La infancia en la campiña de Tarifa hacia 1930
ESCUCHAR CUENTOSINFORMANTE: Ignacio Morales Trujillo (Betijuelo, Tarifa, Cádiz)
RECOGIDO POR: Ana Mª Martínez, Juan Ignacio Pérez y Luis Federico Sánchez
Había casi todos los años tres meses seguidos de lluvia y había que estar siempre metido en la casa. Si había alguien mayor nos contaba cuentos para enseñar que había cosas de peligros o nos leía libros antiguos de barcos, de cuando el Titanic. Otras veces decían: ‘Mira, vamos a ir a casa de Fulanito esta noche para leerles un libro a los niños’.
Cuando yo era un niño había tres meses seguidos de lluvia y había que estar siempre en casa. Los cuentos nos los contaban los días de agua muy grande. Los niños nos metíamos todos en una casa y nos sentábamos junto a la candela (...) Se contaban para enseñar los peligros que había en el mundo. Aunque parezca mentira, los niños, cuando escuchan una historia de estas, enseguida comprenden que es un cuento. Y lo que han escuchado de niños no se les olvida ya de mayor, porque hay un leve movimiento del cerebro que ayuda a recordarlo.
COMPARTIR LO QUE HABÍA
En la familia no hemos tenido disgusto ninguno, siempre hemos respetado a nuestros padres (...) En esta casa nos reuníamos de noche con los parientes para cantar, tocar la zambomba y hacer buñuelos. Y en mi casa éramos todos iguales: si aquí había un pedacito de pan o una poquita de leche, se repartía. Y si alguno no estaba se le guardaba su parte para cuando viniera (...) Me acuerdo que mi madre tenía ahí un cañizo puesto y nos tenía un colchón de saco lleno de farfolla de maíz y nosotros nos peleábamos por acostarnos ahí; yo era chico y mi padrino me emborrachó con el aguardiente de hacer los buñuelos. Yo me puse malo, disparatado, me acuerdo que estaba contando con comerme los buñuelos y ya no me los iba a poder comer y yo le decía a mi madre: “mamá, si me muero, mi parte de buñuelos me la guardas para otro día”. Y eso era una risa para mi padrino y mi madrina, que después me lo recordaban todos los días. Y tengo que decir una cosa, que desde entonces el aguardiente me sigue gustando.
Algunas veces yo me acostaba en un serón y me tapaba con un saco porque teníamos que dormir tres en una cama y yo no quería que me molestaran; otras veces me preparaba una cama con dos sillas o me acostaba encima de la paja. Ten en cuenta que en mi casa éramos ocho y había tres camas solamente. Nos levantábamos a las cinco de la mañana, incluso los chiquillos, y todavía lo hago así. Y si hay luna llena me voy a dar un paseo por ahí (...) Los niños no dormíamos más de cinco o seis horas. Y muchas veces había que levantarse de madrugada a darle una vuelta a los animales, para ver si seguían en donde los habíamos dejado.
JUEGOS Y JUGUETES
De chiquillos jugábamos a echarnos mentiras, nos vestíamos de máscaras y asustábamos a los demás. Nos hacíamos muchos juguetes porque entonces no había ni dinero ni dónde comprar. Nos fabricábamos:
-Pitos realizados de diversas formas: con un astil de palmito, con una flor de capuchina, con un canuto de caña verde, con un cascabullo de fruto de aliso (para llamar a los conejos).
-Carritos de caña y ruedas de corcho.
-Trenes de corcho encontrado en el mar y de cascabullos de bellotas.
-Escopetas de caña de gatillo y de varilla, capaces de lanzar a cierta distancia los “cartuchos” fabricados con varitas de pino, gamones, adelfas, chopo o mimbre.
-Aros con el fondo de un cubo de cinc y una caña para conducirlos.
Y había muchos juegos con los que nos entreteníamos:
-“El Padrón”: se colocaban doce pares de chinos extendidos en la mesa, se cogía uno y se lanzaba hacia arriba, debiendo coger otro de la mesa durante el trayecto.
-“Mata a la reina”: juego de tablero parecido al tres en raya.
-“Patita coja” (nombre que le daban a la rayuela o rayoleta).
-“Gallinapón”: este juego se hacía apretando sobre el brazo o la mano una flores violetas (Vinca difformis) hasta conseguir dejar una señal parecida a un huevo (por extensión, en la zona llaman gallinapón a esta planta).
-“Sacar el zumillo”: consistía en enterrar totalmente un palo en la tierra; luego se lanzaba de varias formas una navaja dentro de un círculo; el que lo hacía peor tenía que sacar el palo o zumillo con la boca (la palabra zumillo hace referencia al candil, planta muy conocida en la zona que posee un tubérculo comestible).
(Extraído de un trabajo más amplio publicado en la revista ALMORAIMA Nº 26, octubre 2001)
COMENTARIO: Ignacio Morales Trujillo (Tarifa, 1931), el informante objeto de este trabajo, ha reunido en su vida una serie de circunstancias interesantes, algunas de ellas excepcionales, que lo convierten en un cualificado informante sobre los usos y maneras más característicos (y ya extinguidos) de la vida en el medio rural de la Baja Andalucía. Destaquemos algunas de ellas:
·Prácticamente toda su vida se ha desarrollado en un radio de diez kilómetros: nacido en el paraje conocido como el Palmar de la Luz, a los seis meses de edad se trasladó a la aldea de Betijuelo, donde ha residido hasta la actualidad, exceptuando esporádicas visitas a las poblaciones cercanas y dieciséis meses de servicio militar en Córdoba.
·Varias generaciones anteriores de su familia también han vivido en el mismo lugar, habiendo llegado a conocer personalmente a su tatarabuela. La mayor parte de sus conocimientos proceden del contacto directo con estos familiares.
·Ha convivido con su padre hasta la muerte de éste a la edad de 95 años.
·Se encuentra perfectamente integrado en su entorno, tanto social como natural.
·Se muestra muy interesado por aquellos aspectos relacionados con sus vecinos y con el ser humano en general.
·Ha trabajado en casi todos los oficios tradicionales de su entorno.
·Su analfabetismo, debido a sus tempranas obligaciones laborales, no le ha impedido relacionarse con el mundo en el que vive, habiendo llegado incluso a desarrollar algunas estrategias para paliar dicha circunstancia.
·Posee una portentosa memoria y una extraordinaria capacidad de atención.
·La mayor parte de sus aportaciones, recibidas a través de la transmisión oral, están integradas en su vida cotidiana.
·Presenta un vocabulario muy extenso, enriquecido con gran cantidad de localismos, palabras en desuso y expresiones significativas (algunas de dominio popular, otras de su propia invención).