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La muchacha tuerta y sin mano

INFORMANTE: Antonia González Navarro (nacida en Jimena, reside en Algeciras, Cádiz)
RECOGIDO POR: Ana María Martínez
Esta era una muchacha que era muy guapa y que tenía una madrastra. La madrastra le tenía muchos celos y le decía:
-Yo soy más guapa que tú.
Y la niña contestaba:
-No, yo soy más guapa.
Cogía el espejito:
-¿Quién es más guapa, mi entená o yo?
Y decía el espejito:
-Tu entená.
Y la madrastra pensaba: “Pues yo la tengo que quitar de aquí para que no sea más guapa que yo”.
Un día, la madrastra le dijo al padre que llevara a la niña al campo y la dejara allí. Y lo hizo. Pero pasaron tres o cuatro días y la niña volvió a casa.
La madrastra volvió a preguntar al espejito y, cuando le dijo otra vez “tu entená”, ella gritó de coraje:
-Pero si mi entená está muerta.
-¡Qué va!
Y empezó a pelearse con el marido.
-¿Ves como tú no la llevaste donde te dije? Bueno, pues ahora llévatela, córtale la lengua y me la traes.
El padre pensó: “¿Cómo voy a hacer eso?” y la llevó al campo pero le cortó la lengua al perro y se la llevó a la mujer. A los pocos días, la niña regresó a la casa.
-¿Ves? Otra vez me has engañado –le dijo al marido-, tú no le has hecho nada a la niña. Ahora la tienes que llevar y le tienes que cortar una mano y sacarle un ojo.
El padre:
-¿Pero cómo voy a hacer eso si es mi hija?
-Pues lo tienes que hacer –le gritó la madrastra.
Fue el padre al campo y le cortó una mano y le sacó un ojo y la ató a un árbol para que se la comieran los bichos.
Pasó por allí un príncipe que iba de cacería y llevaba muchos perros. Cuando echó de comer a los perros, había una perra que se llevaba el trozo de pan y no se lo comía. Así estuvo dos o tres días hasta que el príncipe siguió a la perra a ver qué hacía con el pan. Entonces vio a la muchacha amarrada al árbol sin un ojo y una mano. Pero era muy guapa. El príncipe se la llevó a su palacio y le dijo a su madre que se iba a casar con ella, pero la madre le decía:
-¿Cómo te vas a casar con una mujer a la que le falta un ojo y una mano?
Pero el príncipe se casó. Y la muchacha se quedó embarazada.
Había por entonces una guerra y el príncipe se tuvo que ir. La muchacha se quedó en el palacio con su suegra. Y, mientras su marido estaba fuera, ella tuvo mellizos, un niño y una niña.
El príncipe le escribió a su madre: “¿Qué ha tenido mi mujer?”. Y la madre le contestó: “Ha tenido un perro y una perra porque, mientras tú no estabas, ella se ha acostado hasta con los perros”. “Bueno –le contestó el príncipe-, perro o perra, tú los dejas quietos hasta que yo vuelva”.
Mientras, la suegra le decía a la muchacha que se fuera de allí. Y la muchacha le pidió que le hiciera dos talegas para llevar a los niños al hombro.
La suegra le hizo dos talegas, una para cada niño, le echó comida en un bolso y la muchacha se fue con sus hijos.
Iba por un camino cuando se encontró con un charco muy grande. En ese momento, uno de los niños se puso a llorar y ella pensó que se había hecho caca. La muchacha lo limpió, le puso un trapito limpio y se levantó para seguir su camino. Entonces, escuchó una voz que le decía:
-¡Mete la mano partida en el agua!
Ella la metió y enseguida le salió una mano.
La voz dijo entonces:
-Ahora échate agua en los ojos.
Ella se echó agua en los ojos y le salió otra vez el ojo que le habían sacado.
Siguió caminando y llegó a un pueblo. Fue al ayuntamiento y explicó que llevaba dos niños pequeños, que dónde podrían dormir. Un hombre le contestó:
-Mire, ahí hay una casa, pero todo el que se mete en ella, por la mañana está muerto. Así que si quiere usted meterse...
-Sí, sí, yo me meto.
Fue y se metió. En la casa había de todo. Hizo de comer, acostó a sus niños y, cuando se quedó sola, siente una voz que le dice:
-¿Caigo o no caigo?
Y dice ella:
-Cae.
Y cayó un cuerpo. Al ratito escucha:
-¿Caigo o no caigo?
Y dice ella:
-Pues cae.
Y cayeron dos piernas que se unieron al cuerpo. Al ratillo:
-¿Caigo o no caigo?
Y dice ella:
-Pues cae.
Y cayó la cabeza, que se unió al cuerpo. Al ratillo siente:
-¿Caigo o no caigo?
Y ella:
-Cae.
Y cayeron los brazos, que se unieron al cuerpo y se formó un hombre.
-Mira, todos los que han ido viniendo a esta casa se morían del susto, pero veo que tú no. Ve a aquella losa, quítala y coge todo el dinero que hay.
-¿Quién es usted?
-Yo estoy penando por un dinero que robé y que tengo ahí escondido. No me puedo ir a la gloria hasta que alguien que no me tenga miedo quiera llevarse este dinero.
Ella cogió el dinero. Por la mañana vino el enterrador y los del ayuntamiento a por ella, pero se llevaron una sorpresa:
-¡Pero si no se ha muerto!
-Pues no, no me he muerto, que estoy aquí.
-¡Ah, pues quédate en el pueblo si quieres!
Alquiló una casa grande y puso una sastrería y colocó a muchas muchachas del pueblo para trabajar con ella.
Pasó el tiempo y los niños crecieron. Mientras tanto, el príncipe había llegado de la guerra y le dijo a su madre:
-¿Y mi mujer y mis hijos?
-¿Tu mujer? Tu mujer se fue, cogió a los niños y se fue.
-Pues voy a buscarla.
Después de mucho andar, llegó al pueblo donde ella vivía. Pero él preguntaba por una mujer a la que le faltaban un ojo y una mano y así, claro, nadie la conocía. Pero una mujer del pueblo le dijo:
-Mire, aquí hace poco llegó una mujer con un niño y una niña y puso una sastrería aquí enfrente.
Él llevó tela para que le hiciera un traje y empezó a hablarle para ver si era ella.
-Mire, yo he venido de la guerra y mi mujer se quedó con mi madre, pero se fue de casa y la estoy buscando.
Los niños se le sentaron cada uno en una pierna. Y la madre les decía:
-Bajarse, niños, que estáis molestando.
Y le hablaba al hombre:
-Pues mire, a mí me ha pasado un caso parecido. Mi madrastra mandó que me sacaran un ojo y me cortaran una mano y me amarraron a un árbol. Entonces, un perro me llevaba pan hasta que un príncipe me llevó a su palacio y me casé con él. Pero también se fue a la guerra y yo me quedé con mi suegra. Ella me echó a la calle con los dos niños.
-¡Ah, pues entonces es a ti a la que yo voy buscando, que soy tu marido!
Se quedaron allí con el dinero que ella había cogido de la casa y con sus niños.
Y se acabó el cuento con pera y pimiento.

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