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El hombre que se encontró con la Muerte

 

INFORMANTE: Antonia González Navarro (nacida en Jimena, reside en Algeciras, Cádiz)
RECOGIDO POR: Ana María Martínez y Juan Ignacio Pérez

Era un hombre que tenía cinco hijos y que iba todos los días con su borriquito a por leña y la vendía para poder comer. Ganaba muy poquito y por eso tenía a los niños desmayaditos, en cueros y descalzos. El pobre estaba desesperado, no sabía qué hacer porque no ganaba casi nada; con la poquita leña que vendía, comían.

Un día que estaba lloviendo y no había ganado nada, se fue a ver lo que encontraba. Por el camino dio con una mujer que le preguntó cómo le iba la vida y él se lo contó todo. La mujer, que en realidad era la Muerte, le dijo entonces:

-Mira, yo te voy a ayudar, te voy a dar para que comáis tú y tus hijos.

Y le siguió diciendo:

-Te vas a ir para tu casa. Cuando llegues, me tienes que traer al primero que salga a recibirte. Y yo, mientras, te voy a dar un mantel que, sólo con decirle “¡Componte, mantel!”, te llenará la mesa de todo lo que tú quieras comer.

El hombre pensó que, como siempre el primero que le salía era el perro, no era mala la idea que le había propuesto aquella mujer, así que le contestó:

-¡Vale, vale, dentro de dos meses volveré!

Se fue el hombre y el primero que salió a recibirle fue su hijo más pequeño.

-¡Ay, Dios mío! ¿Qué he hecho? Bueno, voy a ver si lo del mantel es verdad.

Cogió el mantel y le gritó:

-¡Componte, mantel!

Y se llenó toda la mesa de comida. Fue corriendo y le explicó a su mujer todo lo que le había ocurrido y ella, en vez de enfadarse, le dijo:

-No te preocupes. Como faltan dos meses, ya lo solucionaremos.

Todos los días comían muy bien, pero pasaron los dos meses y, como el hombre no iba a llevarle el niño a la Muerte, ella fue a su casa y le dijo:

-Vengo a por el primero que encontraste.

-Mire, encontré al niño y es muy pequeño, él siempre está con su madre... Si quiere, me voy yo.

-Bueno, vale, me da igual.

Y se fueron. Por el camino, la Muerte le dijo:

-Mira, veas lo que veas, no digas nada.

Como ella caminaba más de prisa, el hombre se fue quedando atrás y vio a un leñador que intentaba colocar la leña en la burra, pero le pesaba mucho; entonces, la bajaba y echaba más leña y, claro, menos podía. Lo hizo varias veces y él le dijo:

-Pero... ¡Usted está tonto! ¡Tiene que quitar, no poner!

Y el leñador le empezó a pegar. El hombre salió huyendo y alcanzó a la mujer:

-¡Eh, mujer! Un leñador me ha pegado porque le he dicho que se equivocaba.

-¡Pero, bueno! ¿No te dije que, vieras lo que vieras, no hicieras nada? Veas lo que veas, tú callado.

Y siguieron adelante. El hombre vio a una mujer vieja subida en lo alto de una higuera que se comía los higos verdes y tiraba los maduros.ç

-Yo no le digo nada porque me va a pegar. Aunque, pensándolo bien, qué me va a hacer una mujer.

Se fue para la vieja y le gritó:

-¡Oiga! ¿Por qué tira los maduros y se come los verdes?

-¿Y a usted qué le importa? –dijo la mujer, y empezó a pegarle tortas.

Otra vez se fue para adelante y se lo contó a la Muerte y ella volvió a replicarle:ç

-¿Pero no te he dicho que no te metas en nada de lo veas?

Y siguieron adelante. Entonces que vio a un hombre que quería que su burro anduviera para atrás.

-Ay, yo se lo diría, pero me va a pegar. Bueno, a lo mejor este es más bueno.

Y lo llamó:

-¡Oiga, mire usted! Déle usted la vuelta y así el burro andará hacia delante.

-¿Y a usted qué le importa? –y también empezó a pegarle. Entonces, llamó a la Muerte:

-¡Eh, señora, espere usted! Ya me han dado tres palizas y no puedo más.

-Ya te dije que no te metieras en nada de lo que vieras y tú vas y te metes. Pues allá tú.

Por fin, llegaron a una casa y había muchas mariposas apagadas, otras apagándose y otras encendidas. La mujer cogió al hombre y le dijo:

-Yo soy la Muerte y estas mariposas son las personas. Tú eres aquella mariposa que ya se está apagando porque ya te vas a morir. Por eso te he traído conmigo.

Al escuchar esto, al hombre se le quitaron los dolores de las tres palizas y gritó:

-¡Ay, no, échele usted aceite!

Salió corriendo y registró la casa hasta que encontró una garrafa de aceite y se la echó a la mariposa, que empezó a arder otra vez con fuerza. Así fue que no se murió y este cuento se acabó.


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