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Serpientes que maman

 

Versión 1:
INFORMANTE: Manuela Román (Tarifa, Cádiz)
RECOGIDO POR: Beatriz Díaz
Versión 2:
Mari Luz Díaz (Tarifa, Cádiz)
RECOGIDO POR: Beatriz Díaz
Versión 3:
INFORMANTE: Señora Ana (Ageciras, Cádiz)
RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez
Versión 4:
INFORMANTE: Modesta González (Navas de San Juan, Jaén)
RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez

Versión 1

 

Cuando tenía yo unos diecisiete añillos, estaba una señora de nuestro patio criando a una niña recién nacida. Como era el mes de julio, las bichas estaban muy revueltas. Como entonces las madres acostaban a los niños con ellas en la cama, las bichas iban a mamarle a la mujer.

Ella no se daba ni cuenta, se creía que era la hija. Por la mañana notaba la mujer que la niña tenía la boquita negra y que estaba llorando esmayaíta. Porque mientras el bicho estaba mamando a la madre, era muy inteligente y le metía el rabo a la niña en la boca para que no se despertara llorando.

Una tarde estaba yo sentada en la puerta de mi casa y tenía a dos niños, Rafaelito y mi sobrino Paco, uno en cada lado, que tendrían un par de añillos. Entonces cayeron del techo cuatro bichas que tenían allí sus nidos y por la noche mamaban a la mujer. Estarían en celo peleándose y por eso cayeron.

Cogí los niños y me los abracé; no había quién me quitara los niños. Hasta que salió de la casa el padre de Rafael: “¿Qué pasa, Lela?”. Yo no podía ni hablar, no me salían las palabras. Se metieron las bichas debajo de las camas de la casa de ella, y una en la casa mía. El padre de Rafael cogió las bichas y las colgó en el cordel de los tendederos; las peló y el pellejo lo frió, porque era buenísimo para los dolores. Cuando yo vi las bichas colgadas, ¡no sé lo que me entró!

 

Versión 2

Mi madre nos ha criado con el pecho a todos pero, cuando llegaba la hora de comer, nos quedábamos secos, porque no queríamos comida, nada más el pecho. Con mi hermano José Manuel igual, y siempre estaba maluquillo. Un día mi madre estaba dándole de comer al niño sentado, se va a la cocina, se cae el niño y se hace sangre en la boca. Entonces le vimos la boca verdosa. ¡Todos asustados! “Esto, ¿qué es?”. Y en el cielo de la boca tenía como un sebo. Eso era algún bicho que estaba entrando en la casa, le estaba mamando el pecho a mi madre y al niño le metía el rabo en la boca.

Hay un hombre que le dicen Boquita Chica, porque de pequeño se le puso toda la boca mala de mamar al bicho. Vivía más arriba de donde nosotros. Y dice mi madre, “vamos a ir en ca’ Micaela (la madre de ese niño). Ella tiene que saber si es lo mismo”. Nos dijo Micaela que, lo mismo que tenía el cielo de la boca, tenía la garganta. Por eso el niño estuvo malo, con infección en los oídos.

¡Sabía Dios el tiempo que llevaba la bicha mamándole a mi madre! Porque el niño ya era grande. ¡La que armamos en mi casa! Todos cagaditos de miedo. Yo me llevé mala, sentada en una silla, dos días. Me parecía que el bicho venía detrás de mí y por todos los lados lo veía.

Fuimos a donde tiraban las basurillas, a buscar cuernos de toros, zapatos viejos y todo lo que echaba peste al quemarlo; para espantarlo. Pero qué va, nosotros no dimos con él, porque los bichos sabían mucho: se iban a la calle de día y de noche entraban. La bicha iba de casa en casa, salió de ca’ La del Pollo, que tenía una sobrina que estaba criando, de ahí pasó a ca’ La del Duende; y de ahí a donde nosotros. Tapamos todos los agujeros, cerramos las ventanas, y entraba por la chimenea. Pusimos serrín en el suelo y se veía la marca: tenía por lo menos dos metros y medio.

 

Versión 3

Cuentan que, antiguamente, las madres que daban el pecho a sus bebés tenían que tener mucho cuidado con las serpientes listillas.
Una vez, una madre que tenía un niño chico se extrañaba de que no le engordaba nada y para colmo amanecía con los labios morados. Se lo comentó a una vecina y esta le dijo que podría tratarse de la serpiente. La mujer se asustó mucho, pero la vecina la tranquilizó diciéndole que esa noche ella y su marido se quedarían de guardia.

