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El tío Juan y el juez

INFORMANTE: Francisco Castro Salvatierra (Tahivilla, Tarifa, Cádiz)

RECOGIDO POR: Ana María Martínez y Juan Ignacio Pérez

Todos sabemos que en los pueblos a los hombres mayores se les da el nombre de “tíos”: el tío Fulanito o el tío Menganito. Bien, pues tenemos que decir que el señor que nos ocupa, el tío Juan el malagueño, no era malagueño. Antes de que las máquinas segadoras, y luego las cosechadoras, llegaran a estos campos, las faenas de siega las hacían mayormente hombres que venían de la provincia de Málaga y que recibían el gentilicio de “guareños” porque, en verdad, muchos venían de allí, pero no todos, porque venían también de muchos pueblos de aquella provincia. Hubo un tiempo en que venían familias enteras: el matrimonio y todos sus hijos de ambos sexos. Con una de estas familias venía una joven, muy guapa por cierto, de la cual se enamoró nuestro personaje, que por aquellos años no era el tío Juan, sino que era un joven apuesto y lleno de vida.

La flecha de Cupido le penetró tan dentro de su corazón que cuando se terminó la siega se marchó para Málaga detrás de la guareña para no separarse jamás de su amada. No registra esta historia si volvió a su tierra en temporadas sucesivas, lo cierto es que enviudó algo mayor, sin hijos, y entonces sí que regresó a su lugar de origen y sí traía ya el mote de “malagueño” y cuando se hizo aún mayor, el tío Juan el malagueño. Cuando empezó a no poder trabajar se hizo recovero, se compró un caballo y, a lomos del mismo, portaba de una aldea a otra los artículos que vendía: arroz, azúcar, fideos, café... y algún que otro cuarterón de tabaco de picadura proveniente de Gibraltar. Por la noche dormía en donde está le cogía y llevaba su caballo a que pastara durante la noche en la finca de algún terrateniente, casi siempre a la del señor Duque de Lerma.

Tenía fama el tío Juan de ser simpático, ocurrente, y de encontrar siempre una salida airosa en situaciones comprometidas. Hemos dicho que su caballo pastaba casi siempre en la finca del señor Duque de Lerma. El guarda lo sabía, pero, dada la simpatía del tío Juan y su estado de pobreza, hacía la vista gorda. No faltó, sin embargo, un soplón que le dijera al señor duque dónde pastaba el caballo del tío Juan, por lo que el señor duque regañó al guarda y este se vio obligado a denunciarlo. Consistía esto en que el guarda denunciaba el caso al señor juez, este citaba al denunciado y, tras comprobar que el hecho era cierto, le imponía una multa por pastoreo abusivo, que se decía en aquellos tiempos y que costaría unas tres pesetas.
Cuando el tío Juan el malagueño estuvo en presencia del señor juez, este le hizo la pregunta de rigor:

-¿Es cierto que en la noche del día tal, su caballo estaba pastando en la finca del señor duque?

Y esta fue la respuesta del tío Juan:

-No se extrañe usted, señor juez, dado que el señor duque tiene tantos terrenos y yo no tengo ninguno.

-Bueno –dijo el juez. En ese caso, usted está obligado a pagar una multa de tres pesetas.

-Pues eso es lo malo, señor juez –dijo el tío Juan-, que yo no tengo ni una sola perra gorda, contri más tres pesetas.

El juez le miró y muy parsimoniosamente le dijo:

-Bueno, hombre, pero no me diga usted que no tiene aquí, en Tarifa, a un amigo al que pedirle prestadas las tres pesetas y usted se las devuelve en cuanto las tenga.

Respondió el tío Juan:

-¿Y pa qué más amigo que usted, señor juez? A usted se las debo y en cuanto las tenga se las devuelvo.

Y tranquilamente se salió del despacho del juez. A este le hizo tanta gracia la salida del tío Juan que lo dejó marcharse y le perdonó la multa.


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