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Anécdotas sucedidas en Ceuta

INFORMANTES Y RECOPILADORES VARIOS

La peste
INFORMANTE: Genaro García Jiménez (1957)
RECOPILADO POR: Rosa García Aguilar (hija)



Hace mucho tiempo hubo aquí en Ceuta una grave enfermedad llamada la peste. Era una enfermedad letal y murió mucha gente.
Nadie sabía por qué la gente enfermaba tan de repente, así que rezaron a la Virgen de África para que detuviera la enfermedad.
La gente seguía muriendo y la enfermedad no cesaba, cada día había más enfermos. Pero, un día, uno de los ceutíes que transportaba alimentos se dio cuenta de que el barco estaba plagado de ratas y que, a causa de ellas, la comida estaba contaminada. Fue a contárselo a todo el mundo. Todos los habitantes quisieron sacar a la Virgen a la calle para que les escuchara y obrara el milagro.
Unos días después, la enfermedad cesó misteriosamente. Todos pensaron que había sido obra de esa Virgen. Después exterminaron todas las ratas de los barcos, y desde entonces se procura que no entre una rata en ningún barco.


¡Que vienen los paraguayos!
INFORMANTE: Francisca Ponce Ramos (1961)
RECOPILADO POR: María Hayón Ponce (hija)

Hace ya unos cuantos años que no se ven ni se dice esta frase. Para los jóvenes de ahora podría significar que se acercan ciudadanos de Paraguay, pero para los mayores tiene un sentido bien distinto.
Era la mejor época de Ceuta, aproximadamente entre los años 70 y 80. En Ceuta no se pagaban aranceles de aduana, por lo que los productos importados eran más baratos y algunos de ellos sólo se encontraban en nuestra ciudad, como los caramelos ingleses, que atraían a los ciudadanos de la Península.
Uno de los productos que se hicieron más famosos por su buen precio fueron los paraguas plegables, de ahí la variación del significado de la palabra “paraguayo”, que en esa época en Ceuta significó “persona que viene a comprar paraguas”.
Las calles estaban siempre llenas de gentes que iban de una tienda a otra comprando esos paraguas, aparatos de radio y el famoso queso de bola envuelto en celofán rojo. Todo el paseo de las Palmeras era un ir y venir de gente que llegaba de otras ciudades de España. La mayoría de las tiendas eran bazares, lo que hizo ganar mucho dinero a muchos “caballas” (apodo de los ceutíes).
Al abrirse la verja (frontera) de Gibraltar, todo cambió y nuestros queridos paraguayos dejaron de venir a nuestra ciudad.


El pobre y el pan
INFORMANTE: Paquita Rivas Andrade (1925)
RECOPILADO POR: Isabel Verdugo Canteros (nieta)


Este cuento es una anécdota que le escuché a mi abuela. Ella tenía una tienda de comestibles y siempre el pan que sobraba se lo daba a un pobre. Todos los días, al cerrar la tienda, el pobre llamaba a la trastienda para recoger la que quizás era su única comida.
Un día, mi abuela tuvo que cerrar antes la tienda para cuidar de mis hermanos, así que los dejó en la trastienda jugando mientras ella hacía caja y terminaba de echar la persiana. Ya era la hora y el pobre regresó como cada día a por su comida. Mi abuela le dio el pan que tenía preparado y el pobre se marchó. Al día siguiente, mi abuela se preocupó al ver que era la hora de cerrar y el pobre no aparecía. Pasaron semanas y no supo nada de él hasta que un día pasó por delante de la tienda, lo paró y le preguntó si le había pasado algo, a lo que el hombre respondió muy sulfurado:
-En la tienda hay ratones, el pan que me dio estaba mordisqueado y hueco.
Mi abuela, una maniática de la limpieza, se encargó de vaciar la tienda en busca de aquellos ratones, pero no los encontraba por ninguna parte.
Una tarde, uno de mis hermanos le confesó que él había sido el ratón, pero que no iba a pasar más. Al día siguiente se lo explicaron al pobre. Se rieron mucho, pero, a pesar de enterarse de que no había ratones, aquel hombre no volvió nunca más a la tienda a por pan.


