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El tuerto de los espárragos

INFORMANTE: José Sánchez Sánchez (Algeciras, Cádiz)
RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez

El tuerto de los espárragos era un tío muy fino y se había enterado de que había una banda de ladrones y él quiso meterse en esa banda de ladrones. Se fue allí y el jefe le dijo que, para entrar en la banda, tenía que hacerle una prueba de su eficacia como ladrón. Y él le dice:
-Bueno, hágame usted la prueba como usted quiera.
Y el jefe le dice:
-Como aquí tenemos que comer todos los días, voy a mandar a uno de mis hombres a que traiga una oveja. Usted se la tiene que robar y traerla aquí sin que él se dé cuenta.
Total, el jefe mandó al otro a por una oveja, llegó a una manada que había detrás de un cerro, cogió la oveja y se la echó a cuestas. Cuando venía de vuelta, vio que en lo alto del cerro había una bota que había dejado allí el Tuerto de los Espárragos, y dice:
-¡Hombre, qué bota más nueva! Se le habrá caído a alguno ¡Qué lástima que no estuviera la otra!
Bueno, la dejó allí y, al bajar la cuesta, el tuerto le había puesto la otra bota. El ladrón soltó la oveja un momento para no llevar mucho peso y subió a por la otra bota. Pero, al volver abajo, el ladrón vio que la oveja no estaba.
El tuerto le llevó la oveja al jefe y le dijo:
-Aquí tienes lo que me habías pedido.
Pero el jefe contestó:
-Mira que ese va a ir a por otra oveja, ese no vuelve sin oveja, así que ve a quitarle la otra.
El tuerto fue y le quitó la otra oveja con el mismo engaño de las botas. Y el jefe le volvió a decir:
-Pues ese no se viene sin oveja, así que ve otra vez a ver si le puedes quitar la tercera.
El tuerto fue y se escondió detrás de unas matas, en el mismo sitio donde le quitó las dos ovejas, y se puso a gritar:
-Beee, beee, beee.
El ladrón, que ya iba con otra oveja encima, se volvió:
-¡Ahí, ahí están las ovejas que se me escaparon!
Con las mismas, suelta la tercera y va en busca de las otras dos. Y, mientras, el tuerto la coge, se la lleva y le dice al jefe:
-Bueno, está bien, te puedes quedar con nosotros.
El otro, harto de perder ovejas, fue a decirle al jefe de la banda que no había podido traer ninguna.
El Tuerto de los Espárragos, al ver las riquezas que guardaban allí los ladrones, pensó:
-A esta gente le robo yo, que soy más pobre que las ratas.
Y, en un descuido, se valió para quitarles todas las riquezas que tenían y salió corriendo.
Con los tesoros se construyó una casa rodeada por unos muros muy altos, porque sabía que iban a ir en busca de él, pero dejó fuera unas cochineras diciendo:
-Total, las cochineras valen poco, no importa dejarlas fuera.
Efectivamente, al poco tiempo los ladrones fueron a buscarlo.
-Lo vamos a destrozar –decían.
Pero, en vista de que no podían entrar con los muros tan altos, se contentaron con llevarse el único cochino que había en la cochinera.
-¡Qué vamos a hacer! Por lo menos, tendremos para comer esta noche.
Se lo echaron a cuestas y se volvieron. Por el camino, cuando se cansaba uno de llevar el cochino, se lo pasaba a otro y luego a otro. Pero el Tuerto de los Espárragos no quiso perder tampoco a ese animal y se camufló entre los ladrones, hasta que le tocó a él llevar el cochino, se dio media vuelta y, como era de noche, nadie lo vio y el cochino se perdió.
Los ladrones se dieron cuenta de que con el Tuerto de los Espárragos no había nada que hacer y lo dejaron tranquilo ya para siempre.
Y aquí termina este cuento.


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