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Maneras de contar una historia

Historias de la mano negra (V). Por María García Alonso

D. Manuel Azcutia, teniente fiscal del Tribunal Supremo, describía de este modo (1) el asesinato que consideraba “más horrible, más espantoso, más inhumano y más impío que en los anales del crimen se registra”, desproporcionada frase para sólo uno más de los crímenes que ensombrecían la crónica negra de la España del XIX.

“Con su primo hermano Manuel Gago de los Santos y con Cristóbal Fernández Torrejón -si es que no me equivoco, si es que no confundo algún nombre o apellido, lo cual con ser tantos, nada tendría de particular, y la Sala sabrá disimularlo-, con su primo hermano Manuel Gago de los Santos y con Cristóbal Fernández Torrejón, que tan inicua, tan pérfidamente, tan cautelosamente, lo habían estado engañando, luego que estos creyeran llegada la hora conveniente, y a la indicación hecha al efecto, se levantó el infeliz Blanco Benaocaz, y tomó aquel mismo sendero que llevaba al arroyo de la Plantera, en amistosa y familiar conversación con ambos, muy ajeno por cierto, del desastroso fin que le esperaba, e inocente como la oveja que conduce el pastor al sacrificio... y he aquí, señor, que al llegar al barranco u hondonada, donde se hallaban los asesinos emboscados, y a la voz de ¡alto! que le dieron Manuel Gago de los Santos, su mismo primo hermano y Cristóbal Fernández Torrejón, se hicieron algunos pasos para atrás, y encarándose sus escopetas, que también las llevaban, a quema ropa, a boca de jarro, como suele decirse vulgarmente, le dispararon dos tiros por la espalda, infiriéndole dos heridas, de cuyas resultas cayó al suelo moribundo; siéndole todavía más execrable, más inhumano y más cruel, que mientras el infeliz, revolcándose en su sangre y confiado acaso en el individuo de su familia que le acompañaba, en el estertor de su agonía, gritaba y exclamaba, ¡primo mío, primo mío, ampárame! Gregorio Sánchez Novoa, se arrojó sobre él, tratando de taparle la boca y la nariz con un pañuelo para ahogarle; José León Ortega sacó una navaja que llevaba, y le tiró un tajo al cuello, con intención como es de suponer de degollarle; Manuel Gago de los Santos se apoderó del recibo, papel o documento que llevaba en el bolsillo, y cogiéndolo luego entre todos los demás, lo arrastraron hasta la fosa, que previamente o en aquellos críticos momentos habían abierto como a unos 1.000 metros de distancia, y allí lo arrojaron y allí lo sepultaron, cubriéndolo cuidadosamente de tierra y volviéndose después muy ufanos, muy tranquilos, muy satisfechos de haber cumplido con la orden de aquel bárbaro tribunal, que acaso al día siguiente mandaría hacer lo propio con cualquiera de ellos”.

Algunos aspectos son destacables en esta conmovedora descripción. Existe un deliberado interés por parte del fiscal en presentar a los criminales como una masa indiferenciada. Son tantos los autores que carece de importancia si existe una equivocación en los nombres (2). En otro lugar describiría la escena como “una partida de cazadores al aguardo de un jabalí, de un venado o de una cierva” o “una tribu de salvajes; una horda de aztecas, beduinos o caníbales al acecho de una presa humana, para arrojarse sobre ella, saciarse de su sangre y devorarla”.

Por otro lado, su relato tiene un indefinible regusto shakespiriano. Recuerda de un modo que no puede ser fortuito el asesinato de Julio Cesar, por un grupo de conspiradores entre los que se encontraba Bruto. La famosa frase con la que acaba la vida de Cesar “¿Tú también Bruto, hijo mío?”, es simétrica al estertor del Blanco “¡primo mío, primo mío, ampárame!”

Frente a esta ordenada exposición de los hechos, se alza la voz polifónica de los acusados, con sus también claras reminiscencias de otro tipo de literatura, aunque esta vez de tradición oral. Oigamos la versión de Bartolo Gago.