Gente de palabra
INFORMANTE: Agustín Crue García (1952)
RECOPILADO POR: Bárbara Crue Martín (hija)


Hace algún tiempo mi padre vivía en Guinea. Tenía un criado que le ayudaba y que se llamaba Carmelo.
Un día, Carmelo le pidió a mi padre tres mil pesetas que necesitaba para comprar una cama a su mujer. Mi padre, sabiendo que no se las iba a devolver porque el criado sólo cobraba mil quinientas al mes, le dijo en broma que si no se lo devolvía le tendría que dar el niño que su mujer iba a tener.
Cuando el niño nació, mi padre fue el padrino. A los dos años, cuando se iba marchar, mi padre dio una fiesta para despedirse de todos. La madre del niño se acercó a mi padre y le dijo que hiciera el favor de cuidarlo bien. El niño, que se llamaba como mi padre, Agustín, iba vestido con las mejores ropas que tenía la familia porque pensaban que se lo iba a llevar mi padre. Hasta que no les dijo que había sido una broma no se lo creyeron. La madre estuvo durante toda la fiesta dándole las gracias.


La anciana
INFORMANTE: Encarnación Guevara Pintor (1928)
RECOPILADO POR: Claudio Suárez Pereira (¿?)


Hace muchos años, cuando mi abuela era pequeña, estaba enferma de las piernas, no podía andar y la cuidaba una monjita de un convento. Mi abuela tenía mucha amistad con una ancianita muy buena que compartía con ella muchas cosas. Un día triste, la anciana falleció y mi abuela fue al velatorio con las monjitas del convento. Estaban todas llorando cuando en ese momento se levantó la ancianita gritando. ¡Estaba viva! Todas las monjas salieron corriendo pero mi abuela no podía, así que gritaba: “¡Socorro, socorro!”. La viejecita la miraba.
Se la llevaron al hospital y al poco tiempo falleció, pero mi abuela ya no fue al velatorio porque tenía muchísimo miedo. La lloró y jamás la ha olvidado.


Un toro suelto en la feria
INFORMANTE: Andrés Sánchez Sánchez (1963)
RECOPILADO POR: Amparo Sánchez Morcillo (hija)


Era la feria de Ceuta. Todo el mundo estaba disfrutando de las atracciones. Entonces, en Ceuta había corridas de toros. Yo estaba tirando en un tómbola cuando, de pronto, miré a todos lados y me di cuenta de que todo el mundo había desaparecido. Entonces vi que en pleno centro de la feria había un toro que se había escapado de la manada de la corrida del día siguiente.
Todo se había quedado vacío. Las atracciones funcionaban, pero sin gente. El toro resoplaba a al ritmo del tiovivo, cada vez más rápido. La gente se había escondido entre las tómbolas y observaban al toro que buscaba algo contra lo que arremeter. Cuando la Guardia Civil llegó y acabó con la vida del animal, pude ver a personas muy gruesas que no podían salir de los callejones donde habían entrado.
Lo más triste de esta historia fue que murió una muchacha empitonada por el toro. Como testimonio de aquel suceso, todavía conservo fotos en las que aparecemos con la cara arañada, rasguños que nos hicimos por el pánico y las carreras que dimos en aquel momento.


El conejo
INFORMANTE: María Luisa Buet Chico (1930)
RECOPILADO POR: Cristina López Lago (nieta)

Hace muchos años, a mi abuela le pasó algo muy extraño. Un día le regalaron a mi tío Eulogio un conejo. Mi abuela, al ver que no tenía sitio para cuidarlo, le pegó un golpe y lo mató para cocinarlo. Lo dejó allí para que se enfriara antes de despellejarlo y prepararlo.
Salió entonces con sus hijos, mis tíos (que eran pequeños), a dar un paseo a la Plaza de los Reyes, y al cabo de un buen rato decidió volver para la casa. ¡Sorpresa! El conejo la esperaba sentado en la puerta de la calle.
Mi abuela y el conejo se miraron a los ojos. Del miedo que le entró dejó el carro y a mis tíos y corrió escaleras abajo. No quiso entrar en la casa hasta que llegó mi abuelo y se llevó el conejo. Desde ese momento, no ha querido ver un conejo en su casa ni vivo ni muerto.


