El secuestro convenido, una forma de afianzar las relaciones de pareja
INFORMANTE: Juana Clares Vargas (La Mojonera, Almería)
RECOGIDO POR. Juan Ignacio Pérez
Cuando murió mi padre, mi madre tenía diecisiete años porque ellos se casaron muy jóvenes. Mi madre tenía un novio y a mi abuela no le gustaba y las dos madres se juntaron para arreglarlo. Entonces le dice mi abuela a mi madre:
-Mira, Francisca, ve a casa de la vecina y dile que te dé sal o algo.
Y a mi padre le dijeron que la esperara escondido debajo de una higuera que había en una cueva que todavía está en el pueblo, en Fiñana (Granada). Entonces, al pasar mi madre, como estaba oscuro, mi padre la cogió en brazos, le tapó la boca y se la llevó, y le dice mi padre:
-¿Ahora quién puede más, tu novio el otro o yo?
Y se la llevó. Porque mis abuelas no querían al novio que tenía y le dijeron a mi padre:
-Tú te escondes debajo de la higuera que te voy a mandar a mi hija para que te la lleves.
Ella era joven, no tenía mucha experiencia y se quedó encartoná. Además, mi padre era un hombretón, era alto y fuerte y se la llevó como si fuera una niña. Ya se juntaron, lo mismo que yo me fui con mi marido antes de casarnos:
Como no teníamos dinero, quedamos en irnos esa noche y yo le dije a mi madre:
-Mira, mama, que voy a llevarle a la vecina la plancha.
Y mi madre:
-No te tardes, que estoy haciendo la cena.
Yo le llevé la plancha y mi marido me estaba esperando en la calle. Cuando yo llegué allí pensando: “Dios, qué voy a hacer yo, madre mía, esto no es así de esta manera”. Y si no me llega a ver otro vecino, me vuelvo, porque yo me fui con él pero le dije:
-Juan, yo me voy a volver.
Y dice:
-Mujer, ¿te vas a volver si ya te ha visto tu vecino? Mañana sabe todo el pueblo que te has venido conmigo aunque no hayas dicho nada.
Y así pasó. De momento, el vecino le dijo a la mujer:
-La Juana de Andrea se va con el novio porque está el novio esperándola en la cañada.
Al decirme mi marido eso, me tuve que ir con él. Y le dije:
-A mí a casa de tu hermana no me lleves, que me da vergüenza.
Y tuvimos que irnos a Guadix. Primero nos fuimos a la Venta Espinar, que era donde los burros llevaban la fruta. Y allí dormimos. Yo decía:
-Madre mía, qué vergüenza.
Pasé una vergüenza que me moría. Decía:
-Dios mío, ¿cómo entro yo en esa casa (que era una posada)?
Y le dice mi marido a la mujer de allí:
-María, ¿has visto a mi burro, que se me ha escapado?
Dice ella:
-Chico burro traes tú.
Yo no quería entrar por ninguna puerta, pero ya la mujer salió y me entró para la posada. ¡Qué vergüenza!