Cuando llegó la noche y la mujer se quedó dormida, el niño empezó a llorar. Al momento, del techo de la habitación, que era de paja, se deslizó una serpiente. La muy lista metía su cola en la boca del niño para que se callara y, mientras tanto, la muy tragona le mamaba la teta a la madre.

Lo que no sabía la serpiente era que la vecina y el marido la estaban vigilando y en un descuido la cogieron y la mataron.

 

Versión 4

Lo que voy a contar es de verdad del Señor. Vivíamos en un cortijo y estábamos seis en la misma cama: mi padre, mi madre, yo, mi tía Aurora, mi hermana (que la tenía mi madre dándole el pecho) y mi hermano, que era el más chico. Todos en la misma cama.
Había una ventana en la habitación y todas las noches se metía una bicha. Iba y le metía el rabo a la chiquilla en la boca y la bicha le mamaba a mi madre y mi madre se quedaba muerta. Pero por dónde una mañana ya muy temprano siente mi madre algo extraño como de bullir, se despierta corriendo y estábamos todos en la misma cama, una cama de cuatro patas con ramales. Y salta mi madre y hace así:
-¡Ay, ay, una bicha!

Mi madre mala, la chiquilla mala, todos malos para morirnos de pensar que había una bicha todas las noches encima de la cama de todos y que no nos enterábamos ninguno. La bicha llegaba en el primer sueño, mamaba y se iba o se liaba en la pata de la cama y ¡hala!
Ya mi padre y mi madre cogieron la bicha y la mataron. Y mira por dónde la chiquilla, como le metió el rabo pues estaba malilla y la tuvo que llevar al médico. Entonces estaba don Martín, que le manda unas inyecciones fuertes a mi madre. Pero mira por dónde que mi madre le estaba dando el pecho a la chiquilla y el veneno se le fue al cerebro y la chiquilla se quedó ciega.

Bueno, pues se queda ciega y mi madre todos los días llorando:

-¡Ay, qué lástima de mi hija, tan bonica y ciega!

Por dónde había allí una mujer (que yo no la conozco ya, pero ellas sí) que la llevó a Úbeda y le dice:

-Mercedes, no llores, verás que la chiquilla se pone bien.

Tenía tres meses.

-¿Cómo se va a poner bien si con las inyecciones que me han puesto a mí se le han ido al cerebro y no ve ni gota, está completamente ciega? (Ya ves, con unos ojazos que tiene).

Y le dice el médico en Úbeda:

-Llegando ya por Sabiote tiene que ver la chiquilla.

Y llegando a Sabiote empieza la chiquilla a abrir los ojos y que llegamos al cortijo y ya veía la chiquilla. Y mi madre, que era lo más exagerado, todo lo que veía era para esa mujer, agradecida que estaba.


COMENTARIOS:
Candelaria Ibáñez, en La Ahumada (Tarifa), añade que lo mismo le pasó a una amiga de su madre y, para saber dónde se escondía la serpiente, echaron acemite (afrecho) por el suelo. Al final la encontraron dentro del colchón. Según esta señora, se le tenía tanto odio a las serpientes por este y otros motivos que las mujeres, cuando alguien las nombraba en su presencia, solían protegerse con esta expresión: “Lagarto se vuelva”. Y todavía dice la gente del lugar que “si la serpiente oyera y la víbora volante viera, no habría hombre que al campo saliera”.
Por su parte, el profesor Enrique Emberley, en un trabajo sobre animales mitológicos de la zona, escribe al respecto: “Suponemos que esta creencia está fundada en el pánico terrible que puede llegar a sufrir una mujer que descubre a una serpiente en los alrededores de su cama y cerca de su bebé e intenta dar una explicación ‘lógica’ de lo que puede estar buscando dicho animal en su lecho. De hecho es imposible que las serpientes tengan en su repertorio genético de conductas el reflejo de succión necesario para poder mamar e, incluso, en el hipotético caso que lograran extraer leche de un seno femenino, no poseen los fermentos digestivos necesarios para poder metabolizar la leche, por lo que les resultaría indigesta, tóxica o cuando menos anutricional.”
Lo cierto es que este suceso está muy unido a la vida de la gente del campo y de los pueblos, siendo relativamente fácil encontrar testimonios similares y dándose incluso casos de pastores que han pillado in fraganti a las culebras de escalera amamantando a sus ovejas en el camino.


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