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La flor del aguilar

Versión 1

INFORMANTE: José Garrido Trujillo (Algeciras, Cádiz)
RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez

Érase una vez un rey que, a pesar de ser joven todavía, se estaba quedando ciego aquejado de una enfermedad extraña y desconocida, según los médicos más prestigiosos de varios países vecinos y lejanos que lo habían visitado. Un buen día se presentó en la ciudad una curandera y habló con la reina. Esta convenció a su esposo el rey y aquella señora lo reconoció y dijo que había una flor llamada la flor del aguilar que, si la hervía y se lavaba con esa agua los ojos, se curaría. Pero ella no podía dársela ni decir dónde estaba pues en ello le iba la vida.
El rey tenía tres hijos varones. La curandera dijo que ellos eran los que tenían que ir en busca de la flor del aguilar, pero sin servidores ni acompañantes. Después de muchas protestas del mayor de los hermanos, los tres se pusieron de acuerdo para el viaje y el rey les dijo que el que diera con la flor sería el futuro rey.
Salieron los tres juntos, cada uno con un caballo para montar y otro con provisiones, se despidieron de sus padres y emprendieron el camino. Después de dos días llegaron a un río no muy caudaloso de donde partían tres caminos y decidieron separarse. Aquel sería el punto de reunión para el regreso.
El mayor cogió la vereda de la derecha, el segundo la del centro y el menor la de la izquierda. Al día siguiente de haberse separado, salió una anciana al mayor para pedirle una limosna, pero como tenía tan mal genio, la insultó y si no se aparta ligera la arrolla con el caballo. La anciana se fue de prisa y corriendo y salió al segundo para pedirle un poco de agua, pero este se portó igual que el mayor y de nuevo tuvo que huir la anciana. Cuando se encontró con el menor, este la recibió con amabilidad, desmontó del caballo y le dio comida y agua a la sombra de un árbol.
Ella le preguntó la causa del viaje, diciéndole él que su padre el rey se estaba quedando ciego y que sus hermanos y él habían salido para buscar la flor del aguilar. El hada, pues de eso se trataba, agradecida por el trato recibido, le dijo que iba por buen camino:
-En la montaña lejana hay un castillo encantado, habitado por un dragón de siete cabezas que lo guarda. En el patio está la flor del aguilar, pero ten en cuenta lo que te vas a encontrar antes de llegar allí: cuando empieces a subir la montaña se presentará ante ti un león, pero no tengas miedo que no hace más que ruido. Cuando lo pases, se presentará un gigante que te desafiará a un duelo a muerte y llevará dos espadas, una brillante y otra oxidada. No cojas la brillante, que es de cristal y se romperá; coge la oxidada, que es de acero, y con ella mata al gigante. Siguiendo tu camino, pronto verás un precioso castillo; a la puerta te saldrá el dragón haciendo un ruido enorme, pero tú no tengas miedo, córtale con la espada la cabeza del centro y el dragón morirá y explotará el castillo, quedando entre las ruinas el árbol del aguilar.
Se despidió el príncipe del hada dándole las gracias y rogándole que fuese su hada madrina y lo protegiera. Continuó su camino y, como el hada le había dicho, al iniciar la subida al monte le salió el león rugiendo, pero él no le hizo caso. Un poco más adelante le salió el gigante desafiándolo y le ofreció la espada de cristal, pero él no la quiso y cogió la oxidada. Iniciaron la pelea y, al primer choque de espadas, se partió la del gigante y el príncipe lo mató.
Siguió la ascensión de la montaña y vio el precioso castillo. Al acercarse se escuchó un horrible ruido, se abrió la puerta y apareció el dragón de las siete cabezas. Como el príncipe iba preparado con la espada le cortó la cabeza del centro, se produjo una explosión y el castillo se derrumbó. Entre las ruinas quedó el árbol lleno de flores. El príncipe las recogió una a una, las metió en un saco y emprendió el camino de regreso.
A los cinco días llegó al río donde le esperaban sus dos hermanos. Llevaban allí tres días esperando y no habían encontrado nada. Él les contó lo que le había pasado hasta encontrar la flor y les dijo que ya podían regresar a casa, pero venía tan cansado que acordaron quedarse allí esa noche y a la mañana siguiente seguirían viaje.
El hermano pequeño se durmió enseguida y sus hermanos aprovecharon y acordaron matarlo para ser ellos los que llevaran la flor del aguilar.
Así lo hicieron. Enterraron su cuerpo junto al río y regresaron a su casa diciendo que ellos habían encontrado la flor del aguilar y que su hermano, que había cogido otro camino, no había aparecido en el sitio acordado ni sabían nada de él. Y aunque la vista del rey empezó a mejorar, todos los días esperaba a su hijo llorando.
En la orilla del río donde enterraron al príncipe nacieron diez cañas preciosas de los dedos de sus manos. Un pastor que pasaba por allí a diario con sus ovejas y cabras las vio y con una de ellas le hizo una flauta a su hijo, que siempre lo acompañaba. El niño se quedó un poco atrás y sopló la flauta. Cuál no sería su asombro cuando sonó una voz que cantaba:

