Cristo, San Pedro y el jugador
INFORMANTE: Pilar Paños Paños (Fuente Obejuna, Córdoba)Era un día muy lluvioso, muy lluvioso, de mucho agua, y San Pedro y el Señor llegaron a un pueblo y tocaron en las puertas a ver si alguien les daba cobijo, pero nadie, nadie quería que se quedaran en su casa. Y de una de las casas salió una mujer y le dijeron:
RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez
-Mire usted, que está lloviendo tanto... Somos dos peregrinos y queremos saber si podemos quedarnos aquí en su casa.
Y la mujer:
-Mire usted: yo, por mí, se quedarían, pero es que mi marido es jugador y juega todos los días porque ese es su oficio. No hace más que jugar, jugar de noche y dormir de día. Si gana, no pasa nada, pero si pierde, tiene muy mal perder. ¡A mí me mete unas palizas horrorosas! Entonces, como los vea aquí, no vea usted.
-No, no pasa nada, es que en ningún lado nos quieren dar cobijo y ya está llegando la noche, con lo que llueve...
-Bueno, ustedes se quedan aquí, pero ya saben lo que les he dicho.
Se quedaron allí y le dijeron:
-Nosotros nos acostamos mejor en algún pajar, si lo tiene usted.
-No, que hace mucho frío, aquí al ladito de la candela están ustedes mejor.
Se puso San Pedro en la punta de la chimenea y el Señor en el lado de la pared.
Y llegó el hombre del bar. Efectivamente, había perdido y venía con un humor de perros gritando:
-¡María! ¿Dónde estás? ¡Que te voy a pegar una tunda...!
La pobre mujer, temblandito, se levantó corriendo pensando: “Verás cuando venga ahora y vea a estos dos”.
Va el hombre y los ve:
-¿Estos dos que están aquí qué son?
-Ay, dos vagabundos, dos pobrecitos caminantes, que es que llovía...
-¿Caminantes, que llovía? Ahora verán.
Cogió a San Pedro, que es el que estaba primero, y le pegó una capuana al pobre que lo dejó frito.
Después se acostó y al día siguiente, como seguía lloviendo, dice San Pedro:
-Señor, vámonos de aquí, mira la paliza que me ha pegado.
-Verás tú que esta noche no te pega. ¿Dónde vamos a ir con este vendaval de agua? Que no.
Por la tarde, se fue el hombre otra vez al bar y dijo San Pedro:
-Señor, yo me voy a poner ahora en el lado de la pared para que te pegue a ti, que yo ya estoy harto.
-Bueno, como quieras.
Viene otra vez el hombre por la noche:
-Pero, ¿todavía están aquí estos dos? Me cago en la mar. Esta noche le va a tocar al de la pared, anoche le tocó a este y ahora al de la pared.
Otra vez que se cargó San Pedro con la paliza.
Y al día siguiente seguía lloviendo y San Pedro diciendo que se iba, pero el Señor:
-San Pedro, espérate, verás que hoy gana el hombre y no nos hace nada.
Y esa noche el hombre ganó. Y llegó muy contento diciendo:
-¿Dónde están esos dos? Hay que ver lo mal que me he portado yo con ellos, mira que pegarle yo a estos hombres. Les voy a decir que me perdonen.
Y la mujer:
-Pero ya se iban a ir porque como tú les pegas...
-No, no, se pueden quedar todo el tiempo que quieran.
El Señor le dijo que lo perdonaban (bueno, San Pedro decía para sí: “Lo perdonarás tú, porque yo no, con las palizas que me ha pegado”):
-Mire, lo perdonamos, pero se lo vamos a decir: nosotros somos San Pedro y el Señor y nos vamos a ir ya al Cielo porque nuestro peregrinaje por la Tierra ya se ha terminado. Y para que usted vea que lo perdonamos, le vamos a conceder tres deseos, así que pídanos usted las tres cosas que usted quiera y se las concedemos.
-Bueno, pues les voy a pedir tres cosas: la primera, que gane siempre, siempre, siempre, en el juego. La segunda, que el que suba a mi peral no se pueda bajar hasta que yo no quiera. Y la tercera, que de la silla donde yo me siente no me pueda levantar nadie hasta que a mí no me dé la gana.
Dice San Pedro:
-¡Qué cosas más raras nos ha pedido este hombre, Señor! Nos podía haber pedido el Cielo, mira que es tonto. Y este se va a condenar, porque con lo malo que es...
Bueno, pues se fueron al Cielo y el hombre, efectivamente, empezó a ganar siempre en el juego. Se hizo rico, tuvo una vida estupenda y la mujer también, que se lo merecía, que bastante había pasado. Vivió muchos años, pero llegó un momento en que la Muerte tuvo que venir a por él porque ya era su hora.
Llegó la Muerte y le dice:
-Oye, mira, vámonos, que ya te toca.
Y el hombre:
-¡Con lo bien que yo estoy viviendo! ¡Déjame!
-Pero si ya eres muy viejo. ¿Qué quieres, estar aquí toda la vida?
-Bueno, pues mira, por lo menos, concédeme un deseo, que yo estoy que no puedo subirme a mi peral y quiero coger una pera.
-¡Vaya tela, este!
Se sube la Muerte en el peral y, como no se podía bajar nadie del peral hasta que él no quisiera, le dijo:
-Paradita ahí, que yo no me voy todavía, así que en el peral te quedas.
-Ay, por Dios, si yo tengo que llevarme a otras personas que se tienen que morir.
-¡Nada!
Y pasaba el tiempo, el tiempo, el tiempo, y no se moría nadie ¡Claro!
-Pero, hombre...
-Nada, yo no tengo ganas de irme todavía, así que tú ahí quieta.
Pasó un tiempo, años ya, y dijo el hombre:
-Bueno, ya qué voy a hacer. Tendré que irme porque así no voy a estar siempre. Bájate ya, anda, y llévame, qué vamos a hacer.
Bajó la Muerte del árbol y se lo llevó. Y cuando llegó a las puertas del Cielo, estaba allí San Pedro sentado en su silla y le dice:
-¡Hombre, tú por aquí! Tenía yo ganas de verte. Por fin te veo.
-Sí, hombre, déjame pasar, que al final os pedí perdón y todo.
-¿Tú vas a pasar? ¡Anda, al infierno, que es tierra caliente! Que tú aquí no entras ni... ¡vamos! ¿Pues no me pegaste tú a mí dos buenas palizas y ahora quieres entrar en el Cielo?
-Cachis en la mar, déjame pasar, hombre, déjame pasar.
-Nada, nada.
-¿Sabes tú lo que vas a hacer? Ve y pregúntale al Señor y verás que te dice que yo pase, porque a mí el Señor me perdonó.
-Que tú no entras.
-Que vayas y se lo preguntes.
-Voy a preguntárselo, pero verás como no te deja pasar.
Se va San Pedro para dentro y se sienta el hombre en la silla de San Pedro. Cuando vuelve San Pedro, dice:
-¿Sabes lo que te digo? Que ni el Señor ni nada, que tú no entras.
-Bueno, pues mira, lo que tú quieras, pero a ver dónde te vas a sentar.
Entonces San Pedro tuvo que dejarlo entrar en el Cielo porque si no el hombre no se levantaba nunca de su silla. Y de esa manera, el Cielo también se lo ganó.