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El difunto resucitado

Versión 1:
INFORMANTE: Mª Juana Requena (Navas de San Juan, Jaén)

RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez

Versión 2:
INFORMANTE: María Ramón Fernández (Níjar, Almería)

RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez

Versión 1

Eran un padre y una madre que tenían un hijo. El padre y la madre se murieron y se quedó el hijo solo y a ver con quién se iba a quedar el chiquillo. Entonces la abuela dice:
-Hijo mío, vente conmigo, yo te crío, a ver qué vamos a hacer.
Y la abuela, pues claro, todos los gustos y todo lo que quería el nieto, pues todo se lo daba. Y hacen la matanza, matan un marrano y hacen las morcillas, el chorizo y todo eso y mira por dónde se muere el nieto. Y la abuela todas las noches se ponía
-¡Ay, hijo mío, si tú vinieras, porque el chorizo ya está pa comérselo, y te lo comerías!
Y así una noche y otra. Y hasta que los vecinos de al lado se enteraron de lo que decía la abuela. Y dice el vecino:
-Ya verás la abuela.
Se sube al tejado y por la chimenea:
-¡Abuelaaaa!
-¡Ay, hijo mío! Ay, ¿qué quieres? Ay, que has venido a verme. ¿Qué es lo que quieres?
-¡Abuelaaaa, que me acuerdo del chorizo que ya estará para comérselo!
-Sí, hijo mío, que ya está para comérselo. ¡Ay, mi nieto que ha venido para comerse el chorizo!
Y dice:
-Yo quiero que me des porque allí paso mucha hambre.
-A ver en qué.
-Yo te echo una soga, haces una espuerta y me lo echas por la chimenea.
Y la abuela le echó el chorizo. A los dos o tres días:
-¡Ay, mi nieto, que vino a por el chorizo! ¡Ay, si mi nieto viniera otra vez a por el otro chorizo!
Así sucesivamente, todas las noches la abuela le daba lo mismo los chorizos que las morcillas que todo. Y ya empezó a llevarse los jamones. Y ya no quedaba más que un jamón y dice:
-Abuela, que ya no voy a poder venir más.
-¡Ay, hijo mío, asómate que te vea la cara!
-Abuela, es que no puedo.
-Anda ya, el último recuerdo, que te vea la cara.
Y puso el culo así en la chimenea y se queda la abuela mirando:
-¡Ay, hijo mío, qué ojos tan grandes y qué nariz tan larga tienes!

Versión 2
Era un matrimonio viejecito que tenía un hijo y el hijo se murió y se quedaron los pobres viejecitos. Y antes de que se muriera habían matado un marrano para su hijo, pero el hijo no lo disfrutó.
Y había un vecino de estos caraduras que dice: “Esta matanza me la como yo”. Total, que se sube al tejado y por la chimenea se pone:
-¡Madre! Ahí va una taleguita amarrada a una guita, échame lo que sea, que ya sabes que me he muerto y no he llegado a probar nada.
Y la madre, encantada de la vida, loca perdida, le llenó la talega, tiró de la guita y se la dio.
A los tres o cuatro días, otra vez:
-¡Madre! Aquí estoy otra vez. Écheme un poquito de otra cosa.
Y así hasta que remató la matanza. Pero el último día, dice la madre, la pobrecita:
-Válgame Dios, hijo mío, no me queda más pena que no verte. No te he visto la carita, asoma la carita.
Y dice el otro: “Madre mía, ahora sí que me la he buscado”. ¿Qué hizo? Se bajó los pantalones, puso el culo en la chimenea, la vieja mira que te mira y dice:
-Ay, hijo mío, qué feíta es la muerte, vaya narices tan largas y ojos tan saltones.


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