Mar y vida laboral en Tarifa
INFORMANTE: Mª Luz Díaz (Tarifa, Cádiz)
RECOGIDO POR: Beatriz Díaz
LA MAR
Mi padre era patrón de barco con Pepe Fuentes, su tío, hermano de mi abuela paterna. Tenía un hijo único, primo hermano de mi padre, que se llamaba también Pepe Fuentes (yo lo conocí), pero sabía que era un cabeza loca y no quería que llevara barco ninguno. Se fiaba más de mi padre como patrón.
Pepe Fuentes tenía una casa muy grande enfrente del antiguo hospital y tenía una flota de barcos en el muelle, pero fue vendiéndolos poco a poco, porque tenía solamente ese hijo. Cuando murió, en un año su hijo lo perdió todo, porque jugaba muchísimo a las cartas. Yo lo sé porque me lo han contado.
Mi padre iba a la costa de los moros, a Larache. Cuando venía de la mar traía las sardinas y los boquerones y los guisaba con fideos. A veces se llevaba días en la mar y en cuanto venía íbamos corriendo a darle un beso. ¡Un día le cogió un temporal y una niebla! Y como antes los barcos no llevaban radar, se embarrancó en un banco de piedras que hay llegando a Tarifa. Todos los marineros eran gente de Tarifa y la única radio que había aquí era la de mi madre, que era más grande que una tele.
Mi padre ese día hablaba por la radio. Yo me fui de la casa de La Puerta del Mar con seis años, y recuerdo ver a todas las madres y mujeres de los marineros en casa de mi madre, para informarse y escuchar. El barco fueron a buscarlo, lo sacaron y se salvaron los marineros.
LA FÁBRICA
Yo me he tenido que levantar a las cinco de la mañana para estar todo el día descabezando pescado en la fábrica, casi sin comer. Y mi madre tenía los otros chicos en la casa. Yo trabajaba en ca’ Titi con mi hermana Mercedes. Íbamos muertecitas de frío para la fábrica, con las chanclas esas de dedo de goma, ¡que la mitad de las veces las llevábamos en la mano una y otra puesta, porque se me partían por el camino!
Fíjate si era chica yo cuando entré en la fábrica, que me decían “la muñeca”. Yo era endeble, endeble, como mis hijas, y mi madre me hacía la ropa muy fruncida. Al principio no me dejaban entrar, porque tenía unos diez años o por ahí, pero si tenías una hermana mayor o la madre, te dejaban. Me pusieron a limpiar las latas, que venían en cajas de madera. Entonces yo formaba como una escalera con las cajas, para poder coger las latas que estaban arriba.
Luego me fui con mi madre a trabajar a la fábrica de Salvador Pérez (La Tarifeña) para que nos prestara el dinero. Tenía once años y pico y estaba loquita por trabajar. Con una lata y dos cañas me hice un cuchillo. Me quedé dos horas sentada en la ventana de mi madre, esperando a la madrugada, cuando pasaba una vecina de la misma barriada, que era portuguesa; para que ella hablara con Salvador. Salvador me dijo, “la voy a dejar trabajar, porque la he visto desde las tres de la mañana sentada en la ventana, con la luz encendida”. Pero vamos, me quedaba dormida en la parihuela, pelando pescado.
Yo sabía todos los trabajos de la fábrica, porque entré muy chica y salí para casarme. Por las manos se ve lo que hemos trabajado. Yo me he criado ahí, con mis compañeras, y es un trabajo que me ha gustado. El maestro de la fábrica de Algeciras me ponía de ejemplo para las demás: “haga usted una lata y cuente usted las tajadas que lleva” (de un canutero* se hacen cuatro filetitos: las dos lomas y las dos ombligadas; de la caballa salen dos filetes). Luego les decía a todas, “esta lata lleva tantos filetes y tantas andanas; quiero que vayan así”. En Algeciras las mujeres trabajaban con las tijeras, y el pescado quedaba todo molido. Ellos querían las mujeres de Tarifa, que lo hacíamos con cuchillo.
Antes todas las muchachas cantaban en la fábrica, y hasta rezábamos al rosario cantando. A mí me gustaba mucho cantar. Aunque sea entre la lengua, yo cantando siempre. María Reyes, la madre de El Polaco, cantaba unas canciones antiguas en la fábrica que llorábamos, de lo bonito que cantaba. Cuando se murió mi abuela me prohibieron cantar durante seis meses. Con lo que yo quería a mi abuela, ¡tenía unas ganas de que pasaran los seis meses para cantar! Yo no veía que estaba haciéndole daño a nadie por cantar. El mismo día que hice los seis meses me volví loca cantando.
LOS ABUSOS DE LA FÁBRICA
Salías de trabajar y a lo mejor te pasabas tres horas para poder cobrar. Llegaba una que era más grandota y le gustaba más al maestro, y a ella le daba más. Si había pescado trabajabas, si no había te ibas a otra fábrica de volatera. Llegabas a la puerta y estaban todas las mujeres esperando a la entrada. Se entraba a trabajar a las cinco de la mañana, y a lo mejor estabas allí a la cuatro, para que vieran que estabas antes que nadie. Llegaba la encargada y decía, “tú, tú, tú, entrad; y tú, para tu casa”. Si te cogía manía o no le gustabas, te dejaba en la calle. Esos eran los abusos que había en la fábrica.
En la fábrica de La Tarifeña, el maestro Salvador Pérez siempre era muy bromista con las mujeres. Le gustaba arrimarse a las trabajadoras; y a las muchachas solteras, más. Se desbocaba con las muchachas; era muy campechano. Y se ponía en las mesas: “Yo me he acostado con fulanita. Me pidió dinero y la dije que, si quería, tenía que...”. Y nos hacía daño, porque no podíamos hacer nada.
