Recuerdos de infancia en la posguerra española
INFORMANTE: María Márquez (Tarifa, Cádiz).
RECOGIDO POR: Beatriz Díaz
Mi abuela María, la madre de mi padre, tuvo dieciséis hijos: ocho hembras y ocho varones; una niña se murió con ocho meses y un niño murió con siete. Mi abuela dice que tenía a los niños y al ratillo estaba lavando la ropa en el río. Dice que muchas veces cuando iban a nacer se iba a Vejer, con una mujer que se dedicaba a traer a los críos, ¡porque había tantos muchachitos y muchachitas en la misma casa, viéndolo todo!
Mi padre estaba colocado de ganadero en un cortijo que le decían El Alburejo. Mi madre, al tenerme a mí cogió una anemia muy grande y luego se enfermó del pecho. Yo era la única hija, porque el médico le dijo a mi padre que mi madre así podía durar algo, pero que si tenía un niño se iba a morir. Y mientras durara tenía que estar en reposo.
Le dijo el médico que le iban a hacer los papeles para llevársela a Sevilla. Aquella mañana, antes de mi madre irse, mi padre me llevó con mi abuelo paterno, que vivía a la vera de Las Lomas, en una finca que le decían Malabrigo. Yo tenía dos añitos y medio y mi padre me llevaba en el caballo. Al pasar por las vacas que mi padre guardaba, vi yo a sus becerritos y le digo: “Papá, ¿tú ves cómo están estas vacas con sus niños? ¡Así podía estar yo con mi madre!”. Mi padre, el pobre, llorando, cogió el caballo y se volvió. Luego pensó, “¿para qué me vuelvo, si a su madre me la tengo que llevar al hospital?”.
En Malabrigo estuve cuatro años con mis abuelos. Ya mi abuelo se puso malo, y se tuvo que ir mi abuela a Vejer. Entonces arreglaron para quedarme con mi tía Ana, una hermana de mi padre que vivía en Churriana. Allí estuve dos años con mis primas, hasta que mi madre salió del hospital y se fue para Vejer, que tendría entonces yo ocho añitos. Para la feria de Vejer en agosto, mis primas me dicen, “vas a estar con tu madre unos diítas”. Mi madre me tenía unos trajecitos hechos y con mucha guasa me dice: “Como estoy mala, no te he comprado nada para la feria”. ¡Yo puse una cara! Ella me dio la mano: “ven acá, hija de mi corazón”. Me abrió el armario y me enseñó por lo menos cinco o seis vestidos hechos de ella, que era muy curiosa.
Y me dio una muñeca que le había regalado a ella de chica una tía suya, de esas grandes de porcelana. ¡Yo estaba con mi muñeca loquita de contenta! Me pongo yo en el zaguán a charlar con mi muñeca y viene una muchacha y me la quitó. Contra las rejas, me la cogió por las piernecitas y me la estalló. Yo llorando a lágrima viva, y mi madre me decía, “no te apures, hija de mi alma, que tú no la has roto”.
Cuando terminó la feria vinieron mis primas a por mí, y yo llorando: “¡yo me quiero quedar con mi madre y disfrutar un poco de ella!”. Hacía mucho tiempo que no estaba con ella y necesitaba su cariño. Me quedé con ella y ya no me retiré de su lado hasta que se murió.
Estuve con mi madre por lo menos dos años en Vejer, y ya a mi padre le salió una colocación de ganadero con don Joaquín Núñez Manso en Churriana, en una casa a la vera de Las Lomas y nos fuimos con él mi madre y yo.
Joaquín Núñez era hermano de Carlos Núñez Manso, que fue alcalde de Tarifa, y de Mariano, Maruja, Lorenza, Marcos y Juan; todos hijos de don Marcos Núñez Reynoso (El Viejo) y de doña Carlota Manso. Ya se ha quedado don José de Mora Figueroa con todo ese cortijo de Joaquín.
Era el año cincuenta y mi padre venía ganando diez reales y la cabañería*. Y contaba con los animalillos que criara: gallinas, gallos, pavos y cochinos (todos los años hacíamos la matanza de un cochinito o dos y hacíamos lomo en manteca y zurrapita). Mi madre se puso muy mala de cáncer; pero con el gasto de las medicinas nosotros tuvimos suerte, porque ellos les ayudaban.
