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Antiguas reuniones para cantar, bailar y entablar relaciones

INFORMANTE: Francisco Castro Salvatierra (Tahivilla, Tarifa, Cádiz)
RECOGIDO POR: Ana María Martínez y Juan Ignacio Pérez

Hoy día tenemos en las casas equipos de música y aparatos de radio y televisión. Cuando yo era un niño, un adolescente e incluso un hombre, por estas tierras no había nada con qué distraerse. Desde la festividad de Todos los Santos hasta pasadas las fiestas de Reyes, la gente joven y menos joven se solía reunir en la casa de algún vecino para distraerse un rato a prima noche. Generalmente era para cantar romances, que se hacían acompañándose de zambombas, panderetas y alguna sonaja. Los romances eran muy variados, hablaban de la crueldad de los reyes moros, de niñas cristianas cautivas de los árabes, de las consecuencias de las enemistades entre suegras y nueras...; algunas parece que nacieron en alguna de nuestras repúblicas, otros hacen referencias a carlistas e isabelinos y alguno parece proceder de alguna chirigota de carnaval de cuando se inauguró el hospital de San Juan De Dios en Cádiz. En fin, hablan de temas muy variados.

Hay que decir que detrás de los romances (o quizás delante de los mismos) estaba el componente humano. No olvidemos que hace setenta años, por estas tierras, las mujeres jóvenes no podían salir de casa después de anochecido si no era acompañada de una persona mayor allegada o muy conocida. Estas reuniones (en las que se cantaban coplas y romances) servían para que hubiera cierto contacto entre sexos, aunque el contacto fuera sólo una mirada. Es cierto que en las reuniones había personas muy mayores, matrimonios jóvenes, noviazgos ya consumados y jovencitos que se gustaban y que aspiraban a ser novios. La gente, que estaba siempre al tanto de estos amores nacientes, les dedicaban entre romances esta cancioncilla que decía:

Hay una rosa encarnada
que desprende mil olores,
¿quién será el jardinero
que la cuida y que la adore?
¿Quién ha de ser el galán
corte ramos y deje flores?
Un muchacho de Almarchar
que goza de sus amores.
Ella dice que lo quiere
y él dice que le va a dar
un ramito de firmeza
que nunca lo olvidará.


En el campo de Los Barrios también se cantaba algo parecido pero menos poético:

Arría la zarza
que ya sale humo,
que a Juanita Mari
se le quema el culo.
Que se le quemaba,
que se le quemó,
que vino Pepito
y se lo apagó
con una escobilla
y un aventador.

Los nombres de los enamorados y los domicilios de los pretendientes varones se cambiaban según convenían.


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