Crímenes mutuos
Historias de la mano negra (VII). Por María García Alonso
Como una enfermedad fue explicado este fenómeno por algunos sectores de la burguesía que seguían de cerca las investigaciones de Lombroso y de otros estudiosos de lo criminal. La intervención parlamentaria del Duque de Almodovar del Río señala como principales responsables de esta ola de criminalidad campesina a la aristocracia y la burguesía que han fomentado en el proletariado andaluz una gran “deficiencia moral”: “Aberración que consiste en no ver el bien donde ésta, ni el mal donde está el mal; que consiste en no saber marcar la línea divisoria entre uno y otro; aberración moral, en suma, que desenvuelve una enfermedad del espíritu, parecida a la enfermedad física cuyo síntoma es el trueque de los colores en un daltonismo moral” (1). ¿Qué otra cosa puede ser para él el anarquismo que alienación del espíritu que produce confusión, una confusión en cierto modo “originaria”? “En estos tiempos —escribirá Lombroso en Los anarquistas—, en que todo tiende a complicar cada vez más la máquina gubernamental, no puede ser considerada una teoría como la anárquica, que representa la vuelta al hombre prehistórico, antes de que surgiese el paterfamilias, sino como un enorme retroceso.”
Los obreros, en especial aquellos que aparecen como más desorganizados y más fuertemente rituales: los jornaleros, son descritos como hordas que vagan por los caminos en busca de tierras que trabajar, semidesnudos, cuasi salvajes. “Otros”, en definitiva, cuyos usos y costumbres retroceden hasta hundirse en la noche de los tiempos. Incluso sus cuerpos están marcados por la deformidad. “No he visto todavía a un anarquista que no sea imperfecto o jorobado, ni he visto a ninguno cuya cara sea simétrica” —confesará el juez Spingardi, uno de los mejores informantes de Lombroso. Son frecuentemente presa de vivas alucinaciones, ya que como el resto de los criminales congénitos, sufren de raptos epilépticos aunque, en este caso, de origen político. Es al hablar de este tema cuando entran en trance:
"El más característico caso lo he descubierto en un joven castigado por ocioso y vagabundo, de frente huida y tacto casi nulo, que al preguntarle si le interesaba o preocupaba la política, me contestaba, atrozmente demudado: “No me la nombre, porque ella es mi desventura; cuando ocupado en el trabajo de barnizador, acude a mi mente la idea de la reforma política, y de ella hablo a mis compañeros, me atacan vértigos, pierdo la vista y caigo sin sentido a tierra”. Y a continuación exponía todo un sistema de reformas prehistóricas: supresión de la moneda, de las escuelas, del vestido; cambio del trabajo de cada uno por el de los demás, etc., etc. En estas lucubraciones consumíase su vida; en suma, estaba atacado de una verdadera epilepsia política" (2).
Visto todo lo cual, en el capítulo de Los anarquistas llamado “Profilaxis”, Lombroso propone, entre otras, las siguientes medidas para acabar con la plaga anarquista: “el envío a los manicomios de todos los epilépticos, monomaníacos y locos tocados de anarquismo —medida más seria de lo que se cree a primera vista— [y] la deportación perpetua de los individuos más temibles, a ser posible a las islas despobladas y aisladas de la Oceanía” (3).
Los jornaleros, por su parte, tenían su propia versión, más cercana a la del relato de C.A.D. sobre la Mano negra y distinta a la que configuran los interrogatorios, como se deduce entre otros textos del poema que, firmado “Un agricultor”, fue publicado en La Autonomía. Eco del Proletariado el 29 de julio de 1883:
“La Mano Negra, decís,
mas demuestra la experiencia,
que vuestra mano y conciencia
es negra, señores, sí.
Lo decimos y es así,
la mano negra es la vuestra,
que anda a diestra y a siniestra,
y nunca piedad sentís.” (Lida, C. E., 1973)
El entonces niño José Madrid Valderrama, abuelo del escritor Juan Madrid, que había sido prohijado por uno de los acusados, dejó un manuscrito con sus recuerdos de aquel proceso del que fue espectador a sus trece años. Al hablar de un momento del juicio dirá: “en esos momentos, me vino a la cabeza lo que mi maestro Juan Ruiz [el acusado] me dijera sobre la Guardia Civil: Joseíto, no podemos odiar a esos pobres verdugos del capital, a esos guardianes de los tesoros de los ricos, pobres engañados y brutalizados hermanos nuestros, les debemos compasión. Nuestro deber es convencerles que no somos enemigos de ellos, que nuestro enemigo es el mismo, el capital ladrón que nos roba el sudor de nuestra frente.” (Madrid, J., 1998: pág. 24)
Este sentido de mero guardián del patrimonio de los poderosos aparece también en el relato “La Mano negra” de Santotís, en el Valle de Tudanca (Santander), que se incluye en el libro de Aurelio M. Espinosa (hijo) Cuentos populares de Castilla y León, tomo I. Se trata de una versión de la historia de la bella y la bestia en la que aparece una mano negra haciendo el papel de “ama de llaves gruñona”. Un padre pregunta a sus tres hijas, antes de salir de viaje, que quieren que les traiga. Las dos mayores piden vestidos ricos y la menor una rosa. “Salió el padre y andando, andando llegó a un castillo. Y como vio la puerta abierta, entró. Y viendo muchos pucheros alrededor del hogar, fue a destaparlo pa ver que contenían, y a ese momento se le apareció una mano negra y se los quitó. Y entonces entró en el comedor y vio sobre la mesa muchas cosas pa comer y se sentó a comer; pero la misma mano negra se le apareció y le quitó la comida”. Cuando intente coger una rosa del jardín del castillo, será ya el príncipe transformado en oso que lo habita el que le castigue por su osadía.
Para los campesinos la Mano Negra es todo aquel que ejecute ciegamente la represión de los poderosos: los tribunales que juzgan sin piedad y la Guardia Civil que, surgida del seno del propio pueblo, lo ha traicionado. De este modo el temor mutuo de ambos grupos sociales habría utilizado la misma metáfora para manifestarse. (4)
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NOTAS:
(1) Publicada en El Cronista (18-3-1883) y reproducida en “La Mano Negra”, Gran Enciclopedia de Andalucía, tomo V, págs. 2369-2372.
(2) Lombroso, Cesar y Mella, Ricardo (1977): Los anarquistas, pág. 33.
(3) Ibidem, págs. 68-69.
(4) Cuando en 1892 otros crímenes sean atribuidos a la Mano Negra, la retórica utilizada principalmente será la diferencia entre colores: las manos blancas y las manos negras. Las primeras se emplearían para hablar de la aristocracia que no se mancha las manos o que no necesita que el sol le dé en ellas, aunque también de los ladrones que no se ensucian, “de guante blanco”; las segundas de los obreros manchados de tierra o de grasa, aunque también de los que realizan un trabajo honrado. De aquella confrontación ha quedado el dicho, muy favorable a la oligarquía, de “manos blancas no ofenden”, referido normalmente al perdón que merecen las ofensas de las damas.
© María García Alonso