Hijos del temor, prestamos obediencia
Historias de la mano negra (VIII). Por María García Alonso
Muchos niños madrileños creen también en una mano negra (1) que aparece físicamente en los servicios de los colegios para arrastrarles tuberías abajo, quizás hacia una muerte segura, al ser invocada tirando tres veces de la cadena del inodoro. Son vivencias de la primera infancia que se recuerdan con miedo. Al contrario que la fe en los Reyes Magos, que se reconoce abiertamente y cuya conversación es considerada muy agradable, suscitando curiosidad por los detalles más nimios sobre sus características, su historia, etc, el discurso espontáneo ante terceros sobre la Mano Negra sólo aparece en las personas que han dejado ya de creer en ella.
Algunos niños más mayores y adolescentes la piensan como una especie de sociedad secreta, dentro o fuera de las aulas. Es la responsable de los hechos inexplicables y la encargada de amedrentar a los cobardes. Está formada por los propios niños —algunos reconocen haber participado en ella o sufrido su poder—, aunque se cree que puede involucrar también a adultos.
Hay también informantes que, sin haber sido víctimas, ni manipuladores de sus posibilidades de una manera directa, conocen de su existencia. Es el temor difuso, que reviste la forma de aquello que más aterrorice a cada uno. Este recuerdo permanece en personas ya adultas que vivieron su infancia en la ciudad.
No cabe duda de que la mano que surge para llevarse a los niños es heredera de aquella otra que obedecía al ogro onubense. Su genealogía puede rastrearse a través de la familia de relatos emparentados que han sido recogidos por varios folcloristas en distintos lugares de la geografía española. Se trata de la implícita recreación de un instante de la acción dramática del cuento, para encarnar el momento posterior.
Los actores que invocan la presencia de la extremidad sin cuerpo, o que la sufren, lo ignoran todo de ella; ni siquiera conocen la historia de las tres hermanas obligadas a comer tan insólito alimento y cómo lo fueron escondiendo para evitar su muerte... Tampoco los lectores de los cuentos que forman la inacabable serie saben de ella más que una información sucinta: existe y obedece ciegamente a su amo. ¿Formaría parte alguna vez de un hombre o mujer? ¿Qué avatares de la fortuna le hicieron cobrar vida independiente? ¿En qué momento se desprendería de su brazo, antes o después de la muerte? ¿Por qué se ve obligada a aparecer ante la orden de su dueño?
Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre la mano del cuento y la de la vivencia infantil. Las tres manos temidas por los niños están mediatizadas por la experiencia histórica de la sociedad secreta anarquista. La mano del cuento nunca ejecuta; sólo es un testigo fiel, un ciego esclavo del poder. Es el ogro el que mata.
Las vivencias infantiles reviven con dramatismo y terror un pasaje que en el relato se exhibe sin ninguna tensión emocional. La mano escondida por la joven en el pozo (cuyo brocal se ha transformado en el inquietante inodoro) aparece de nuevo, conjurada, y sale del agua arrastrándose. En ese momento ella sabe que va a morir, pero el narrador pasa fugazmente por ese tránsito: “Entonces él dijo que la había engañado, y que puesto que no se la había comido, que iba a matarla; y efectivamente la mató”. El texto ignora las posibles palabras de la muchacha, las súplicas y, sobre todo, el horror que, indudablemente, debió sentir al ver surgir la mano de las aguas. En suma, el cuento utiliza arquetipos, que son revividos por la imaginación de los pequeños, que ponen la pasión en donde, de haber sido un hecho real, hubiera existido. Ellos son la muchacha, indefensa ante la inmediatez de una muerte terrible por el incomprensible crimen de no haberse comido una mano humana cruda. Ellos dan vida a un instante fugaz y lo convierten en el único instante del relato, que se transmite con sus variantes de generación en generación de escolares. Cada una de ellas realiza una representación privada, para iniciados, innovando e introduciendo variantes, aunque no tantas como para no reconocer el guión original.
Pero su propia ignorancia de la tradición folklórica que les precede, les impide considerarse intérpretes. Es probable que si conocieran algunos de los cuentos donde aparece la mano tampoco vivieran su miedo y su curiosidad de un modo interpretativo, fingido. Todos saben que hay historias que se repiten una y otra vez y seres que se quedan como congelados en el tiempo, como los Reyes Magos que ya visitaron a sus padres y a los padres de sus padres. Quizás la Mano negra también se haya quedado para siempre enquistada en las tuberías a la espera de que alguien la invoque. Lo único cierto es que existe y que es peligrosa.
La reflexión sobre la literalidad y la metáfora es la sal de este guiso culturalmente aderezado. Optar por una u otra puede ser un asunto de vida o muerte, que somete a tensión hasta su límite los valores en los que se basa la convivencia humana: la verdad y la mentira; la obediencia a las reglas y la desobediencia, entre otros. Héroes culturales son sometidos una y otra vez al momento crítico de la contradicción entre distintas lealtades (la fidelidad a un señor o a una dama, por ejemplo), entre lo que se debe hacer, lo que no se debe hacer, lo que se puede hacer y lo que se hace. Si fracasan han de morir; la opción elegida no tiene retorno. La enseñanza de muchos cuentos de tradición oral parece ser que sólo a través del engaño, una forma de interpretación metafórica, se llega al triunfo.
Pero ¿a quién se engaña y por qué? El ogro, el diablo burlado constantemente por los campesinos en asuntos de tierras y cosechas, viven en el mundo de los literales. El dueño de la mano negra obliga a la niña a realizar algo fuera de toda lógica humana; los Corbachos piden a sus socios que maten a un compañero. La negativa producirá la muerte del desobediente. Las dos acciones son contrarias al sentido común y causan una natural repugnancia. Ante ellas, el mundo de los literales impone dos soluciones: obedecer movido por el pánico y violar dos principios fundamentales en la sociedad española como no comer carne humana y no matar a un semejante; o atenerse a las consecuencias cuando el engaño sea descubierto.
Cuando le preguntaron a Agustín Martínez, otro acusado, por qué acató ese mandato de muerte, respondió: “Hijos del temor, prestamos obediencia” (2). Esta frase resume de modo magistral la vivencia de los encausados. Ellos eligieron la obediencia y salvaron temporalmente sus vidas, aunque la Justicia se encargó de castigarles por haber elegido una lealtad contraria a los intereses de los poderosos.
La Mano Negra persiste como ejemplo cultural de la obediencia ciega; ciega que no humana. Su inexplicable permanencia en el tiempo es el reflejo de una persistente preocupación por las situaciones límite en las que la historia y la cultura colocan a los grupos humanos y a los individuos, situaciones en las que el sentido común no basta para solucionar conflictos en los que entra en juego la vida y la muerte, y que solamente ese extraño siervo sin moral resolvería sin dudar.
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NOTAS:
(1) La información sobre la existencia de estas creencias infantiles está sacada de la investigación en curso para mi tesis doctoral sobre Antropología de la infancia y proceden de informantes a los que entrevisté entre los años 1996 y 1999.
(2) Ibidem, pág. 125.
© María García Alonso