En la parte de arriba del cortijo estaban Antonio Rojas y mi tío Lorenzo de vaqueros, con todas las vacas de los Núñez, que los hermanos todavía no las habían repartido. Y le decía don Joaquín a mi padre, “José, tú vas ahí arriba y que te den la leche que te haga falta, porque tengo yo una parte”. Por eso no pasamos nunca hambre como otra gente, gracias a Dios.
Mi madre quitaba la gordura de la leche antes de cocerla y la metía en una olla hasta que juntaba mucha; la batía y hacía mantequilla de Flandes, y le daba a mi tía y a todas las vecinas. Encargaba los papeles para liar la manteca a un hombre que venía de recovero desde Algeciras, Joselito el de Quirós, y parecían comprados los paquetes. ¡Qué buena estaba!
Si se mataba un pavo grande, mi madre lo salaba en una olla muy grande para el puchero, porque si no, esa carne se echaba a perder. Y en el tiempo de los higos chumbos mi madre los cocía en la miel y me hacía melojas.
En este tiempo mi padre tenía que ir a Jerez un mes o quince días de agostadero* con las vacas. Allí en el campo, ni mi madre ni mi padre tenían a nadie y yo era chiquitita; ¡ojalá hubiera sido mayor! Con nueve años yo me quedaba con mi madre, ¡ya ves tú lo que yo podía hacer! Calentarle al café, porque otra cosa... Estuvo en la cama veinticuatro meses sin levantarse, ¡con un dolor...! Cuando se levantó, tuvo que aprender a andar y la cara se le torció; siempre del mismo lado.
Yo solita con mi madre, de noche y de día, y al cuidado de los animales. Tenía que dar de beber agua a las vacas: me montaba en un caballo que era muy noble e iba donde mi tío Lorenzo, que tenía una noria con una burra, y cuando terminaba le decía, “tito, déjame la burra amarrada, que yo le doy de beber agua a las vacas”. Después soltaba la burra, metía las vacas para dentro y me llegaba para la casa con los pavos y otros animales, a bregar con mi madre.
Desde chiquitita estaba muy acostumbrada a trabajar, por desgracia. Con nueve años yo me lavaba la ropa. Mi madre me iba colocando trocitos de la sábana mía para que yo los lavara, y ella a la verita mía, llorando, porque entonces estaba ya operada por dos veces y no me podía ayudar.
Cuando empeoró, yo fui donde mi tía Ana y le dije: “Tita, por favor, ¿por qué no se viene alguno conmigo? Por lo menos de noche. ¡Porque a mí me da mucho miedo quedarme sola con mi madre, no le vaya a pasar algo!”. Mi tía mandaba por la noche a mi primo Pepe y mi madre le decía: “Mira, cuando tú te vayas por la mañana, tú me llamas, hijo mío. Si no te contesto, no te vayas, porque si no tu prima se va a asustar”.
Una vez, cuando ya estaba muy mala y se le habían quitado las ganas de comer, se le antojó un trocito de sandía. Teníamos una vecina, Encarnación Rondón (hermana de Julio Rondón, que lo tuvieron preso en Facinas cuando la Guerra Civil), que era muy buena con nosotros, como si fuera mi segunda madre. Ella mandó a su hijo Paco en el caballo a Benalup a por una sandía. Mi madre cogió un trocito y apenas lo probó, pero Encarnación decía, “aunque sea poquito, ¡pero ella lo ha probado!”.
Hasta que mi madre murió, que tenía yo once añitos.
Mi madre dejó encargada a mi tía Carmen, la hermana de mi padre, que nunca me abandonara. Cuando murió, mi tía fue a ayudar para limpiar y quemar cosas, que es lo que se hacía antes cuando moría alguien, y le dijo a mi padre: “Pepe, yo me voy a llevar la niña a Las Lomas y todos los días te mando la comida con Pedro; y todas las semanas vienes o venimos nosotros para que tú la veas, te limpio la casa y me llevo la ropa que tengas sucia” (porque mi tío Pedro estaba en la traílla y todos los días iba de Las Lomas a Churriana para arar).
