Los hijos del azafranero y el gigante
Pues señor, esto era un azafranero que se dedicaba a vender azafrán. Una vez que había tenido un día malo, que no había vendido nada, cuando iba de vuelta, se encontró con un viejo que le dice:INFORMANTE: Pilar Pecino Quiñones (Los Barrios, Cádiz)
RECOGIDO POR: Domingo Mariscal
-¿Qué hay, amigo, cómo se ha escapado hoy?
-Pues malamente.
Y le dice el viejo:
-¿Sabe usted lo que tiene que hacer? Coger a un hijo y a una hija suyos, meterlos en un arca y echarla río abajo. Les echa usted comida y donde se pare el arca, pues que abran y que salgan, que ya buscarán su destino.
El hombre tenía muchos hijos. Y dice uno:
-Papá, yo me voy a meter.
Y una hija lo mismo:
-Venga, pues yo también.
Y se metieron los dos. Y pasaron muchos días dentro del arca comiendo unas roscas de pan que les había metido su padre. Y cuando ya se paró el arca, salieron y se encontraron en un camino. Solamente les quedaban tres roscas.
Iban andando sin rumbo fijo y en el camino les salió un perro grande. El muchacho halagando al perro, venga halagarlo, y ella:
-¿Qué querrá este perro?
-A lo mejor es que tiene hambre. Vamos a echarle una rosca de estas.
-Sí, hombre, tenemos tres y sin saber cuándo vamos a comer, ¿cómo le vas a echar una rosca al perro?
-Anda, yo se la voy a echar.
Y le echó una rosca al perro. Y ya sólo les quedaban dos.
Siguieron andando, andando, andando, y a los cinco minutos, ¡otro perro! Y pasó exactamente igual. El hermano le echó otra rosca, aunque ella no quería. Y los dos perros se fueron con ellos. Y más adelante, otro perro, y también le echó la rosca. Los tres perros se comieron las tres roscas y ellos se quedaron sin nada que comer.
Se encontraron un castillo viejo y entraron a pasar la noche. Era todavía de día y el muchacho dijo:
-Voy a salir a ver si encuentro algo de comer, un conejo, un pescado o algo.
Y cuando él estaba buscando la cacería, ella se quedó sola allí y apareció un gigante que le dice:
-Mira, tú te puedes quedar, pero a tu hermano no lo quiero aquí. Trata de deshacerte de él y tendrás aquí comida y todo lo que tú quieras.
Y ella le preguntó:
-¿Y cómo lo hago?
El gigante le dio una porra y le dijo:
-Mira, tú te pones detrás de la puerta y, cuando él vaya a entrar, tú le das un porrazo en la cabeza y lo matas.
Y ella:
-Bueno.
Vino el hermano y ella lo esperaba detrás de la puerta, pero como los perros se le adelantaron, se liaron con ella y no pudo darle con la porra. Los perros lo habían salvado.
Al otro día, el gigante le dice:
-Tú te deshaces de él como puedas. Vete con él al campo.
Y ella le dijo al hermano:
-Yo voy a ir contigo de cacería.
Al pasar por la vera de un pozo que no tenía ni cubo ni nada, dice ella:
-Me ha entrado sed. Cógeme un poquito de agua aunque sea con las manos.
Se agacha el muchacho a sacarle agua con las manos y la hermana le dio un empujón y lo tiró al pozo. Ella salió corriendo para el castillo y los perros rápidamente echaron mano de las ropas del muchacho y lo sacaron. Y ya se dio cuenta él de por qué su hermana siempre le estaba chillando: “Esos perros, ¿por qué no los matas, por qué no te deshaces de ellos?”. Pero a él le daban lástima los perros.
Bueno, cuando él llegó al castillo, ella le preparó la comida y se la envenenó. Pero él tenía la costumbre, antes de comer, de echarles a los perros unos trocitos de su propia comida. Y ese día los perros no quisieron probar ni un bocado.
-¿Qué les pasará a los perros que no quieren comer?
Cuando él fue a llevarse una cucharada a la boca, los perros le tiraron la cuchara y no lo dejaron comer. Y así una y otra vez. Y ella quejándose:
-¡Y estos perros, que no te van a dejar comer!
Ya él se dio cuenta:
-Pues estos perros, cuando no quieren comer es por algo.
Y ya él no comió tampoco.
El gigante le dijo a ella que, como no había podido matar a su hermano, que se fueran de allí. Y se fueron, pero esta vez cada uno cogió por un lado. Él llegó cerca de un pueblo y, como no tenía nada para comer, se metió debajo de un puente a descansar. Los perros se separaron de él y al ratito volvió uno con un pan en la boca, el otro con una botella de vino y el otro con un plato de comida. Por lo visto, lo habían cogido de una mesa de una casa y, claro, la criada echó en falta el plato de comida: “Aquí falta un plato, yo juraría que aquí había tantos platos...”
Al otro día pasó lo mismo y al otro también, así que la criada se lo contó al dueño de la casa y él mandó seguir a los perros, porque era algo misterioso: los perros nunca llevan comida a nadie, ellos se comen la comida que se les dé.
Cuando encontraron al muchacho, lo llevaron a la casa y se enamoró de la hija del dueño y se quedó allí y se casó con ella.
Resultó que su hermana también había llegado a aquella casa y estaba trabajando de criada. Y la noche de boda, la hermana le puso en la almohada unos pinchos, unas agujas, para que se las clavara cuando se acostara. Él se acostó y se clavó una en un lado, otra en otro y así hasta tres, y amaneció muerto.
Ya lo tenían preparado para llevárselo cuando los perros levantaron la tapa de la caja y empezaron a buscar con la lengua por la cabeza del muchacho. El dueño de la casa y todos los que allí había se quedaron mirando a ver qué es lo que buscaban. Los perros sacaron las tres santas, los tres clavos que se había clavado, y el muchacho ya abrió los ojos.
En ese momento, los perros se convirtieron en tres hombres. Los había enviado el viejo que se encontró su padre aquel día que no había vendido nada para que lo protegieran, porque sabía que su hermana no era buena.
A ella la deportaron y él y los demás se quedaron allí y vivieron felices.