehaceres hasta 1914 año en que principia la Gran Guerra. La angustiosa situación económica creada por ésta, como consecuencia de la dificultad de los abastecimientos y transportes, no se hizo notar en España –país neutral- de manera alarmante hasta los últimos meses de 1917. Se fue saliendo del paso con disposiciones y leyes más o menos acertadas.

Se prohibía la exportación y se exportaba; se dictaba la Ley de Subsistencias con fecha 11 de noviembre de 1916 y Reglamento para su ejecución el 23 de este mes, y no se cumplía; el país entra en un trance en el que los ambiciosos con sus empresas especulativas lo iban llevando a la ruina. En consecuencia, esta ley había que cumplirla.

En Córdoba y, siguiendo el trasunto piconero, su industria y la repercusión de ésta sobre los intereses locales se va a reflejar en una crónica del Diario de Córdoba del día 4 de enero de 1918 titulada “El frío y la falta de picón”, empieza así:

“Coincidiendo, precisamente, con la mayor intensidad del fría, se comienza a sufrir en Córdoba la falta de picón. Ayer, como si de pronto hubiera desaparecido el simpático gremio de piconeros, y la sierra se quedase sin un mal ramón, no hubo ni picón ni para un remedio. El caso es que, quienes frecuentan las inmediaciones de la Sierra, vieron entrar en Córdoba, cargados de haldas de picón, a los típicos ruchos de los descendientes del Jurado Aguilar”.

Como se deduce el reportero recoge las justificadas protestas de los consumidores, dejando entrever la suerte que corre este combustible cuando sale de las manos, sin ánimo de lucro, de este trabajador.

Posiblemente fuera utilizado el picón en pequeñas industrias dada la falta de carbón, y la especulación se enseñoreaba, llegando a alcanzar precios exorbitantes.

No sabemos de qué forma, pero el daño era grande porque el picón servía en Córdoba de artículo de primerísimo necesidad a la mayoría del vecindario.

Protno se pondría coto a esta situación, ya que la circular del 7 de enero de 1918, firmada por el comisario general de abastecimientos don Luis Silvela, exhortaba a los gobernadores civiles (presidentes de las juntas provinciales de subsistencias) a cumplir con la Ley de 1916, para que los procedimientos a seguir sean todo lo rápidos y ejecutivos que demandaban las excepciones circunstancias por las que atravesaba la Nación.

Con relación al abastecimiento de carbón y picón para el consumo doméstico, la circular en su artículo primero comunicaba a particulares, dueños de almacenes y establecimientos donde se guarda este género para que en un plazo de cuarenta y ocho horas se evacuaran declaraciones juradas, en las que tenían que detallar por clases, carbones minerales, carbones vegetales, picón, etc.

Tenían que hacer constar las respectivas existencias de lo que almacenaban, precisando el sitio en donde radicaban los locales y el precio a que lo adquirieron.

En el artículo segundo, se decía que los almacenistas, no se negarían a vender el combustible con destino a usos domésticos, a los detallistas y que éstos, a su vez, tampoco podían negarse en ningún caso, a expenderle al público que lo demande para los indicados usos.

En el artículo tercero, se reconoce que no se habían respetado las normas, “lo que no ocurrirá en lo sucesivo”.

El cuarto, informaba sobre la fijación de nuestras tasas; y el quinto, hablaba de un registro de reclamaciones que llevarían las juntas provinciales.

Y en el sexto “venia el palo”, pues las infracciones se castigaban, la primera vez con quinientas pesetas, la segunda con dos mil quinientas, y la tercera con mil.

A la vista de la circular por sus propios fundamentos, se reúne la citada Junta el 21 de enero de 1918, para fijar los precios del carbón de encina, del carbón del todo monte y del picón, el precio de éste quedó en diez céntimos kilo y el saco de veintiocho kilos a 2,75 pesetas.

Estos acontecimientos políticos, económicos y sociales no van a alterar el trabajo de la piconería, de seguro que no se enriquecieron, siguen en su trayectoria limpia y honesta, trabajando unos con sus borriquillos, y otros con su espalda en donde llevaban tan importante carga.

Cuando llegó el 18 de julio de 1936 les sorprendió en la Sierra faenando en la modalidad “a dos días”, sufrirán una gran dispersión que les llevará por todo lo ancho y largo de la península; al término de ésta contarán, como todos los españoles, el trágico balance.

Los piconeros, tanto en la ciudad como en el monte, hicieron gala de su buen humor. Contaba Rafael Pérez Rubiales “Calostros” que hubo uno muy ansioso, apodado “Chiquete”, que tenía el tajo por el camino de las Ermitas, en un lugar llamado el “Conchal”; recuerda que, cuando era niño, pasó muchas veces por este sitio con su padre el “Ronco” y le oyó cantarle al “Chiquete” unas letrillas, en las que hacía una clara alusión a la sobrecarga del pollino:

El “Chiquete” está quemando

el chiquillo va a por agua

el borrico rebuznando

al ver la “jaldas” tan largas.

