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El cuento de las mentiras

INFORMANTE: Juana Pérez Domínguez (Benarrabá, Málaga)

RECOGIDO POR: Juani Jarillo García

En un lejano país había un rey que tenía una hija solamente y resulta que era tan fea que ningún noble pedía su mano. Pensando el padre que se quedaría sola y soltera, porque él era ya mayor, se le ocurrió una idea que puso en práctica en pocos días, escribió un bando diciendo la siguiente:

EN NOMBRE MÍO, REY DE ESTE PAÍS,
LE OFREZCO LA MANO DE MI HIJA
AL QUE ME GANE A ECHAR MENTIRAS.

Fue publicado por todo el reino y no se atrevía ningún joven a partir para palacio.
Pero un día vino al pueblo Frasquito, pastor de oficio y muy dicharachero, y dijo:
-Yo voy a ir a palacio y me casaré con la hija del rey.
Todos se reían de él, pero él, sin escuchar a nadie, se fue a la capital del reino y golpeó la puerta de palacio varias veces con el garrote que llevaba, hasta que salieron los soldados y no lo dejaron entrar. El ruido llegó hasta el rey y, preguntando lo que pasaba, le dijeron que un hombre quería entrar a ganarle a echar mentiras.
Uno de sus criados lo acompañó al salón donde se encontraba al rey. Después de saludarlo amablemente y ofreciéndole algo de beber, le pregunto cómo se llamaba y por qué tenía la nariz chata, y él le contestó:
-Mi rey, eso es muy largo de contar.
Y le dice el rey:
-Puedes contarlo tranquilamente, que puedes estar varios días en palacio y no te faltara nada.
Bueno, yo iba por un camino adelante, adelante, y me picó un sobaco; me rasco y me sale una pulga, la mato y me sale un caballo. Voy con mi caballo adelante, adelante, y me pica el otro sobaco, me rasco y me sale un piojo, lo mato y me salen de él dos pellejos de aceite. Y pensé: “Ya tengo la carga”. Y voy con mi carga de aceite adelante, adelante, y me encuentro a un amigo que trae una carga de huevos, que me dice:
-Te cambio la carga de huevos por la carga de aceite.
Y como no me había costado nada se la cambié. Iba con mi carga de huevos y me paré a descansar en una era.
-¿Sabe usted que es una era, mi rey?
-Claro, hombre, sigue.
Cogí los huevos y los eché en la era y comencé a pisarlos y salían muchos pollos y pavos y se hicieron grandes rápidamente. Se fue un pavo a comer bellotas debajo de una encina, le cayó una en el moco y salió una encina. Yo me puse a tirarle terrones de tierra a la encina y salió una fanega de tierra, y me digo: “Voy a sembrar melones”. Estaban ya grandes los melones, cojo mi navaja y me pongo a calar un melón a ver cómo estaba de maduro. Se me cayó la navaja dentro del melón y me meto en el melón a buscar la navaja y no la encontraba; entonces me encuentro a un hombre y le pregunto si había visto mi navaja y me dice: “Hombre, ¿cómo va a encontrar la navaja si yo llevo dos días buscando mi burro y no lo encuentro? Entonces, quité los melones y sembré trigo. Un día veo una espiga muy alta, muy alta, que llegaba al cielo y subo espiga arriba, arriba, hasta que llegué al cielo. Allí encontré una herrería, me pongo a hablar con el herrero y mientras tanto me siegan el trigo, y digo yo muy preocupado: “¿Qué hago yo ahora, cómo voy a bajar?”. Y me dice el herrero: “No te preocupes, hombre, ve por ese monte y coge un buen haz de palma y haz tonizas, y cuando tengas un rollo lo bastante grande lo amarras a esta porra tan grande de hierro y bajas por la cuerda”. Yo lo hice y ya que iba llegando al suelo se me cayó la porra encima y me dio en la nariz. Y por eso estoy chato, señor rey.
El rey le dice:
-¡Basta de mentiras! Te casaras con mi hija y vivirás en palacio, porque si para decirme que estás chato me has echado todas esas mentiras, cuando empecemos a competir, seguro que no podré ganarte.
Y así fue como Frasquito, de un pueblo muy pequeño, por la casualidad de la vida se casó con una princesa y vive felizmente en un palacio imaginario.


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