Crujía de los gamones
Ubrique (Cádiz)
INFORMANTES VARIOS (Ubrique, Cádiz)
TESTIMONIOS RECOGIDOS POR: Ana María Martínez y Juan Ignacio Pérez
En esta peculiar fiesta la gente se reúne el 3 de mayo alrededor de decenas de hogueras situadas en calles y plazas. Las candelas sirven para calentar varas de gamones (Asphodelus ramosus L.) y hacerlas estallar golpeándolas sobre bancos, poyetes y fuentes; mientras esto ocurre, alguien, en un rincón del lugar, se mece en un columpio al compás de viejas coplas de tradición oral. Esta es la imagen que encontramos en nuestra última visita a Ubrique, la de una fiesta que crece por un lado (aumenta la afición entre los jóvenes por hacer estallar con más fuerza que los demás las varas de gamón) y mengua por otro (un único columpio, colocado de forma casi testimonial en una sola plaza, servía para que tres mujeres entonaran con evidente nostalgia coplas ahogadas por una estridente música de ambiente).
Según cuentan los mayores, la crujida o crujía de gamones ha sido la forma utilizada desde siempre por los pastores del lugar para ahuyentar a los lobos, aunque a principios del siglo XIX, durante la Guerra de la Independencia, sirvió también para espantar al ejército invasor haciéndole creer que la población estaba fuertemente armada. Tal es el estruendo producido por una vara de gamón golpeada fuertemente tras haber sido calentado su extremo inferior.
Jóvenes y adultos, hombres y mujeres, se dirigen a las plazas al caer la tarde provistos de las varas que días antes han ido recogiendo de los campos cercanos (recordemos que el gamón crece con gran profusión de forma espontánea y resulta curioso contemplar cómo durante los primeros días de mayo no sobresale ninguna vara en los montes que rodean la localidad, justo cuando en otros pueblos próximos crecen por doquier). En locales y garajes, cerca de las plazas donde se realizan las candelas o fogatas, la gente suele guardar varios mazos de gamones con objeto de ir cogiéndolos a lo largo de la noche, conforme van consumiendo los que es posible transportar en cada viaje.
Las plazas, además de las hogueras, acogen verbenas
y degustaciones gastronómicas y están engalanadas con las típicas cruces de mayo de hierro forjado adornadas con guirnaldas de papel de seda, flores naturales y plantas silvestres frescas (helechos, lentisco...). Las más vistosas son las preparadas en los rincones del casco antiguo: Plaza de la Verdura, Plaza 28 de febrero (El Carril), Plaza San Juan... Una vecina de la calle Fuentezuela (zona más conocida entre los lugareños por el sobrenombre del Culito), sin embargo, se quejaba de cómo habían cambiado las cosas para ellos:
“Las candelas más antiguas siempre se hicieron aquí, en esta calle, pero luego algunos vecinos empezaron a protestar por el ruido y se las llevaron a la plaza, pero aquí empezaron. Recuerdo que entre todos los vecinos adornábamos la calle sin que nadie nos ayudara y ahora todo hay que hacerlo con la ayuda del ayuntamiento”.
Ciertamente, la fiesta ha resurgido gracias a la colaboración entre el gobierno municipal y la federación de asociaciones de vecinos, verdadera impulsora actual de la fiesta a falta de iniciativas espontáneas que, según nos cuentan, antes duraban casi todo el mes de mayo, cobrando más fuerza a primeros de mes y el día de San Isidro.
Tras visitar un buen número de hogueras y practicar la técnica de la crujía, en nuestra retirada pudimos escuchar algunas de esas coplas de columpio que antaño eran la banda sonora de esta fiesta. Sus intérpretes, María Ángeles Hevia y María Jiménez, dos vecinas de unos setenta años, recordaron también que antes eran las mocitas (las chicas jóvenes) las que ocupaban los columpios que ahora sólo atraen la atención de los más pequeños. Algo que queda reflejado en las letras de sus cantes:
A esa que está en el columpio
se le han caído los guantes
y no los quiere recoger
porque el novio está delante.
María, cuando te pones
a coger las azucenas
hasta los pájaros cantan
por ver tu cara morena.
Mi novio está en los Jereles
y me ha mandado memoria,
dígale usted si lo ve
que ya yo no soy su novia,
que no lo quiero ni ver.
Si el querer que te sentí,
tan firme y tan verdadero,
lo hubiera puesto en mi Dios
ya me había ganado el cielo.
El primer novio que tuve
lo metí en un canutero
y cuando llegó el verano
las chinches se lo comieron.
Consultar aquí el repertorio de coplas de columpio ubriqueñas disponible en WebLitOral