La niña y el viejo soldado
INFORMANTE: Clara Isabel Ibars Sainz (1961)
RECOPILADO POR: Marina González Ibars (hija)


Pedro Bauer era un ex-soldado que, como había pasado su juventud al servicio de las armas, perdió una pierna en una batalla. Como no tenía familia y no podía trabajar, se vio obligado a mendigar: iba de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, pidiendo limosna.
Un día llegó a una insignificante aldea donde cayó enfermo y se refugió en un pajar. A lo lejos se veía una casita donde vivía una familia necesitada. La niña de la familia, cuando supo la situación de Pedro, fue a visitarlo. Iba diariamente a llevarle veinte céntimos y él los aceptaba, pero no se explicaba dónde los conseguía. Un día, Pedro decidió preguntárselo y la niña le respondió:
-Todos los días voy a la escuela de la aldea y antes paso por un bosquecillo donde nacen muchas fresas. Lleno mi cesta y luego las vendo en la aldea por veinte céntimos, justo la cantidad que le entrego a usted.
Pedro se sintió verdaderamente agradecido hacia la niña.
Otro día, la niña vio a un general que se paraba en la aldea para hacer un alto en el camino y comer un poco. Le habló de la miseria del ex-soldado y el general fue a verle. Pedro se llevó una sorpresa al ver a su antiguo coronel. Como Bauer en una ocasión puso su vida en peligro para salvar la de su coronel, este le recompensó. Entonces, Pedro le contó al general la historia de la niña y la cestita de fresas y fueron a su casa. Al verla, le dijo que su caritativa acción merecía una recompensa y le entregó unas piezas de oro. Los padres de la niña, asombrados, le dijeron al general que eso era demasiado, a lo que este respondió:
-No, esto es sólo una insignificante recompensa. Algún día, vuestra hija recibirá otra mayor en el cielo.
Al salir de la casa, después de despedirse de la familia, visitó al cura y al alcalde y les dio una importante suma de dinero para que fuese entregada a la niña cuando creciera.


El buzo y el tesoro
INFORMANTE: Manuel Aguilar Bernet (1939)
RECOPILADO POR: Inmaculada García Aguilar (nieta)


Sobre el año 1915, en el muelle Alfau, un buzo fue al fondo del mar a trabajar y se encontró unos baños que eran como grandes cubos con tapas de madera. Dentro halló un montón de monedas que parecían de oro y muy antiguas. Para asegurarse, el hombre cogió tres o cuatro y las llevó a una joyería, diciéndole al joyero que se las había dado un familiar suyo hacía mucho tiempo.
El joyero se las limpió y le aseguró que eran auténticas. Entonces, el buzo empezó a ir cada día a coger unas cuantas y se las iba llevando al joyero con la misma excusa.
El joyero empezó a sospechar y lo comunicó a la policía, que preguntaron al buzo de dónde las había sacado. El hombre tuvo que decir la verdad y se quedó sin nada, pues las monedas se las confiscaron para el Estado.


Tres sueños cumplidos
INFORMANTE: José María Malvado Acosta (1950)
RECOPILADO POR: Gema Malvado Martín (hija)


Esto que voy a contar le ocurrió a mi padre en su barrio. Una mañana se levantó para ir al colegio. Estaba esperando a sus amigos y se encontró con un hombre muy raro. No dejó de pensar en él durante todo el día. Esa misma noche soñó con él y vio cómo le salvaba la vida, primero en un incendio y luego al cruzar una carretera, aunque después fallecía.
Al día siguiente se cumplió el primer sueño: era la hora de comer y mi padre olió que algo se estaba quemando, pero no le dio importancia. Al cabo de un rato olía más y el humo era más negro. Mis abuelos y mi padre salieron corriendo de allí a ver qué pasaba. La casa de al lado se estaba quemando. Mi padre entró corriendo y sacó al mismo hombre con el que había soñado, que se acababa de mudar allí. Las demás personas que estaban allí apagaron el fuego y más tarde vino la ambulancia. Esa noche nadie durmió, estaban muy pendientes de cómo salía el hombre del hospital o qué decían los médicos.
Al cabo de una semana, volvió el herido a su casa, aunque estaba quemada y tuvo que marcharse a una pensión. Mi padre se lo volvió a encontrar, esta vez cruzando un paso de cebra a punto de ser atropellado. Y, como ocurría en el sueño, mi padre tuvo que salvarlo. Cogió al hombre por los hombros y lo retiró de la calzada. El hombre no reaccionaba y tuvieron que llamar a una ambulancia.
Según el parte médico, este hombre falleció por un ataque al corazón, pero mi padre no se lo creyó porque soñó con su futuro. No dejó de pensar en él durante un tiempo, pero poco se le fue olvidando lo ocurrido.


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