¿Existió la mano negra?
Historias de la mano negra (VI). Por María García Alonso
En los testimonios de los acusados aparecen algunos ingredientes que configuran la leyenda de esta sociedad secreta: la clandestinidad y la obligatoriedad en el cumplimiento de un mandato criminal. Ninguno de ellos indica el origen de su nombre, aunque a partir de entonces estas características estarán integradas en estas palabras. Tanto es así que se ha convertido en sinónimo de toda actividad mafiosa (1). En 1892, un artículo de Rafael Comenge para El Imparcial la dotaría incluso de un emblema: “una mano negra vista por el dorso, los dedos separados y las uñas largas; dos puñales con las hojas cruzadas y un enlace artístico formado por una navaja abierta de las de lengua de vaca y un revolver de seis tiros”. Una cuidada representación que utiliza símbolos crípticos, un recurso profusamente empleado en las novelas góticas para aterrar a los incautos que atisban los secretos de los templarios, de los satanistas, de los brujos y, en definitiva, de todos aquellos que tuvieran algo que ocultar.
Pero cabría preguntarse si existió en realidad una sociedad secreta denominada La Mano Negra. A pesar de las torturas a las que fueron sometidos los acusados, todos lo negaron.
“¿Qué Asociación es ésta? -dirá Eleuterio Maissonnave, abogado defensor de dos encausados- ¿La Asociación de la Mano negra? ¿dónde constan los antecedentes, dónde se ha demostrado, dónde está la prueba, dónde se ha confirmado este mismo hecho en la sentencia, de que los procesados en esta causa pertenecieran a La Mano Negra? En ninguna parte. Todos ellos (y cuenta que a algunos les hubiera interesado y les convendría haber dicho otra cosa en beneficio de sus propias personas), todos afirman que ninguno de ellos se consideró asociado de La Mano Negra. Es más: todos ellos dicen que la primera vez que oyeron hablar de La Mano Negra fue después de estar detenidos en la cárcel. La Mano Negra para ellos no existía, era un mito. La Mano Negra acaso será una ficción. Ellos se declaran todos francamente socialistas, pertenecientes a la Asociación Internacional de Trabajadores, para protegerse mutuamente, con arreglo a cuyos reglamentos tenían la obligación de contribuir con una cantidad mensual; y que su periódico oficial era La Revista Social, publicada en Barcelona.” (2)
Sin embargo en la vista se reveló que en 1882, el Coronel Subinspector del 4º tercio de la Guardia Civil había encontrado un misterioso escrito, bajo las piedras de una casa, firmado por "La Mano Negra. Reglamento de la Sociedad de Pobres, contra sus ladrones y verdugos, Andalucía" (3) y los estatutos de un tribunal popular a ella adscrito. Los numerosos autores que se han dedicado al estudio del movimiento obrero en Andalucía no han conseguido ponerse de acuerdo sobre la existencia real de este tribunal popular. Es cierto que coincide en sus objetivos con la estrategia de acción directa desplegada por otros grupos anarquistas europeos, entre ellos los asociados a la Band Noire, organización secreta de unos 800 afiliados, cuyo proceso coincide en el tiempo con el que nos ocupa. Este tribunal aparece como el agente ejecutor del campesinado oprimido, organizado para hacer la revolución. Se trata de la extremidad encallecida y sucia por el trabajo en el campo de un cuerpo disperso, pero cerrado y unido por el secreto. Los componentes de este grupo deben mantener un estricto código moral en sus actuaciones individuales (por eso es reprobable la conducta inmoral del Blanco de Benaocaz) para no contaminar la pureza de sus actos, ni producir enfermedades en el conjunto. Cualquier miembro gangrenado debe ser amputado sin dilaciones. En un sentido figurado, su composición corporal es un núcleo o cabeza-mano sin entrañas en la que todas las aberturas son meticulosamente suturadas.