Pastorcito, no me toques
y déjame descansar,
mis hermanos me mataron
por la flor del aguilar.

El niño, asustado, corrió y se lo dijo a su padre, que cogió la flauta y al soplar quedó pasmado al oír la voz que le decía:

No me soples más, pastor,
y déjame descansar,
mis hermanos me mataron
por la flor del aguilar.

Cuando encerraron el ganado y fueron a la casa, su señora no creía lo que le decían, pero cogió la flauta y escuchó horrorizada:

No me toque usted, señora,
y déjeme descansar,
mis hermanos me mataron
por la flor del aguilar.

Aquella noche, el matrimonio acordó vender el ganado e irse por los pueblos tocando la flauta mágica, como la llamaban. Recorriendo pueblos y pueblos llegaron a la capital del estado y se pusieron a tocar próximos al palacio real. Una de las doncellas de palacio, que pasaba por allí, oyó la flauta y dijo que quería tocarla. Por cinco céntimos la tocó y escuchó perpleja:

No me soples, doncellita,
y déjame descansar,
mis hermanos me mataron
por la flor del aguilar.

Se la devolvió al pastor y entró en palacio pálida y desencajada. Le dijo a la reina lo que le había pasado y la reina mandó llamar al pastor. Cuando el pastor llegó a palacio, la reina cogió la flauta y, al soplar, perdió el color de la cara y tembló todo su cuerpo, pues era la voz de su hijo que le decía:

No me toques, mamaíta,
ni me dejes de tocar,
mis hermanos me mataron
por la flor del aguilar.

Asustada, llamó al rey, que pensó que aquello no eran más que hechicerías del pastor, pero al fin sopló la flauta y la voz del hijo le cantó:

No me toques, papaíto,
ni me dejes de tocar,
mis hermanos me mataron
por la flor del aguilar.

Tan asombrado como todos, el rey mandó llamar a sus hijos, que, al saber de qué se trataba, se negaron a soplar, pero al fin obligaron al mayor y todos escucharon que la flauta decía:

No me toques, hermanito,
y déjame descansar,
que tú fuiste el que me diste
la primera puñalá.

Inmediatamente obligaron al otro hermano a soplar y se oyó la voz que decía:

No me toques, hermanito,
y déjame descansar,
que tú fuiste el que me diste
la segunda puñalá.

Fueron detenidos los asesinos y encerrados en un calabozo y se organizó una expedición para ir a ver si estaba enterrado el cadáver del príncipe. Cuando llegaron al río de las cañas y empezaron a descubrir el cadáver, vieron con asombro que el príncipe estaba dormido y que al darle el aire despertó.
Lo llevaron a palacio con la consiguiente alegría de sus padres, que vieron entrar a su hijo sano. Sólo le faltaba el dedo meñique de la mano izquierda, que fue la caña de donde el pastor hizo la flauta.
El príncipe perdonó a sus hermanos, que fueron puestos en libertad, y el pastor fue recompensado. Desde entonces, todos fueron felices.

(Este texto forma parte del libro LEYENDAS Y CUENTOS DE ENCANTAMIENTO RECOGIDOS JUNTO AL ESTRECHO DE GIBRALTAR. Editado por Asociación LitOral)

 

 