Antes, si tu marido te pegaba y te ibas a casa de tu madre, tu madre te decía, “tú te tienes que ir con tu marido, aquí no te puedes quedar”. Tenías que volver, sabiendo que te iba a pegar otra vez. Las mujeres no estaban protegidas por nadie, ni por otra mujer misma. Yo tenía una compañera en la fábrica que se fue a vivir con el novio sin casarse, y todo el mundo la criticaba y decían que estaba embarazada. Y es que el padre lo intentó con la muchacha, ella se lo dijo a su novio y él se la llevó a su casa.
Muchas éramos unas crías, y pasábamos a jugar cuando terminábamos de trabajar. Una vez cogimos el carrillo de las latas, se montaron unas pocas y otras las llevamos corriendo por toda la fábrica. Se puso Salvador Pérez en la puerta, ¡y echaba unas palabrotas por la boca! Ponía a las muchachas como un trapo. Otra vez, me corté la mano con la pestaña de una lata y, a nada que hacía, sangraba (era una cría y todavía tengo la cicatriz). Me pusieron una tela en la mano y el maestro me dijo, “como digas algo, le digo a tu madre que te has cortado porque estabas dándole broma a los muchachos”. Yo tenía novio ya y estaba asustada; no quería perder el trabajo, así que no fui al médico.
Yo salí de Martínez y Ródenas para casarme, y me puso que dejaba de trabajar para asistir a la boda y que iba a volver; porque así no me daba las cinco mil pesetas. Te daban de alta el día que firmabas y ya te daban de baja al día siguiente; y ahora, cuando he ido a pedir la vida laboral, solamente tengo dos días trabajados. Lo que pasa es que la mayoría no sabíamos leer ni escribir y, como además no estábamos aseguradas, te trataban como les daba la gana.
LOS TRABAJOS QUE HACÍAMOS EN LA FÁBRICA DE PESCADO
El pescado de la fábrica lo traían los barcos tarifeños de Los Lances, de Marruecos, de Larache... En el muelle había una flota muy grande de barcos de Tarifa, y los dueños, los patrones, eran de aquí. Trabajábamos la caballa, el atún de la almadraba, la sardina y hasta los boquerones.
Al llegar el pescado, se descabezaba; luego lo cocían en unas calderas muy grandes y al otro día lo trabajábamos. Todos eran trabajos manuales y llevaban mucho tiempo. ¡Así salías con las manos! Y por eso había tantos puestos de trabajo. Entrabas y pelabas, y cuando aprendías a estibar, cambiabas. Tenía que enseñarse, porque era un trabajo que todo el mundo no lo sabía hacer.
Nos poníamos a pelar el pescado en unas parihuelas grandes. Se ponían dos mujeres aquí y dos mujeres allí, lo abrían y lo ponían en unos platos grandes de plástico que había en el centro. Después se pasaba a la mesa de las estibadoras, que metían el pescado en conserva. De allí venían las muchachas más jovencitas y cogían las latas a pulso para llevarlas a las máquinas. Hoy es todo de correderas, pero antes no.
Lo ponían en una andana, en orden, y a la par que iban haciendo la andana iban echándole el aceite. Después, otra andana encima, cada una a la contra que la anterior, como una torre en punta. Y llegaba a los cerros. ¡Como que te tenías que subir en un banco para poder echarle el aceite!
Al otro día las muchachas de las máquinas iban temprano, para cerrar las latas. Había una corredera que iba de la mesa del aceite a la máquina. Cogías la lata, echabas el aceite y otra muchacha ponía la tapadera. Un hombre, mayormente, era el que cerraba: la ponía en la máquina, cerraba y volvía a salir por el otro lado.
Después teníamos que meter las latas a una estufa grandísima y ponerlas en pilas. Allí tenía que estar hora y media, como si estuviera cocinando al vapor en una olla exprés. Cuando se iba a quedar sin agua daba un pitido muy fuerte y salíamos corriendo para la calle, asustadas de que iba a explotar. Cuando las latas estaban estufadas, las sacábamos calientes y las poníamos en pilas otra vez en el suelo. Cuando ya estaban frías, había que llevarlas a unos tableros y ponerlas en orden.
Al otro día, unas pocas de mujeres limpiaban con serrín las latas, quitándoles el aceite con un trapo y algodones. Al final había una mujer con una brocha, sacudiendo la lata limpia y metiéndola en las cajas.
Hoy están las fábricas más modernas, no tienen comparación. Hoy ganan más dinero pero también se matan trabajando. Hoy es la bulla, y antes trabajábamos muchas horas pero no se hacía nada, con un camión de pescado que venía, teníamos trabajo para siete u ocho días.
Antes había menos control: decíamos, “¡vamos a ir al cuarto de baño!”, y no era cuarto de baño ni nada, era un sitio que daba asco entrar. Ahora está todo moderno. Ahora van todas con su bolso y antes íbamos con el cuchillito liado en el trapito para pelar, porque nadie te daba nada. Es que no había bolso, había talegas de trapo. ¡Y una peste de pescado que llevábamos, que nos teníamos que lavar después!
El pescado viene congelado y no está tan bueno como antes. Hoy ya no descabezan el pescado, sólo tienen que pelarlo y abrirlo, y en el mismo día se coge, se pela, se mete en la lata y se cierra; meten la lata a una lavadora y de allí va directamente al envase. Hoy ya no hay trabajo.