Los mayos de Cañada del Gamo, en Fuente Obejuna
INFORMANTE: María Antonia Lucía Valentín Jurado (Fuente Obejuna, Córdoba)
RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez
Las fiestas eran el tres de mayo, como en todos los sitios, pero en la Cañada se celebraba muchísimo. Antes iban los mocitos a pedirle permiso al alcalde para que les dejara cortar una encina, que le llamábamos “el leño”. Cuando ellos cortaban el leño, las mocitas les llevábamos aguardiente para convidar a los mocitos y delante de la casa donde estaba puesta la cruz se ponía el árbol y se quemaba la noche del día dos allí velando la cruz.
El día dos también, cuatro o seis mujeres iban a por flores (cambrones, rosas montosas coloradas, mastrantos...) y otras cuantas veníamos a Fuenteobejuna a encargar la tarta de bizcocho con cuatro o cinco pisos para rifarla. Cuando volvíamos ya tenían las otras las flores puestas en la cruz. La cruz se ponía en medio de una habitación preparada sólo para ella, se le ponían veinticuatro espejos (de manera que se veía que la cruz estaba vestida por todos lados), cuadros grandes con imágenes de San José y la Virgen y en el techo una lámpara hecha de cuentas y ocho o diez metros de muselina. La vestidura de la cruz la comprábamos en Azuaga y era plateada. Y había nueve altares vestidos con lazos de papel de seda.
Cuando las mocitas íbamos a llevarles aguardiente a los mocitos, echábamos en una botella agua de Carabaña y un poquito de aguardiente por lo alto para que oliera a eso. Cuando bebían la caravana enfadaban con nosotros. ¡Vamos, que ellos eran estupendos!
Y el día cuatro nos reuníamos todos otra vez: los hombre ponían la carne y nosotras poníamos chorizo, jamón, fruta... de todo lo que teníamos cada una en nuestra casa. Se hacían gazpachos, guisos y unas roscas de pan a las que se les hacían cortes preciosos con un peine de madera nuevo. Me acuerdo que un año las mocitas nos quitaron nuestras roscas y se las comieron. Allí había cuarenta o cincuenta personas para comer (incluyendo los músicos) y había que darles de comer. Y ya nos quedábamos bailando hasta las seis de la mañana. Eso era el día cuatro. Cantábamos canciones como esta:
Para cantarle a los mayos,
cantando, navegando, navegué,
y a esta puerta hemos llegado y olé,
y a quién cogemos por mayo
cantando, navegando, navegué,
por esposa y por mujer.
La preferida es Dolores
cantando, navegando, navegué,
que es más bella que un clavel y olé.
Ella dice que lo quiere,
cantando, navegando, navegué,
y él dice que la querrá y olé.