COMENTARIOS ENVIADOS POR UNA LECTORA MUY ESPECIAL

AL ENCONTRAR ESTE CUENTO

Os escribo para haceros partícipes de la agradable sorpresa que el descubrimiento de su página web ha supuesto para mi y mi familia.
Aunque vivo en Bruselas desde hace años, nací y crecí en Sevilla, donde siguen viviendo mis padres y mis hermanos. A pesar de que nosotros seamos sevillanos, la familia no lo es, y todos mis tíos y primos viven en Algeciras, donde vivió también hasta su muerte en el año 1995 mi abuelo materno. Y precisamente esta es la clave de que vuestra web nos haya sorprendido tanto.
En los trece años que han transcurrido desde su muerte, no ha pasado ni un solo día en que no haya pensado en mi abuelo José, y eso a pesar de lo que ha llovido. En mi familia somos conscientes de era un hombre excepcional, que ha dejado mucha más huella de la que él mismo nunca pudo sospechar. Era un hombre fundamentalmente bueno.
Ahora, a mis treinta años, me preparo para casarme este verano con un francés, y cuando pienso en mis futuros hijos, me preocupa que, viviendo en el extranjero, estén desconectados de la cultura andaluza.
Interrogándome, me doy cuenta de que uno de las causas de que yo sea profundamente andaluza, y de que no haya perdido un ápice de mi habla a pesar de haber salido de Sevilla hace siete años, son los cuentos que mi abuelo nos contaba, a todos sus nietos, incansablemente.
Por eso, hace unos días intentaba desesperadamente acordarme del hilo conductor de mi preferido, “La flor del Aguilar”, que obligaba a mi abuelo a repetirme cada noche, y que ha dejado huella en toda mi familia, porque lo evocamos frecuentemente, lamentando que la infancia se escape tan rápido.
Para ayudarme a recordar, decidí buscar el título del cuento en google, y efectivamente éste me condujo a vuestra página web. No sé si podéis imaginar mi sorpresa al ver que junto al nombre de Juan Ignacio Pérez, aparecía asociado al cuento el de mi abuelo, José Garrido Trujillo. Fue como una confirmación externa de una relación, entre el cuento y mi abuelo, que para mí y los míos siempre ha sido evidente, pero que creíamos privada.
Todos estamos muy sorprendidos de este descubrimiento y nos gustaría saber, si es posible, algo más sobre las circunstancias en las que mi abuelo se puso en contacto con vosotros (o al contrario). Además, os estamos agradecidos por este detalle que, aunque pueda parecer pequeño, para nosotros significa mucho.
Muchas gracias por todo.
Un saludo,

Tatiana López Garrido

Bruselas, 22 de octubre de 2008

Origen del cuento: Mi abuelo vivió en La Piñera (Algeciras) desde que tengo uso de razón, aunque se había criado en Jimena. De todas formas, si puede ayudaros con el origen del cuento, creo que él lo aprendió de su madre, y su familia no era de Jimena (su padre, ferroviario también, fue destinado allí) sino de la parte de Málaga (él nació en Álora). Así que imagino que el origen del cuento está más bien por la parte oriental de Andalucía (además he visto que la otra versión que publicais, si no recuerdo mal, es de una señora de Almería). También sé que contaba muchos cuentos que de pequeño le contó su propia abuela paterna, que era gallega.

Bruselas, 23 de octubre de 2008

 

Versión 2

INFORMANTE: María Bordalás (Níjar, Almería)
RECOGIDO POR: Cándida Rodríguez Redondo

Hace muchos, muchos años, había un rey que tenía tres hijos. El pobre rey estaba tuerto, vaya usted a saber cuál fue el motivo de su infortunio. El caso es que le dijeron que había una hierba que se llamaba pirolán que le haría recuperar la vista. El rey, ansioso de curar su mal, envió a sus tres hijos a buscar la hierba, prometiéndoles que el que la encontrara recibiría un premio.
Cada uno cogió un camino diferente y al cabo de un tiempo regresaron los tres, pero solamente el más pequeño había encontrado la hierba milagrosa. Uno de los hermanos, enfadado por no recibir él el premio, cogió a su hermano pequeño, lo mató y lo enterró.
En el lugar donde había sido enterrado brotó un cañal (cañaveral). Un pastorcillo que pasó por allí cogió una caña y se hizo una flauta e iba por el pueblo tocándola. Pero su sonido era muy peculiar, pues la melodía decía esto:

No me toques, pastorcito,
ni me dejes de tocar,
que me ha matado mi hermano
por culpa del pirolán.

Todos, extrañados, quisieron tocar la flauta, y cuando la cogió el rey, cantó:

No me toques, padrecito,
ni me dejes de tocar,
que me ha matado mi hermano
por culpa del pirolán.

Y cuando la cogió el hijo del rey cantó:

No me toques, hermanito,
ni me dejes de tocar,
que tú fuiste quien me mató
por culpa del pirolán.

Y aquí se acabó el cuento con pan y pimiento y rábanos tuertos, y el que quiera más que vaya a mi huerto.

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