Leer es un paseo
La oralidad toma la calle en auxilio de los libros
¡LEER ES UN PASEO! ¿Otra metáfora más sobre la lectura? Sí y no. Con este título queremos reflejar la sensación de placidez que transmite el acto de leer cuando se realiza sin presiones. Una sensación similar a la que nos produce un paseo por los lugares que nos gustan: desde nuestro caminar podemos contemplarlo todo con ojos nuevos, pararnos en detalles, volver atrás, acelerar el paso, sentarnos, conversar, reinventar lo que no nos gusta, guardar en nuestra memoria lo que nos parece interesante, adaptarlo a nuestra vida...
De ahí que, cuando nos encargaron una actividad exterior relacionada con la lectura, inmediatamente propusimos un paseo que relacionara los libros, la calle y la transmisión oral como elementos de nuestra vida cotidiana.
La actividad, llevada a cabo en el municipio gaditano de Los Barrios, se ha realizado en dos ocasiones y con dos variantes:
1. El secuestro de la bibliotecaria
Se planteó un itinerario temático en torno a un problema que había que resolver entre todos los participantes.
Todo había empezado de forma apacible, deteniéndonos ante los edificios más emblemáticos de la localidad, que eran presentados a través de narraciones orales que conducían a libros existentes en la biblioteca. Los participantes habían sido nombrados miembros de una singular expedición que buscaba rincones secretos del pueblo, detalles que no habían sido descubiertos aún por los vecinos. Un singular sombrero identificaba a todos los expedicionarios.
De pronto, entre las notas interpretadas por la banda de música que nos acompañaba, surgieron voces desesperadas informando del secuestro de la bibliotecaria (ver el libro del mismo título de Margaret Mahy en la editorial Alfaguara). Todos nos precipitamos hacia el edificio de la biblioteca y allí, en la ventana, nos encontramos al malvado raptor y a su víctima. Él no tuvo reparos en manifestar sus exigencias: quería que eliminaran de los libros ciertas alusiones que no eran de su agrado. Los asistentes, desde la plaza del pueblo, respondían a sus pretensiones con pequeñas rimas cantadas que procuraban convencerle de que estaba equivocado. Después de varias escaramuzas y rendido ante los argumentos de los más pequeños, el malhechor no tuvo más remedio que claudicar y repartir todo lo que había robado antes de llegar a la biblio: marcapáginas, pegatinas, golosinas, cuadernos...
La joven bibliotecaria salió a la ventana y nos comunicó que ya podíamos entrar en la biblioteca: ningún libro había sufrido daños y nos invitaba a buscar, ayudados por unas claves, los ejemplares que su secuestrador había seleccionado para destruir.
2. Yo también leo
En una segunda ocasión, el paseo fue más calmado. Todos los vecinos estaban citados en la Plaza de la Iglesia para recordar viejos juegos callejeros. En ello estábamos cuando, desde la torre de la propia iglesia, una antigua pobladora de la localidad nos invitaba a pasear por las calles del casco histórico muy atentos a balcones y ventanas. Al parecer, alguien tenía algo que decirnos.
Iniciamos el recorrido entre música y juegos, y a doscientos metros una mujer nos llamó desde un balcón. Era Fatou, una inmigrante subsahariana afincada en la zona que, mediante la consigna “¡Yo también leo!”, nos contó cómo se aficionó a la lectura gracias a las historias que le contaban su madre y su abuela en Camerún. Desde el mismo balcón nos encandiló con una de esas historias y nos deseó un buen paseo hasta la siguiente parada, en la que nos encontramos con Ricardo.
Ricardo, el vagabundo, nos contó que, a pesar de no tener dinero ni casa, se sentía el hombre más afortunado del mundo por poder acercarse cada día a la biblioteca y descubrir tantísimas cosas a través de los libros. Cuentos, anécdotas, poemas... que después él transmitía a las personas que se sentaban a su lado en los bancos del Paseo, que es el lugar más frecuentado de la localidad. Su consigna, de nuevo, fue “¡Yo también leo!”.
Más adelante nos encontramos a María, una abuela que nos contó y nos cantó historias escuchadas en el pueblo hace más de cincuenta años.
Al final del recorrido volvimos a jugar, pero también bailamos al son de la gaita y el tamboril y se repartieron objetos relacionados con la lectura: cuadernos de notas, bolígrafos, puntos de lectura, exlibris... Todos estuvimos de acuerdo y gritamos a los cuatro vientos: “¡Yo también leo!”.
Y es que no hay nada como un paseo relajado para descubrir lo que nos gusta.
CUENTA CON NOSOTROS PARA ORGANIZAR UNA ACTIVIDAD SIMILAR: asociacionlitoral@hotmail.com