La muchacha que quería ser Virgen
Esta historia que os voy a contar es totalmente verídica, aunque no hay nada escrito ni siquiera se saben quienes eran sus verdaderos protagonistas. Lo cierto es que se transmite de unos a otros. A mí, cuando era pequeño, me la contó mi abuelo, también me la contó mi padre y la he oído en infinidad de ocasiones y en muchos lugares.INFORMANTE: Tradición familiar del recolector
RECOGIDO POR: Diego Álvarez Caro (Benaocaz, Cádiz)
Cuentan que en un pueblo había una joven que quería ser virgen. Ya desde pequeña siempre estaba en la Iglesia. Se pasaba el tiempo dibujando ángeles y ensayando posiciones de gestos y formas de estatua para parecer lo más posible una virgen. Luego de mayor se disfrazaba de virgen y cuando iba a misa los domingos en la entrada de la Iglesia hacia la estatua.
En su casa se pasaba horas y días enteros diciendo que ella quería ser virgen, llegó incluso a comer poco y dejar de dormir. Sus padres estaban preocupados y creían que su hija estaba poseída por algún ángel bueno.
La gente del pueblo comenzó a burlarse de ella y a tomarla por loca.
Tanto fue derivando la manía de ser virgen que sus padres pensaron que en las procesiones de Semana Santa podían simular que ella fuera la virgen para ver si así se le curaba aquella manía.
La Hermandad se reunió para considerar la propuesta y ver si el remedio para curar la locura de la joven era sacarla en procesión. Tras muchas deliberaciones aceptaron pero con la condición de que nadie del pueblo debía de saber nada. Se tenía que mantener en secreto, y además, para siempre.
Y así se hizo. Sólo lo sabían los de la hermandad, los padres y la propia joven.
Para tal ocasión su madre le hizo una túnica preciosa, y una peluca que parecía la de la virgen de verdad. Aún se conservan en el museo local de la historia como una reliquia.
Llegado el momento de sacar la procesión vistieron a la joven de Virgen y la subieron en el trono. La procesión comenzó al anochecer. Vestida como iba, la forma de hacer la estatua que había aprendido desde niña nadie notó que no era la verdadera virgen.
En la procesión; delante de la comitiva iban dos filas de penitentes con su cirios encendidos, luego el Cristo Nazareno, la banda de música, nuestra virgen, otra fila de penitentes y San Juan Bautista.
La procesión se percibía en la oscuridad de las calles por las pocas farolas que había, las luces de los cirios proyectando sombras vacilonas sobre las fachadas de las casas, y el contraste tenue de las velas encendidas con un olor a cera quemada. La comitiva caminaba perfecta. Las marchas musicales encajaban con sus mágicas notas en el equilibrio y la armonía del recorrido. Alguien cantó una saeta y la banda de música dejó de tocar.
Tras pasar por varias calles comenzó a moverse una ligera brisa que movía las pequeñas luces de los cirios, las túnicas de los santos y el de la virgen. El aire fue soplando cada vez con más fuerza. Se apagaron los cirios y sólo relucían las pálidas farolas.
En la calle principal una ráfaga de viento alzó la túnica de la virgen quedándose enganchada sobre uno de los adornos del trono. La virgen llevaba ropa interior blanca de encaje.
Entonces el hermano mayor de la hermandad gritó en mitad de la noche:
-Todo hombre que mire hacia la virgen se quedará ciego.
Los hombres que iban en la procesión agacharon las cabezas y las mujeres sintieron vergüenza y al mismo tiempo envidia de la ropa interior que llevaba puesta la virgen.
Continuó la procesión con los hombres caminando agachados
Según cuenta la leyenda, la joven se curó de aquella extraña manía de querer ser virgen; aunque se quedó virgen. Sin embargo, las mujeres del pueblo, a excepción de la madre, imitaron la ropa de encaje que llevaba la joven el día de la procesión.
En cuanto a los hombres que aquella noche iban en la procesión; incluido los penitentes, los de la banda de música, los de la hermandad, e incluso el hermano mayor, esa noche se quedaron ciegos.