Esta concepción simbólica del cuerpo anarquista se asemeja a la que Sklovski muestra en Viaje sentimental, sus recuerdos de los años revolucionarios en Rusia. Tras una explosión, los soldados “se pusieron a buscar los fragmentos de los cadáveres de los compañeros y a recomponerlos. Estuvieron mucho tiempo así. Naturalmente confundieron partes de los cuerpos. Un oficial se acercó a la larga fila de cadáveres. El último lo habían formado con los pedazos que sobraban. Era el torso de un hombre corpulento. Se le había colocado una cabeza pequeñita, y sobre el pecho, cruzadas, dos pequeñas manos desiguales, las dos de la izquierda”. Ese era el cuerpo real que la Revolución fue capaz de construir frente a la metonimia anarquista. Mano negra, mano izquierda, mano seccionada. Pedazos de cuerpos, miembros despedazados para dar certeza a la masa indiferenciada, muda y necesariamente obligada a ejecutar sin cuestionar las órdenes de un Gran Cuerpo con límites desconocidos.
En esto el Reglamento del Núcleo Popular, que se presentó como prueba, es concluyente: “A ningún individuo se le obligará a hacer más que lo que libremente se comprometa, y aunque rehúse hacer algún hecho por no hallarse capaz, no se le podrá obligar; pero una vez aceptado, es obligatorio, y se considerará como traidor. [...] Para matar a un traidor no hay que reparar que sea amigo, hermano ni padre, pues nunca pagará bastante con la vida el que quiere perder la de muchos. (4)” Cuando alguno es señalado, los demás actúan con sigilo. La desgracia le sobreviene inesperadamente. El desgraciado sospecha, pero no puede asegurar si tendrá tiempo para poner en orden sus asuntos antes de morir, porque el enemigo tiene muchos cuerpos y muchas formas. Cuando el acusado Antonio Valero es interrogado por su abogado defensor, el Sr. Pastor, le pregunta:
-¿Qué clase de amenazas temían ustedes?
-Le temíamos a las amenazas invisibles; a lo demás nada.
Lo demás, los terrores visibles, formaban parte de las antiguas reglas del juego entre opresores y oprimidos, antes de que una creciente conciencia de clase enfrentara los intereses de los que poseían los medios de producción y del campesinado sin tierra. En otros tiempos el terror siempre venía de frente porque los hombres, cada uno en el papel que el nacimiento le diera, estaban solos. Cuando la unión se hizo necesaria para la lucha y la confianza mutua se presentaba como la única garantía de seguridad ante el riesgo que corrían los asociados apareció lo siniestro, las amenazas invisibles, sobrenaturales, de tan visibles y naturales que eran; invisibles, pues, porque se escondían en los afectos y se mezclaban con el pan de cada día. Saberse miembro de un grupo cuyas exigencias vulneran lo que se considera socialmente permitido produce pavor, porque implica colocarse en el cruce entre dos lealtades (al patrón y al compañero) y, como ocurría en el cuento de C.A.D., la traición se paga con la muerte una vez que se han aceptado las condiciones que establecen uno u otro bando. Así, las sospechas envenenaban las relaciones sociales como una enfermedad.
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NOTAS:
(1) En la voz “Mano Negra” de la Enciclopedia de Espasa Calpe (1916) se uniformiza con este nombre a todas las organizaciones mafiosas, independientemente de sus nombres: “Asociación secreta de bandoleros y gente de mal vivir, extendida en varias naciones. El origen de esta terrible asociación fue el Albero, antiguo en Italia. En Nápoles era la Camorra, en Calabria la Mala Vita, y en Sicilia la Maffia. De estas tres organizaciones nació la Mano Negra, que se ha propagado por Italia y, pasando los mares, se ha extendido hasta los Estados Unidos de América del Norte.” (tomo XXXII, p. 957)
(2) Informe del letrado don Eleuterio Maissonnave, defensor de Pedro y Francisco Corbacho. Procesos célebres. La Mano negra..., pág. 93.
(3) En otra versión, publicada por El Imparcial contemporáneamente a los hechos, la firma aparece modificada. En vez de Andalucía se lee “Europa. Siglo XIX”.
(4) Proceso seguido contra Pedro Corbacho, Francisco Corbacho, Juan Ruiz,..., p. 99.
© María García Alonso