Yo estaba afuera jugando, escuché la conversación y corrí para dentro: “Tita, ¿tú qué estás diciendo? ¿Yo me voy a ir contigo y voy a abandonar a mi padre? ¡Yo me iré contigo una semanita o dos, pero con quien tengo que estar es con mi padre, que lo quiero yo mucho!”. Mi tía y mi padre se hartaron de llorar. “Pepe, otra niña con diez u once años estaba loca de contenta por irse conmigo”. A mi padre, jamás en la vida le abandoné.
Estuve en casa de mi tía unos diítas y me volví con mi padre. Yo le hacía todo, la comida y la casa. Luego estuve en Las Lomas con mi tía veinticuatro días para prepararme para la comunión. Llevaba una medalla muy grandota y un vestido negro, porque mi abuela tenía mentalidad de persona antigua y no se le metía en la cabeza otra cosa que vestirme de negro.
La maestra que teníamos era de Ceuta y me quería mucho. Le decía a mi tía Carmen, “¡qué lástima de niña, con lo que sabe y lo que le gustan estas cosas, y que tenga que estar en el campo! ¡Con veinticuatro días que lleva y ya está preparada de rezos”. Había niños que llevaban tres años preparándose y no pudieron hacer la comunión.
Todos mis tíos hermanos de mi padre y mi abuelo se criaron en Rehuelga con los marqueses de Mora Figueroa, que querían mucho a mi gente. La señorita doña Carmen de Mora Figueroa me hizo un regalo igual que a los demás: el cuadro con el Corazón de Jesús y los niños comulgando, el rosario, el librito de la comunión, los zapatos... Muchas cosas. Lo pasé estupendamente.
Mi tía Carmen, la pobre, hacía las veces de madre y lloraba muchísimo. Ella estaba recién casada, y estaba esperando a mi prima Pepa. Fue muy buena conmigo: tuvo dos hijas y siempre decía que yo era su hija la mayor.
De Churriana pasamos a la finca de Los Tejones, que también era de los Núñez, con mi abuela María. Tenía yo once o doce años y me pedían hacer los mandados con la burra a Benalup, que estaba a media hora de camino. Mi abuela decía, “mírala, Pepe, no pone aprecio. ¡Ésta no va a traer nada! ¿Para qué va?”. Yo callada. Y me venía con todos los mandados para los que vivíamos allí: la mujer del carbonero, el guarda montaraz y nosotros. ¡Y ahora, de todos los mandados me traigo uno!
De Los Tejones pasamos a Tahivilla cuando yo tenía doce años. Al llegar a Tahivilla había gente que comentaba, “¡hay que ver, qué mujer más joven se ha buscado este hombre!”. Porque yo estaba muy grandota con doce años, y ya con el luto. Mi padre estaba con las vacas de don Joaquín, pero al poco de llegar a Tahivilla murió don Joaquín y quedamos con un hijo suyo, don Marcos Núñez del Cuvillo. Allí estuvimos lo menos veinte años.
Yo trabajaba en casa y le hacía la comida a mi padre. Le hacía unos fideítos gordos con tomate o un arroz; le hacía habichuelas* y potaje* de garbanzos. A mi padre le gustaba mucho la sopa de ajo y la sopa de tomate. A mí, lo que más me gustaba de joven era la tortilla con perejil y cebolla (muy picaditos en el huevo batido), las patatas fritas y el arroz con leche, que hacíamos si había cabras o vacas. Muchas noches le decía a mi padre: “¿Qué vamos a comer?”, y decía: “Un huevo frito y leche esmigá. Y había noches que comíamos pan con higos chumbos, porque no había otra cosa. Pero yo, hambre, nunca pasé.
¡Y tantísimos animales como criaba! En Tahivilla crié doscientos pavos. Hasta una becerra crié. Se le murió la madre y Marcos Núñez le dijo a mi padre: “dásela a María para que la críe”. Y un montón de cochinas migajeras. Y dientudos*, que no pueden comer con los dientes tan largos y les tenían que cortar los colmillos.
