José Manuel Fraile
"Es fundamental organizar grupos de trabajo que documenten de antemano la tradición local y que asuman la labor de recogida con método y conocimiento"
José Manuel Fraile es madrileño y se ha dedicado al estudio de la Cultura Tradicional desde 1980. Entiende ésta como un valioso abanico cuyo paraíso sostienen las varillas de múltiples disciplinas remachadas todas por el clavillo de una filosofía, de una manera de vivir que ha desaparecido de nuestros pueblos y ciudades en los últimos cincuenta años. De sus investigaciones cabe mencionar la edición de "Estampa de Castilla y León", acercándose al mundo de la literatura oral en "Cuentos de la tradición oral madrileña" y "Conjuros y plegarias de la tradición oral", así como numerosos artículos en revistas especializadas complementando sus trabajos con grabaciones de campo. En este sentido, destacan la "Antología sonora del romancero panhispánico" o la dirección de la colección fonográfica "Madrid tradicional", con documentos musicales de comarcas y localidades de esta comunidad autónoma.
¿Qué significa para usted la tradición oral?
Por literatura de tradición oral entiendo yo el tesoro de palabras trasmitido de boca a oreja durante generaciones; patrimonio que además mejora con el trasiego, depositándose en la memoria para permanecer allí adormecido, o despertar cuando la ocasionalidad y el momento actualizan el recuerdo.
Cuando decide dedicarse a recuperar la tradición, sea ésta material o inmaterial, ¿qué puede más: el lazo afectivo, la inquietud intelectual, el interés histórico, su papel social, sus valores estéticos...?
En mi caso tuve la inmensa suerte de conocer la cultura tradicional a través de mis lazos familiares, y soy –de entre casi una treintena de primos- el único que recogió la antorcha de las tradiciones. Fue en la escuela, y más tarde en la universidad, donde comencé a rastrear además el origen de aquellos romances y cuentos que yo sabía por mi casa; de modo que al atractivo inicial de ese tesoro, se fue añadiendo la calificación académica que tenían muchas de aquellas composiciones.
¿Y qué papel juega en este trabajo la nostalgia personal?
La nostalgia personal, para mí no sólo está asociada a aquellas figuras familiares que me enseñaron directamente, abarca también a muchos de los informantes que durante dos largas décadas he ido entrevistando. Recuerdo muy bien las actitudes y la voz de quienes compartieron conmigo sus saberes, y a veces –cuando canto sus romances- revivo un poco su memoria y su recuerdo.
¿Cree que aún es posible en España la recopilación de nuevos textos o el trabajo se centra ahora en su puesta en valor y/o en la búsqueda de sentido en las nuevas coordenadas donde vivimos?
Dependiendo de las áreas geográficas a investigar, todavía creo que puede trabajarse en la encuesta de campo durante unos veinte años. Es muchísimo lo que debería hacerse a este respecto, y muy poco lo que se hace. Con los dedos de una mano puedo contar las instituciones o –y esto tiene muchísimo más mérito- los particulares que dedicamos nuestros afanes y recursos personales a explorar la memoria colectiva y a dejar registrados unos materiales que servirán a las próximas generaciones para realizar tesis y trabajos de fondo. Pero parece que el contacto con los informantes es algo que en lugar de ennoblecer, empobrece, y el resultado es el enorme desconocimiento que tenemos de la auténtica tradición local en amplias zonas de esta Península. La pasada semana realicé en Fernán Núñez (Córdoba) una pequeña cala, que una sola tarde dio como fruto tres horas de magnífica grabación; pues bien, estos exiguos resultados superan en calidad y cantidad lo que puede aparecer publicado ya en un Romancero cordobés, que no sé con qué criterio sale a la calle, desdeñando las voces –entonadas y recias- de los portadores de la tradición, para sustituirlas por el edulcorado y melifluo cantar folk de la guitarra.
Su labor abarca desde los textos transmitidos de forma oral hasta aspectos como la indumentaria. ¿Hay algún campo, en este sentido, que le interese especialmente y por encima de los demás?
La tradición oral pasa su hilo multicolor por el cañamazo de la cultura tradicional, de modo que no puede entenderse aquella sin éste. A medida que uno va profundizando en el sustrato de la memoria colectiva, descubre nuevas facetas de la tradición que no son sino simple y llanamente la respuesta del inteligente y pobre, por falto de medios, pueblo al reto que le brindaba la vida. Por eso me van interesando cada una de las respuestas que originó tal envite: la indumentaria, la arquitectura, la alimentación, la medicina...
¿Hubo una edad de oro de la literatura oral durante la convivencia de las tres culturas en la Península Ibérica?
