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Garbancito

INFORMANTE: Encarnación Palomares Peña (Algeciras, Cádiz)

RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez

Había una vez un matrimonio de viejecitos muy pobres que no tenían hijos. Un día, mientras la mujer preparaba un puchero, sintió que la llamaban desde el montón de garbanzos. Era un niño muy chico, tan chico como un garbancito. La mujer le puso de nombre eso, Garbancito, y se quedó con él como si fuera su hijo.
Garbancito era un niño muy valiente y muy generoso. Siempre estaba dispuesto a ayudar a sus padres. Un día, a la madre le hizo falta un poquito de azafrán para la comida y él se ofreció para ir a la tienda. Cogió un centimito y por el camino, para que nadie lo pisara (porque casi no se veía en el suelo), iba cantando:
Pachín, pachín, pachín,
a Garbancito no piséis.
Pachín, pachín, pachín,
mucho cuidado con lo que hacéis.
El tendero le dio la bolsita de azafrán y Garbancito se volvió a su casa muy contento con la bolsa a cuestas y cantando la misma canción:
Pachín, pachín, pachín,
a Garbancito no piséis.
Pachín, pachín, pachín,
mucho cuidado con lo que hacéis.
Al llegar a su casa, su madre le dijo:
-Mira, Garbancito, ya que veo que te estás haciendo tan mayor, hoy vas a llevarle el almuerzo a tu padre, que está trabajando en el huerto.
Garbancito, tan dispuesto como siempre, cogió la cesta y se fue para el huerto. Por el camino iba cantando:
Pachín, pachín, pachín,
a Garbancito no piséis.
Pachín, pachín, pachín,
mucho cuidado con lo que hacéis.
Pero al llegar al huerto empezó a llover y Garbancito tuvo que meterse debajo de una lechuga para no mojarse. Allí se quedó un buen rato esperando a que escampara. Pero en esto llegó el buey con el que trabajaba su padre y se zampó la lechuga y a Garbancito que iba dentro.
Su padre empezó a preocuparse porque no le llegaba el almuerzo y fue a avisar a su mujer. Cuando se dieron cuenta de que Garbancito había desaparecido, empezaron a buscarlo por todas partes gritando:
-¡Garbancito! ¿Dónde estás?
Y Garbancito, desde la barriga del buey, contestaba:
-¡En la barriga del buey, donde no llueve ni me veis!
La voz se escuchaba como muy lejana.
-¡Garbancito! ¿Dónde estás?
-¡En la barriga del buey, donde no llueve ni me veis!
Los padres se fueron acercando cada vez más adonde estaba su hijo hasta que al final lo encontraron.
-¿Qué hacemos, marido?
-Pues nada, habrá que darle algo al animal para que salga Garbancito lo más antes posible.
Cogieron unas hierbas del campo y se la dieron al buey. Al rato, Garbancito salió por su culo lleno de paja, de lechuga y de caca.
Los padres lo lavaron, los peinaron y lo achucharon (no mucho, claro, porque era muy chiquitillo) y desde entonces vivieron felices y comieron perdices.

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