Una aparente coincidencia
Historias de la mano negra (II). Por María García Alonso
En octubre de 1882, C.A.D. publicó en El Folklore Andaluz (1) un cuento popular que había escuchado en Huelva y que tituló “La Mano Negra”. C.A.D. era en verdad Cipriana Álvarez Durán, la madre de Antonio Machado y Álvarez, dama también conocida como “la mujer de los cuentos” por los chiquillos que le ayudaron a recoger para su hijo más de 60 relatos y 700 coplas.
TEXTO DEL CUENTO:
"Era un padre que tenía tres hijas y eran muy pobres. Iba todos los días el padre por un hacecito de leña para mantenerse, y estando un día cortando la leña se le apareció un jigante y le dijo: si le llevaba á su hija mayor que le daría mucho dinero; él convino en ello y el jigante le dio mucho dinero con esa condición. El padre, cuando entró en su casa con tanto dinero se echó a llorar, pensando en que se iba á quedar sin su hija; pero ésta le dijo que no se apurara, que ella se iría gustosa, puesto que tan rico lo dejaba; así que, al otro día fué el padre con la hija mayor para entregársela al jigante, que estaba allí á la hora convenida; entonces despidió al padre y arrancó un pino y debajo de él había una puerta por donde hizo entrar á la joven y estando allí, le entregó una mano negra, diciéndole que la majase y se la comiese, y al mismo tiempo, que le tuviese a él su comida lista, y que si no se había comido la mano negra cuando él volviese, la mataría.
El jigante se marchó y ella fué á majar la mano; pero ésta saltaba y ella no podía comérsela, por lo que la tiró al pozo. Por la noche vino el jigante y le dijo que le pusiese de comer, ella le puso la comida, y mientras comía, aquel le preguntó si se había comido la mano negra; ella le dijo que sí; pues ahora, replicó el jigante, lo voy á ver yo: —¡mano negra!— y la mano se presentó sobre la mesa, entonces él dijo que lo había engañado, y que puesto que no se la había comido, que iba á matarla; efectivamente la mató. Al cabo de unos días volvió el padre para ver al jigante y tener noticias de su hija. El jigante le dijo que estaba tan buena y tan contenta, que no podía verla, porque la había enviado a un pueblecito inmediato a ver su familia, y que le había dejado dicho, que si venía su padre le encargase que enviáse a su hermana la de en medio, porque quería estar acompañada de ella, le dió otra cantidad igual á la primera e hizo lo mismo con la otra hermana, le dió á comer la mano negra, y no pudiendo tenerla comida á su vuelta, la mató también.
Cuando volvió otra vez el padre, le dijo que estaban sus hijas tan buenas y tan contentas; pero que querían estar las tres hermanas reunidas; que trajera la menor y le daría otra cantidad igual á la que le había dado cuando trajo á las otras dos hijas. Cuando vino la chica hizo lo mismo que con las otras dos hermanas, esto es, darle la mano para que se la comiese; pero ella, viendo que no podía conseguirlo, la metió en un pañuelo y se la ató al vientre por debajo del vestido. Cuando vino el jigante le preguntó si se había comido la mano negra, y ella le contestó que sí; él le dijo: ahora lo veremos: —¡mano negra!— mande usted —¿á dónde estás?— En la barriga.— Entonces le dijo el jigante á la niña: tú te quedarás aquí como si fueses mi hermana, y le dió todas las llaves de la casa; ella encontró, registrando la casa, un cuarto con muchas jóvenes muertas y entre ellas á sus dos hermanas. Mirando toda la casa, dió con otro cuarto todo lleno de medicamentos, y entre aquellos tarros había uno que decía: ungüento para resucitar a los muertos dándoles con una plumita. Entonces decidióse a matar al jigante para poder librar á todas aquellas jóvenes, empezó por untar con el ungüento á sus hermanas, pero así fué untando á todas aquellas jóvenes, que resucitaron; pero las dejó encerradas. Luego se salió fuera tan contenta, y cuando llegó el jigante le dijo si quería que lo espulgase, él contestó. —sí, vámonos al corral, al sol. Ella le clavó un alfiler en la cabeza y lo dejó muerto; le quitó dos llavecitas que tenía al cuello y abrió el castillo con ellas, libertando á sus hermanas y á las demás jóvenes, y todas se marcharon, entonces dio un tronido muy fuerte y desapareció el castillo, quedándose convertido en un campo conocido para ellas. Desde allí muy contentas se marcharon á su casa, en donde fueron recibidas con la mayor alegría por sus familias, de cuyo lado faltaban tanto tiempo hacía."
Resulta al menos curioso que este cuento fuera publicado, entre una miscelánea de artículos sobre aspectos diversos de la cultura popular, en 1882, año en que se produce el primer asesinato atribuido de un modo tristemente oficial a la organización anarquista andaluza conocida con el mismo nombre (cuyos procesos de desarrollaron en las provincias de Cádiz y Sevilla).
Esta presunta sociedad secreta fue acusada de querer desarticular las raíces mismas del Estado, eliminando a la aristocracia terrateniente de Andalucía. Durante muchos años todas las acciones llevadas a cabo en esta región por grupos aislados y todo crimen común que presentara algún misterio fueron considerados por la Guardia Civil, e imputados por los tribunales, como pruebas de esta magna conjura. La opinión pública estaba también alerta. Cualquiera podía ser la próxima víctima, porque todos, de un modo u otro, formaban parte de una estructura social amenazada. Eran culpables de ser como eran y podían ser castigados por ello.
Pero no sólo se hablaba en esta tierra de la Mano Negra. También en Portugal existía una taimada mano que sustraía objetos, como lo muestra esta carta enviada el 15 de marzo de 1883 por Domingo García Péres, desde Setúbal, a Marcelino Menéndez Pelayo (2): “Mi estimado y buen amigo: sin fecha recibí su última (que por el sello del correo me parece ser del 17 del pasado) en que me anunciaba que al día siguiente recibiría un ejemplar de sus Odas; pero en vano he esperado que llegue a mis manos. Sin duda V. no encargó que en correo lo registrasen o segurasen, y la mano negra como en guante, se introdujo en el buzón o valija, para después hojearlo en los momentos que descansa de sus trabajos”. El Sr. García Péres creía compartir con el español, con razón o no, un tronco común de imágenes simbólicas en las que se incluían historias sobre esta extremidad. ¿De dónde pudo haber salido esta mano dotada de vida propia que parece tener tanta actividad en la década de 1880?
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NOTAS:
(1) El Folklore Andaluz se publicó en doce números mensuales desde marzo de 1882 hasta febrero de 1883, dirigido por Antonio Machado y Álvarez.
(2) Agradezco esta información a Xavier Agenjo y a Francisca Hernández.
© María García Alonso