No creo en absoluto en la convivencia plácida de las tres culturas. Me parece que es un mito forjado desde la distancia y el desconocimiento. Cualquier tiempo pasado no fue mejor y, por mucho que ahora sea “políticamente correcto” hablar de tal convivencia, los judíos –que antes de la expulsión no se llamaban aún sefarditas-, los mozárabes o los mudéjares no eran sino minorías subyugadas, que sólo a costa de exagerados tributos y de signos vejatorios podían convivir con el estrato dominante.
Después de más de un siglo de estudios más o menos sistematizados, ¿se pueden sacar conclusiones en torno a algún aspecto de la tradición oral hispánica?
La balada panhispánica es la única que ha resistido los embates del tiempo hasta llegar viva, aunque más o menos maltrecha, según las diferentes áreas de su enorme dominio, hasta el siglo XXI. Temáticamente –salvo los asuntos referentes a la épica hispánica- está emparentada con toda la baladística europea y, yendo un poquito más lejos, con los temas indoeuropeos que se esparcieron por el Viejo Continente en diferentes moldes literarios. A mi modo de ver, el mayor atractivo de este inmenso corpus ha sido su poder de adaptación a las diferentes lenguas hispánicas: español, portugués, gallego, catalán, judeo-español... y su capacidad ahora para asentarse en las diferentes culturas que conforman los asentamientos de carácter hispano.
Vemos por sus trabajos (libros, conferencias, recitales, discos) que es partidario de la divulgación popular de estos materiales de forma paralela a la investigación. ¿Cómo lleva esto adelante consiguiendo interesar a los profanos sin renunciar al rigor científico?
Por supuesto que soy partidario de dar a conocer –y a veces de reinsertar- la tradición poético-musical hispánica allá donde se ha perdido, pero siempre desde el máximo respeto por las formas dialectales y por la riqueza musical en que suelen apoyarse estas manifestaciones literarias. El canto tradicional se basa en el melisma o adorno que, con tanta profusión y facilidad, utilizan los trasmisores y que nosotros –pertenecientes ya a una sociedad que no canta- hemos olvidado y debemos reaprender. El canto y la música tradicional no son fáciles, su conocimiento resulta complicado y difícil; no es algo para todos, y ahí creo que radica el empobrecimiento que tanto daño ha hecho a este tipo de cultura. No basta con marcar el tres por cuatro en la guitarra, no sirve con golpear un aro de pandereta en la pierna, no es suficiente con tocar la flauta dulce, y desde luego no se puede cantar solfeando lo que durante generaciones han hecho a base de portamentos, glisandos y mordentes unos cantores que no conocían estos nombres, pero que utilizaban la voz natural con maestría.
Si estuviera en su mano, ¿qué iniciativas pondría en marcha aquí y ahora para facilitar la recuperación y el reencuentro de la gente con la tradición oral de su zona? Le sugerimos campos de actuación: educación, medios de comunicación, publicaciones, asociacionismo...
Es fundamental organizar grupos de trabajo que documenten de antemano la tradición local y que asuman la labor de recogida con método y conocimiento. Echarse al campo con una grabadora y mucho entusiasmo tendrá como resultado una pobre cosecha, pues los materiales verdaderamente interesantes están ocultos en la memoria bajo dos o tres capas de anuncios radiofónicos, de “canciones españolas” de autor y de unas cuantas cancioncillas aprendidas en la escuela. Hay que conocer bien las raíces más profundas para rastrear su pista y conseguir que el recuerdo atenuado aflore a la memoria. Sólo con buenos materiales de campo podremos impartir una visión certera y concreta de lo que fue el panorama poético-musical en cada una de las regiones españolas. Supongo que quienes trabajen en el campo de la didáctica, conocerán las técnicas para reimplantar el esqueje de la tradición perdida en la tierra fértil de la memoria infantil.
¿Podría señalar algún texto tradicional que suponga para usted algo especial?
Los viejos romances épicos, conservados a duras penas en la tradición hispánica, son para el recopilador la presa más codiciada de cuanta salvajina campea aún libre en la narrativa hispánica. Sólo en dos o tres ocasiones pude todavía escuchar –emocionado y alegre- los viejos versos cidianos vueltos de nuevo a la vida en los labios de mis más ancianos informantes. El milagro de la recreación se oficia cada vez que lo no escrito se caligrafía en el aire.
¿Alguna anécdota o experiencia que le anime a seguir realizando este trabajo?
Todavía recojo pequeñas muestras de oralidad en los barrios que conforman la almendra central madrileña. Todavía hay ancianas que me cantan las canciones de sus corros infantiles, aprendidas cuando en Madrid las calles tenían bulevares y las plazas, setos. La anécdota surge para mi allí donde pregunto y me responden sonriendo.
La presentación de esta entrevista pertenece al blog de José Manuel Fraile: http://disquisicionesgalanas.blogspot.com/
© Asociación LitOral, diciembre 2006