“La única causa de matar al Blanco, fue que yo recibí un parte firmado por Pedro Corbacho, y aunque era primo hermano mío, yo no tuve más remedio que aceptarlo, porque si en aquella hora me mandan matar a mi padre, lo mismo hubiera obedecido. El parte decía que se le matara inmediatamente porque andaba de mala manera; que los dos más jóvenes de los asociados fueran los que hicieran el hecho, y que después se le enterrase en un sitio oportuno donde nunca se pudiera dar con el difunto. Decía también que se le sacara un documento del bolsillo y que también se quemara el parte después de que se hubiese leído. [...] Ya que no tenía otro remedio que obedecer, comuniqué la noticia a mis compañeros, pero yo no quise tomar parte en aquella muerte y me quedé en el molino; esto era lo que yo podía hacer, no matarlo yo pero dejar a los demás que cumpliesen la orden. [...] Bien les dije cuando recibí el parte, vean ustedes lo que aquí se manda, esto es una traición, aquí no hay más remedio que obedecer o marcharnos del terreno, y aún así puede que nos armen una emboscada, porque son más de 300 asociados, y según a nosotros nos dan la orden de que matemos a mi primo, mañana les mandan a otros que nos maten y nos esperan tras de una mata y se acabó; con que por eso yo no digo nada, hagan lo que quieran, pero yo me quedo en el molino, y efectivamente allí me quedé. Yo tenía miedo, como todos lo tuvimos, para qué decir otra cosa, y no hubo más remedio que aguantarse, porque en el parte nos amenazaban de muerte si no se ejecutaba con mi primo lo que se ejecutó. Nada más tengo que decir.” (3)

Salvador Moreno trazaría su historia en términos muy semejantes:

“Procesado.- Pues verá usted: una noche nos citaron a los de la Parrilla, lo cual que como era una hora muy desocupada, además por ganas de ver al Corbacho que dijeron que iría aquella noche, fuimos y nos enteramos de que Pedro Corbacho dijo que era menester matar al Blanco porque si había atropellado a una mujer y era un borracho, a lo que nosotros no pudimos consentir matarlo, y dijimos que se le expulsara, y todos quedamos en ello tan conformes. A los cuatro días se recibe el parte que decía, que contingentemente se le diera muerte, y que si no que nos atuviéramos a los resultados, y ya en vista del parte no tuvimos más remedio que hacerlo. [...]

Fiscal.- Después que se leyó la orden ¿discutieron ustedes lo que debía hacerse?

Procesado.- No, señor; ¡si lo mandaba que se hiciera! Todos dijimos: conforme.

Fiscal.- ¿Quién dispuso cómo se había de hacer la muerte?

Procesado.- Nadie.

Fiscal.- Cómo, ¿salió la cosa sola sin que ninguno indicara la manera mejor de ejecutar lo que en el parte se mandaba?

Procesado.- Salimos todos juntos y tiramos para abajo a ver si encontrábamos al Blanco.

Fiscal.- ¿Y cómo sabían que por aquella vereda que tomaron habían de hallar al Blanco?

Procesado.- Porque era precisamente el camino para ir al ventorrillo.” (4)

El crimen al que se hace referencia es el mismo, los autores también, pero aquellas “bestias sedientas de sangre” se presentan a sí mismas utilizando un modelo argumentativo distinto al utilizado por el fiscal. Todos fueron verdugos, es cierto; pero si en la obra de Shakespeare, como en la Fuenteovejuna de Lope de Vega o en La conjuración de Catilina de Salustio, a la que ambas remiten, unos hombres libres deciden voluntariamente realizar un acto de violencia, estas versiones jornaleras inciden en un aspecto -la obligación de obedecer una orden aunque esta sea arbitraria- que enturbia la justicia de los motivos, y hermana sus declaraciones con una larga tradición literaria que se resume en el cuento onubense.
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NOTAS:
(1) Procesos célebres. La Mano negra. Recurso de casación, Madrid, imprenta de la Revista de Legislación, 1884, págs. 82-83.
(2) En algún momento de la oleada de detenciones relacionada con estos sucesos llegó a haber en las improvisadas cárceles de Jerez 400 personas recluidas.
(3) Proceso seguido contra Pedro Corbacho... por asesinato de El Blanco de Benaocaz (1883), p. 155-156.
(4) Ibídem, págs. 118-119.

© María García Alonso


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