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El príncipe jardinero

INFORMANTE: Ana Álvarez (San Pedro de Alcántara, Málaga)
RECOGIDO POR: Ana María Boyero
Había una vez un rey que tenía un hijo que quería tener un caballo diferente a todos los demás caballos. Su padre salía a buscarlo, pero siempre regresaba sin él porque cuando creía haber encontrado uno diferente, descubría que existía otro igual.
Un día, la yegua del jardinero parió una cría de color verde. Cuando el rey la vio, se puso loco de contento porque por fin su hijo tendría el caballo que quería.
Lo metió en las caballerizas apartado del resto de los caballos y mandó al jardinero que lo cuidara hasta que se hiciera grande. Pero un día el príncipe, intrigado, obligó al jardinero a abrir las puertas y así pudo ver aquel maravilloso animal. Y fue a pedirle a su padre que lo dejara salir con él.
Prepararon las alforjas y se marchó. Cuando ya había perdido el castillo de vista, el caballo echó a volar, diciéndole al príncipe que no se asustara, que era un caballo mágico que, además de hablar y volar, podía hacer muchas cosas más.
Llegaron a una isla donde había un castillo en el que vivía un rey con sus tres hijas, que estaban encantadas. El caballo le dijo al príncipe que, cuando la gente del lugar le preguntara algo, sólo contestara “me”. Así rompería el encantamiento de las princesas. Y si necesitaba algo, sólo tenía que decir “¡A mí mi caballito verde!”.
El príncipe se presentó en el castillo muy mal vestido. Al acercársele la princesa más pequeña, él le dijo “me” y rompió el encantamiento. Ella, en agradecimiento, se lo llevó y se lo contó al rey, que le dio trabajo como jardinero de palacio y lo casó con ella.
Al poco tiempo, el rey cayó enfermo y el médico real le recetó una naranja del castillo de Irás y No Volverás. Los dos maridos de las hermanas mayores se ofrecieron para buscar la naranja porque ellos eran los futuros herederos del trono, pero el príncipe jardinero también partió en secreto, pidiéndole ayuda a su caballito verde: “¡A mí mi caballito verde!”.
El caballo le dijo al príncipe que se agarrara y al momento salieron volando. Cuando llegaron a la puerta del jardín del castillo de Irás y No Volverás, el caballo le dijo al príncipe que entrara en el momento en que se abriera la puerta, que cogiera una naranja rápidamente y que saliera antes de que se cerrara otra vez. Y así lo hizo.
De regreso al castillo del rey se encontró con sus dos cuñados, que no lo reconocieron, pero viendo que el muchacho llevaba una naranja trataron de convencerlo para que se la vendieran a cualquier precio. El príncipe accedió a cambio de un trocito de oreja de cada uno.
Cuando volvieron al castillo, el médico les dijo que ahora necesitaba leche de leona para que el rey terminara de sanar. Los yernos se marcharon y el príncipe también: “¡A mí mi caballito verde!”. El caballo lo llevó a la selva y, una vez allí, le puso una pata en el cuello de la leona y así el príncipe la ordeñó rápidamente.
Cuando regresaba al castillo se encontró otra vez con sus dos cuñados, que tampoco lo reconocieron esta vez, pero se dieron cuenta de que él llevaba leche de leona y se la pidieron a cualquier precio. El príncipe aceptó a cambio de que su caballo pusiera a cada uno una herradura en el culo.
El rey se tomó la leche y sanó, pero su país entró en guerra con otro país vecino y el rey pidió a sus yernos que fueran a la batalla. El príncipe salió también con su caballo, ganando la guerra él solo. En el camino de regreso volvió a encontrarse con sus cuñados, que seguían sin reconocerlo, y cuando descubrieron que llevaba el estandarte del país enemigo, trataron de comprárselo. El príncipe accedió a cambio de quedarse con los cordones del estandarte.
Celebraron una gran fiesta en el salón del trono para festejar la victoria. Estaban presentes el rey, sus dos hijas mayores, sus yernos y toda la corte. Todos menos la hija pequeña y su marido, el príncipe jardinero.
El rey mandó a buscarlos, pero ellos llegaron en ese momento. El muchacho pidió al rey que cerrara las puertas del palacio y guardara las llaves en sus bolsillos. Y entonces le preguntó:
-Majestad, ¿quién le trajo la naranja del castillo de Irás y No Volverás?
Entonces, el príncipe les pidió a ellos que se descubrieran para que todos vieran que les faltaban los trocitos de oreja que él llevaba encima. Los cuñados se negaron, pero el rey se quitó la corona y obligó a todos los presentes a descubrirse. Así pudieron ver que era cierto lo que el príncipe decía.
Y volvió a preguntar al rey:
-Majestad, ¿quién le trajo a usted la leche de la leona?
El rey volvió a señalar a sus yernos, pero el príncipe les pidió que mostraran las marcas de las herraduras de su caballo.
-¿Y quién ganó la guerra para usted?
El rey volvió a señalar a sus yernos, pero el príncipe sacó el cordel del estandarte enemigo, demostrando que la guerra la había ganado él.
El rey, muy enfadado con sus yernos, preguntó al príncipe por el castigo que quería que se les diera y él contestó que pasaran a ser jardineros, como él era antes.
Desde ese día, el príncipe y su esposa reinaron y sus cuñados cuidaron de los jardines.

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