En otra ocasión, “Zapatico” y el “Jurón”, dos piconeros con mucha guasa (hoy se diría marcha) se ponen a trabajar en un sitio donde había mucha guagarcina, arbusto del que salía un picón muy deficiente. Aprovechando tal circunstancia “Calostros”, que cantaba muy bien, cuando pasaba por donde ellos estaban trabajando, les cantaba con mucha ironía lo siguiente:

En la “cañá” la “Cuartilla”

allí sale muy buen picón

y tienen puesto el tajo

“Zapatico” y el “Jurón”.

Otras veces se desafiaban para determinar quien hacía más picón en menos tiempo al que se retrasaba le decían con mucha sorna: “Te ha pillao el coco hilo, y ahora ¿Qué vas a hacer jarderucho? Pues chirigotas –le contestaba el otro-“.

Para este tipo de lances también tenían otra coplilla que aplicaban a lo menos aventajados:

Ahí va el “Sordo Ranchal”

y detrás su “Ranchalete”

que hace menos picón

que cabe en este “guirrete”.

En todo este trabajo hubo pintorescas, desgracias, humillantes y trágicas situaciones. No deja de ser curiosa la de un piconero denunciado al municipio cordobés, el domingo 19 de diciembre de 1886, por circular con un asno cargado de picón, nada menos, que por el entonces aristocrático, Paseo del Gran Capitán.

O aquella en la que el piconero Rafael Rubio, “Las Mares”, tuvo que intervenir a su mujer que había “roto aguas” por la Cuesta del Reventón, con el pico del hocino cortó el cordón umbilical para separar al hijo de las entrañas de la madre; en la taberna comentaba: “Y le tuve que cortar las mares[5]”. Desde aquel día fue así apodado.

En otra ocasión, volvía un grupo de ellos del trabajo y sintieron gritos de socorro que partían de un barranco lleno de zarzales. Una mujer se debatía entre estos matorrales, pues había caído momentos antes junto a su esposo desde una tartana que conducía éste, el hombre se partió un brazo y a la mujer había que sacarla de allí; se apresuran los tiznados a ayudarla y se encuentran con la actitud del marido que les grita que no la tocaran, pues su mujer no la tocaba más hombre que él.

Así las cosas, la fémina dando gritos y los piconeros sin saber qué hacer, al final transige este cordobés celoso y su esposa es sacada de la maraña zarzalera.

Corría el mes de abril de 1864 cuando en la dehesa de “Córdoba la Vieja”, se escapó un toro de la ganadería del señor Barbero, hoy herederos de Pablo Romero; un piconero se afanaba en cargar, en unión de su mujer, cuando vieron al bicho que se dirigía hacia ellos, ante el inminente peligro, se subieron a una encina, dejando al burro en las astas del otro, pero la piconera incita a su hombre a que baje a librar al animal, éste se niega, y ella, “ni corta, ni perezosa”, se baja friendo dos cogidas que le causaron varias contusiones. Afortunadamente llegaron los vaqueros y lograron salvarla, no así al burro que quedó muerto en la refriega.

La pareja se viene a Córdoba sumamente afligida porque habían perdido su único caudal, pero presentándose a don Rafael Barbero fueron consolados recibiendo una burra más valiosa que su asno, y una buena cantidad para que curase la mujer y sirviese de indemnización de la carga de picón que había dejado de traer.

La situación más humillante la vivió “Carmonita” en la finca de las Ventanas. Tenía permiso del dueño, un señor “de a caballo”. La flama de la “piconá” había chamuscado las ramas de tres de sus olivos, cuando ve esto le dice al piconero: “no te voy a denunciar, ni te voy a quitar el picón, te voy a dar tres palos”.

Y “Carmonita”, que ya había cargado para regresar a Córdoba, dobló la espalda aceptando el castigo, mientras sus ojos miraban ávidos los tres sacos y pensaba en el pan de sus hijos.

Y en la más trágica fue la que costó la vida a Manuel de la Haba Alonso, “el Garramplín”, como consecuencia de un disparo, casi a bocajarro, que le hizo Zoilo, el guarda de la Campiñuela Alta. Aquel día del duro invierno de 1923 “escamocharon”[6] las encinas “Zapatico”, el “Colorao” y este infortunado “Garramplín”, que cayó muerto a los pies del “Remendao”, su borriquillo de carga.

Por lo expuesto, estos hombres de “pecho al fuego” y las “espaldas al fría glaciar”, en el decir galdosiano, es obvio que tuvieron otros muchos obstáculos independientes al frío y a la ventisca, la miseria y el bajo precio del picón.

Cuando regresaban a sus casas, después de un problemático día, les esperaba la olla familiar. Mientras reponían las gastadas fuerzas, confiaban a sus hijos o a su mujer la venta de lo que consiguieron con tanto esfuerzo: ese carbón menudo llamado picón.

 

Notas

[1] Vieja taberna situada frente al muro de la Misericordia.

[2] Conjunto de piedra, eslabón y yesca para encender el cigarro.

[3] En la provincia de Jaén y Córdoba se designaba así a los campesinos de las de Granada y Almería.

[4] Calles de monte cortado.

[5] Corrupción de “madre”, con una significación de claustro materno y sus órganos.

[6] Talar.

© José Cruz Gutiérrez

Trabajo procedente del libro Los piconeros cordobeses. Ayuntamiento de Córdoba (3ª edición: 2008). Texto cedido por el autor.


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