Ahí estaba yo, luchando por ayudar a mi padre, que ganaba muy poco. Yo me quería comprar mis cosas, porque era una muchacha que me gustaba ir como las demás. Pero mi padre no quería que yo me fuera por ahí a trabajar, a sacar un dinerito.
Ya don Marcos Núñez vendió el ganado, porque el padre murió y repartieron. Nos fuimos de Tahivilla al puente de La Vega, donde don Marcos dejó unas pocas vacas palurdas y el ganado suizo, que lo cuidaba mi padre. En La Vega estuvimos dos años.
Estando en La Vega mi padre se partió la pierna por el peroné y la tibia. Entonces el señorito se creía que ya mi padre no le iba a servir más, que no se iba a reponer; y lo dejó sin trabajo. Tantísimos años que estuvo con él (y fueron muy buenos con nosotros) pero al final no se portó bien y nos dejaron fuera.
El señorito le buscó una colocación con un primo suyo, don José des Allimes, que tiene en La Peña un camping. Hasta que estuviera bien, lo colocó a mi padre en el economato, despachando; era un buen trabajo. Yo me fui a trabajar a Sevilla con Pilar Cervera, la mujer, y con sus cinco niños. Ella era muy buena conmigo.
Yo estaba para todo: para llevar los niños al colegio, para arreglarlos, para llevarlos de paseo, para hacer la casa, para lavar, para planchar. Todo, todo; hacía de señorita de compañía y lo hacía todo. Yo lloraba todos los días por mi padre, porque no me había despegado nunca de él, y la señorita me decía, “Mari, tu padre está muy bien. Tienes aquí el teléfono a tu disposición; tú coges el teléfono cinco, seis veces al día y hablas con tu padre”.
La noche de Nochebuena la señora, que estaba esperando una niña, se puso de parto. “¡Dios mío! ¿Qué hago yo ahora?”. De repente llamaron a la puerta y era don José: se había acostado y no podía dormir; “parece que Dios me estaba diciendo que me viniera”. Se la llevó al hospital y yo me quedé esa noche con los cinco niños. ¡Qué Nochebuena más mala pasé!
No me pagaban nada, como siempre. Ya hoy es diferente, pero entonces me tenían por poco menos que nada. Y yo, con tal de que mi padre estuviera bien, no protestaba. Si mi padre ganaba un buen sueldo, entre eso y lo de la pierna íbamos tirando.
Mi padre le dijo al señor: “Sepa usted que yo estoy cobrando por la pierna; no vaya usted después a decir que no sabía. Porque si no, no me voy con usted”. “¡Qué disparate!”. Y el señor le dijo que yo iba ganando menos porque le iba a dar a él más.
Así estuve dos años, hasta que las cosas se trambucaron. ¡Y es que a mi padre no le pagaron nada! Le regalaba una chaqueta que le quedaba chica y cosas así, se creía que con eso mi padre iba a conformarse y no le pagaron nunca.
Cuando mi padre vio eso, buscó trabajo en Tahivilla, se fue del camping y me escribió una carta certificada diciéndome lo que había. Yo le dije a la señora, “mire lo que le pasa a mi padre, ¿don José no le ha dicho a usted nada de esto?”. Ella dijo que no, ¡pero sí se lo diría! ¿No se lo iba a decir?
“Señora, eso no se hace; yo llego a saber que a mi padre le iba a pasar eso y no me vengo con usted, con lo que yo trabajo aquí y lo poco que usted me da. Yo me voy con mi padre, yo no lo abandono”. “¡Ay, no!”. “Mire usted, yo la espero una semanita o dos hasta que encuentre muchacha”.
Lo puso en los periódicos y venían muchísimas, yo les enseñaba las tareas para aquí y para allá y cuando veían el plan, decían, “¿Esto, tú sola? ¡Yo no!”. No encontró a nadie.
El día que me fui, estaban todos los niños para comer. ¡Qué lástima, lo que lloraban los críos! No comieron. Me querían mucho los angelitos. Después no supe más nada de ellos y no he ido más allí.
Cuando empecé a hablar a mi novio tenía veintisiete años. Me casé con treinta y dos, y me fui a vivir a Facinas.